Redacción Animal Político · 28 de diciembre de 2025
Esta navidad recibí a 32 personas en mi casa para celebrar Navidad. Cada uno trajo algo –comida, bebida, postres, luces de bengala– y los niños intercambiaron regalos. Locura total.
Para mí, la magia de las navidades de mi infancia era ir de casa en casa y encontrar siempre un espacio preparado. No solo el espacio físico, con las decoraciones y la comida, sino la atmósfera y condiciones para todos se sintieran bienvenidos. Ahora yo soy la adulta responsable (¡plop!), intento hacer lo mismo para los míos.
Crear espacios, sean formales o informales, en el campo personal o profesional, implica cosas parecidas. Hay que decidir quién participa, qué rol tiene, cómo es la dinámica y cuál es el resultado esperado. A partir de ahí, el organizador distribuye tareas, facilita y crea las condiciones.
Mucho de mi trabajo en WWF consiste precisamente en crear espacios de intercambio y aprendizaje. A veces entre actores de distintos sectores y el gobierno local de una ciudad con algún fin común, otras veces para agrupar actores para que usen su poder colectivo y movilice alguna una agenda específica.
También he participado en la creación de espacios donde actores en posiciones similares intercambian experiencias; en los que grupos distintos enfrentados a una problemática común se unen para buscar soluciones, o en los que expertos en un tema aportan su visión y experiencia a procesos de formulación de políticas públicas.
En todos estos casos, la planeación y coordinación del proceso formal es muy importante, pues garantiza que todas las partes y sus intereses sean reconocidos, que los participantes conozcan sus responsabilidades y se involucren activamente en el proceso. Pero en el camino he descubierto también la importancia de crear otros espacios, adicionales a los espacios de participación formal. Estos espacios informales o alternos –como la casita de Bad Bunny– sirven para nivelar el piso, crear confianza y reconocernos como personas.
En el caso de la Navidad familiar, mis espacios no oficiales van desde los subgrupos de chat donde solo algunos participan en la planeación del intercambio o las actividades, hasta las pláticas en la cocina mientras se preparan las botanas o más tarde durante los viajes exprés al Oxxo porque se terminó el hielo. Y qué decir del recalentado al día siguiente; post fiesta, post Santa y con mucho qué comentar. En el argot profesional, el defrief.
En mi trabajo en WWF, los espacios más recientes que me tocó crear fueron los intercambios planeados e improvisados con alcaldes y líderes locales de Latinoamérica y Sudáfrica en el Foro de Líderes Locales, que congregó en Rio de Janeiro en noviembre a casi 3,000 líderes subnacionales de todo el mundo para mostrar cómo la acción local impulsa el progreso climático global. Ahí, una vez más pude ver cómo los pares se reconocen, intercambian y comparten orgánicamente. En español, inglés, portuñol, entre risas y gestos universales.
Desde hace años, WWF fortalece la participación de líderes de gobiernos locales en las negociaciones formales entre los países que son parte del Acuerdo de París, comprometiéndose a limitar el calentamiento climático. Cada año movilizamos recursos para asegurar la participación de gobernadores, alcaldes y personas directivas de empresas de países del sur global en las Conferencias de las Partes o COP de cambio climático organizadas por la Organización de Naciones Unidas.
Y tan valiosa es la participación de nuestros socios líderes locales en los eventos formales –y la posibilidad de inspirarse al escuchar en vivo a rockstars climáticos como Gavin Newsom (gobernador de California), Helder Barbalho (gobernador de Pará), Sadiq Khan (alcalde de Londres) y Anne Hidalgo (alcaldesa de París)– como lo es en las sesiones de intercambio que organizamos y los espacios de convivencia informal que surgen.
Este año nuestra delegación, conformada por alcaldes y directivos de sustentabilidad de ciudades de América Latina como Cayma (Perú), San Vicente y Buenos Aires (Argentina), Guadalajara (México) y Puerto Arenas, Vitacura y Coyhaique (Chile), entre otros, participó en mesas redondas y sesiones de intercambio con la finalidad de compartir experiencias y fortalecer la agenda climática de su localidad.
Tuvimos cuatro sesiones interesantes y exitosas sobre alineación de compromisos nacionales (NDC) y planes locales, integridad climática, contaminación plástica y participación subnacional en la conservación de ecosistemas clave en Latinoamérica. Pero lo que siempre me marca es lo que sucede al margen. En los huecos del Uber compartido, la fila de espera, el café de la mañana, la cerveza de la tarde. Cuando la alcaldesa y el director son personas que comparten sus historias y frustraciones. No las que contaron sobre el pódium hace un rato, sino las que los marcaron, las que hicieron la diferencia y en las que otros se reconocen.
Ahí conectamos y trazamos la ruta. No la ideal, sino la posible. Logramos, por ejemplo, acordar una meta colectiva para las cinco ciudades –Ixtlahuacán de los Membrillos (México), Renca (Chile), Cayma (Perú), La Paz (México) y Puerto Barrios (Guatemala)– que se han comprometido a reducir la contaminación plástica y su fuga al medio ambiente antes del 2030. Carita mata Zoom. Lo que no habíamos logrado en varias reuniones virtuales, lo zanjamos en una sentada.
Mi rol en estos contextos lo he visto traducido en inglés como pastoreo (shepherding) y así lo tomo: guío, espero y arreo según sea necesario. Tiene toques glamorosos porque a veces puedo viajar y conocer gente importante, pero para crear espacios también hay que ser guerrera y hacer mucha talacha: escribir programas, mandar recordatorios, perseguir gente, revisar que la cafetera esté prendida y la computadora conectada al proyector, tomar notas, moderar la discusión y cuidar el tiempo.
Pero la friega y el estrés valen la pena. Como en las navidades, todos acabamos cansados y empachados, pero nos vamos con algo nuevo y algo inesperado. El mundo se nos hace más grande, pero también más claro cuando nos reconocemos en los otros, sean los primos, los colegas o los alcaldes del fin del mundo.
* Luli Pesqueira es coordinadora senior de Acción Climática en WWF México.