Recuerdo de Teuchitlán

Redacción Animal Político · 24 de septiembre de 2025

Marzo de 2025 nos hizo saber de un lugar que no olvidaremos nunca: Rancho Izaguirre. Las imágenes que acompañan ese recuerdo son, por mucho, de las más crudas que hemos visto en este país en los últimos años. Zapatos acomodados en pares, mochilas numeradas y prendas de ropa apiladas nos dejaron en claro que no tenemos todas las piezas para contar esta masacre que estamos viviendo. Que este campo del horror encontrado en Guadalajara es apenas una parte del rompecabezas y, sobre todo, que tenemos que seguir buscando.

El nuevo escándalo nos puso en el centro de mapa de la violencia global. Otra vez. Nada nuevo, nada de lo que podamos enorgullecemos. Estas fueron algunas de las reacciones durante esos días:

Rancho Izaguirre: las estremecedoras fotografías del “centro de exterminio y reclutamiento” del crimen organizado que fue hallado en México – BBC Mundo

200 pares de zapatos encontrados en crematorio clandestino en México (200 pairs of shoes found at clandestine crematorium in México) – The Guardian

Rancho Izaguirre: una verdad sobre los desaparecidos en México que las familias renuncian a dejar enterrada – France24

El hallazgo, producto del tesón del colectivo Guerreros Buscadores de Jalisco, sacudió a todos niveles y como debería esperarse en un país que pone a la justicia primero por el bien de todos. Era lógica la expectativa de que el esclarecimiento del caso fuera además de una prioridad, un caso excepcional en cuestiones de la forma en que fue tratado. Habló la presidenta, hablaron muchos. Hasta el casi siempre ausente fiscal general Gertz Manero apuntó a decir: “no es creíble que una situación de esa naturaleza no hubiera sido conocida por las autoridades locales de ese municipio y del estado”. Se esperaba presteza, acción.

Pero nada de esto llegó y medio año después siguen siendo muchas las interrogantes y mucho el silencio. Silencio que pesa y que parece, por la lentitud en el esclarecimiento del caso, que fuera orquestado, casi ejecutado con una perfección como no hemos visto en los procesos de investigación. Parece como si no urgiera saber qué pasó ahí y quiénes fueron los y las responsables. Como si conviniera a algunas personas que todo pase de noche.

Del infame “no sé qué quieran decir”, espetado por Claudia Sheinbaum cuando se le cuestionó sobre el pronunciamiento de varias organizaciones (marzo), en el que apuntaban que crímenes de lesa humanidad se siguen cometiendo en México, al “no se han confirmado crematorios” del opaco fiscal Gertz Manero, al sepulcral silencio del gremio periodístico afín al gobierno, nada sorprende. Nada se espera y de todas formas decepciona.

Y es que es imposible no equiparar la magnitud de Teuchitlán con Ayotzinapa. Y sin embargo, es doloroso ver cómo ese estruendo que Ayotzinapa representó para el mundo en este caso fue reducido. Teuchitlán no resonó tanto como debería. Razones, muchas. Acaso por la cantidad de periodistas que cuando Ayotzinapa se consideraban de oposición y hoy ya no pueden considerarse siquiera críticos (dádivas o contratos de por medio o no) o quizá –más peligroso aún– porque nos hemos acostumbrado a la barbarie y, como he expresado anteriormente, vaciado de significado las palabras y por ende, temperado el enojo.

Pero afortunadamente hay en México periodistas que no pretenden quedarse con dudas ni voltear al otro lado. “Testigos del horror” (Grijalbo, 2025) de Sandra Romandía, es acaso el primero o uno de los primeros trabajos que intentan ahondar esta herida del país que parece intentan anestesiar.

Luego de un proceso de investigación de años sobre el fenómeno de la violencia en el país, conviene atender a los señalamientos que, tras seguir el caso durante meses, hace Romandía.

Y es que varios testimonios y entrevistas que van de sobrevivientes de procesos forzados de reclutamiento, activistas como la buscadora Indira Navarro o expertos como Edith Olivares Ferreto de Amnistía Internacional, apuntan al terror hecho historia, conjugado en presente. En el Rancho Izaguirre no sólo se torturó: se exterminó y trituró a víctimas de reclutamiento forzado. Es un hecho sin precedentes en muchos sentidos: a 50 kilómetros de Guadalajara se llevaron a cabo acciones de lesa humanidad, canibalismo y posible tráfico de órganos entre muchas otras formas de agravio a la condición humana.

Rompe el corazón leer lo que personajes como Luis y María, testigos y sobrevivientes, o Raúl Servín, buscador del colectivo Guerreros Buscadores de Jalisco, declaran: hablan de torturas, de máquinas de muerte que trituran cuerpos (sí, trituran) y las razones por las que siguen adelante.

Tal vez en este radica uno de los remansos que este recuento del horror tiene: conecta con dolorosas razones para seguir de estas personas que siguen apostando por lo humano en un mundo que intentó privarles de tal naturaleza. Personas que decidieron romper el cerco del miedo y contar sus historias. Personas que quieren seguir y siguen porque puede más la esperanza que la barbarie, pienso.

Otro, en la manera en que retrata el trabajo de la colectiva Guerreros Buscadores de Jalisco. Una prueba del compromiso que tiene la autora con las personas que buscan y que hace eco de un trabajo colectivo del gremio por ponerles al centro. Poder abundar más sobre el trabajo de una colectiva así es también uno de los logros más loables de este libro y ello no es poca cosa.

Finalmente, y porque esto no es un recuento sino apenas un intento de comentario y a título muy personal, “Testigos del horror” es también un respiro. Hay quien sigue preguntando sabiendo que muchas personas queremos saber. Hay quien sigue ejerciendo el oficio del periodismo en un país que perdió a muchas de sus voces críticas con la llegada al poder de un grupo con el que se identificó parte del gremio. Un gremio que requiere enojarse siempre, cuestionar en todo momento, sospechar 24/7, señalar omisiones y errores, y nunca celebrar que quien tiene el poder haga su trabajo. Hay quien sigue ejerciendo el oficio y quienes con su ejemplo intentamos con todo estar a la altura de tales esfuerzos.

En uno de los momentos luminaria de este estruendo en forma de libro, Romandía habla sobre cómo es que los fuegos no se apagan con agua sino con verdad. Y con ello nos recuerda que la verdad y el trabajo que se hace para llegar a ella, como ríos, abren caminos. Y eso es justo lo que el periodismo puede darnos: nuevas formas de entender, cuestionar, creer y por ende ser.

Del horror pueden nacer flores y un libro así ayuda a cimentar un recuerdo de Teuchitlán que nos conviene tener. Para un día poder sanar, tenemos que enfrentar la herida.