Recuperar la memoria es un quehacer colectivo

blogeditor · 11 de junio de 2021

Recuperar la memoria es un quehacer colectivo

Desde hace unos años, siempre regreso a una frase del historiador Yosef Yerushalmi: “El antónimo del olvido es la justicia”. Y siempre me pregunto lo mismo: ¿cómo llegar a esa justicia? ¿Cómo evitar caer en el olvido?

Para una de mis clases de periodismo comencé a realizar un reportaje sobre la violencia contra las y los periodistas mexicanos que ejercían en la década de los años 90. Como sabemos, fue una época llena de cambios políticos, sociales y económicos que llevaron al país a una de las crisis económicas más profundas. También tenemos conocimiento de los levantamientos sociales más relevantes y que han tenido repercusiones hasta nuestros días como el movimiento zapatista, por ejemplo.

Al momento de reunir información, el contexto me quedaba totalmente claro. La violencia se recrudecía porque el narcotráfico adquiría cada vez más poder y los lazos entre estos y la vida política eran más obvios. Sin embargo, algo hacía y sigue haciendo falta, y lo cual considero es un gran vacío. Las voces y los nombres de periodistas agredidxs, desaparecidxs o asesinadxs durante esas épocas están diseminados o simplemente no existe un registro claro.

Por algunas notas esporádicas en los periódicos, o con información de un reporte de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF) publicado en 2005, me fue posible conocer que durante el sexenio del expresidente Carlos Salinas de Gortari fueron asesinados más de 40 periodistas en el ejercicio de su labor. Ese sexenio ha sido nombrado como uno de los más violentos para el gremio periodístico.

Ahora, mientras revisaba datos sobre el número de agresiones (donde también existe un vacío de información), esto sólo causó muchas dudas más: ¿la violencia aumentó y por eso los datos son escasos? ¿Era el mismo tipo de censura que conocemos ahora? ¿La prensa sufre muchas más agresiones ahora que durante esa época? No me he podido responder estas cuestiones.

Por supuesto que todo esto debería estar documentado por los organismos institucionales que existen desde esa década, pero el acceso a la información en nuestro país se ha convertido en un continuo dolor de cabeza. Solicitudes con respuestas que dicen: “No es de competencia de la unidad de enlace” o “Esos datos son inexistentes” son algo común, así que es difícil tener certeza de los antecedentes con base en los datos institucionales sobre el número real de periodistas asesinadxs o agredidxs durante la década de los años 90. Porque también hay que recordar que la apertura desde los años 2000 fue la que permitió que organizaciones de la sociedad civil pudieran realizar trabajos de documentación, algo imposible en ese tiempo donde un sólo partido estaba en el poder —y que, bueno, ahora ven su labor muy criticada y atacada de manera injusta por el actual gobierno—.

Con esto, la memoria colectiva prácticamente se queda con ese vacío del que hablo, sin conocer las voces de quienes fueron silenciadxs durante esa época. Y si bien podemos conocer cómo se desarrolló el periodismo durante esos años, gracias a los testimonios de quienes se desenvolvieron en el oficio en esos tiempos, las agresiones y los asesinatos, y sobre todo las historias de las y los periodistas, están dispersos o no fueron contados todavía.

Por eso es que cuando desarrollaba el tema, comprendí totalmente la importancia de proyectos de recuperación de la memoria como lo es Defensores de la Democracia. Y es que, retomando a Yerushalmi, quienes tenemos la posibilidad de recuperar ese legado nos convertimos en transmisorxs de la memoria y eso es lo que hace DDLD. ¿Por qué es importante hacerlo? Porque retomar las historias de quienes han sido silenciadxs por llevar a cabo su labor periodística no sólo es necesario para cuestionarnos aspectos sobre los niveles de violencia o impunidad de esa época y la actual, —¿algo ha cambiado?, ¿siguen iguales?, ¿qué han hecho las autoridades?—, sino que nos permite conocer a las personas detrás de esos sucesos.

Lo último es lo que más rescato de Defensores de la Democracia. Aparte de nombrarles, también nos muestran quienes eran como periodistas, los temas que trabajaban y el contexto al que se enfrentaban cuando los realizaban. De esta manera, no sólo se convierte en una forma de exigir justicia por ellxs, sino de no olvidar lo que expusieron por años y las condiciones en las que lo hicieron. Si bien los callaron cuando les arrebataron la vida, no borraron su labor y retomarla es nuestra tarea como ciudadanxs y como profesionales del periodismo.

Así, vuelvo a la frase inicial: “El antónimo del olvido es la justicia”. Porque callarnos ante estos actos y olvidarnos de sus nombres, de lo que escribieron y lo que trabajaron durante su vida nos vuelve partícipes de esa impunidad que reina. Alzar la voz, exigir la responsabilidad al Estado por la protección que debería proveer plenamente a quienes la necesitan y reclamar que se cumpla con su trabajo son acciones que nos permiten no olvidar, que nos ayudan a mantener su memoria viva y así, buscar esa justicia.

Que sepan que hoy más que nunca las voces y la memoria de Regina, Miroslava, Javier, Rubén, Nevith, Jorge y los más de 100 periodistas asesinadxs desde hace más de dos décadas en este país siguen más vivas que nunca y no permitiremos que se desvanezcan.

* Estefanía Cervantes Juárez (@estef_cervantes) es estudiante de Ciencias de la Comunicación en la FCPyS de la UNAM. Le interesa dedicarse al periodismo e investigar sobre derechos humanos. Cofundó Escritoras Universitarias (@EscritorasU), donde escribe y edita.