Receta institucional para el desastre democrático

blogeditor · 22 de octubre de 2011

Receta institucional para el desastre democrático

Por: Mariana García, Investigadora de México Evalúa.

 

“La democracia es la institucionalización de la incertidumbre”

Adam Przeworski

 

Si bien es cierto que vivir bajo un régimen democrático implica que los conflictos se procesen de tal manera que nadie pueda controlar el resultado final, la condición necesaria para que la incertidumbre democrática no devenga en caos y sea “incertidumbre regulada” es la existencia de reglas del juego claras, esto es, instituciones y normas que permitan a ciudadanos y gobernantes actuar bajo ciertos criterios: “Bajo la incertidumbre del resultado está la certeza de las normas” afirmaba Silva-Herzog Márquez en un texto sobre la democracia.

 

El problema es que en México la reglas del juego no son claras o son empleadas a modo por los actores públicos para su beneficio propio. Esto ha dado como resultado una institucionalización permanente de la incertidumbre en la arena política en el peor escenario posible: sin reglas certeras.

 

¿Cuáles han sido los principales ingredientes institucionales que han permanecido en el contexto mexicano desde la transición democrática?

–       Un Poder Ejecutivo federal liderado por funcionarios con poca experiencia y capacidad política en los temas apremiantes para el país

–       Un Poder Legislativo federal donde los representantes populares ven por sus intereses de partido (o personales) antes que por el bien común de los ciudadanos  que los eligieron

–       Un Poder Judicial federal con débiles mecanismos para rendir cuentas y comunicar a la ciudadanía su labor

–       Un arreglo federal que ha descentralizado poder, recursos y facultades de la Federación a los estados sin un pacto fiscal más equitativo lo cual ha devenido en una enorme irresponsabilidad fiscal a nivel local

–       Órganos de control carentes de la suficiente autonomía y/o facultades para prevenir y sancionar el quehacer de los actores públicos

 

El resultado: un gobierno dividido sin una interlocución permanente y constructiva tanto entre poderes de la unión como entre niveles de gobierno. Esto no ha permitido construir mecanismos claros para coordinar agendas o construir acuerdos para avanzar los temas más apremiantes en el país: la reforma fiscal, la reforma política, la reformas en materia de seguridad, etc.

 

La falta de coordinación es visible en todos los poderes, todas las instancias, todas las entidades y dependencias del poder público. A la falta de arreglos entre las fuerzas políticas, entre los estados, los poderes de la unión o los cuerpos de seguridad, se antepone crudamente la coordinación (casi perfecta) de las bandas criminales, de los grupos de poder, de los rentistas, de aquellos que capturan para su beneficio gasto y bienes públicos a costa del bienestar económico, personal y social de los mexicanos.

 

No sorprende que esa falta de acuerdos haya permeado hasta la institución que alguna vez fuera el valuarte más preciado de nuestra incipiente democracia: el IFE.

 

Esto se resume en esencia en crisis social, fiscal, de seguridad pública y del sistema representativo mismo. Esto es insostenible en el largo plazo, pues las afectaciones al bienestar de los ciudadanos y a la estabilidad del sistema democrático son inconmensurables.

 

¿Se puede corregir el rumbo? Para ello se requiere de una enorme voluntad política por parte de nuestros representantes. La reingeniería institucional del Estado mexicano está en sus manos. El problema es que nuestro futuro depende de actores que apuestan, en gran medida, por mantener el statu quo.

 

Tal vez una de las formas de empezar a exigir que nuestros representantes vean por el bien común es avanzar el tema de la reelección legislativa, para que respondan más a nuestros intereses y nos permitan premiar y castigar su desempeño en velar por el bien ciudadano. Necesitamos reglas del juego claras, que se observen y respeten por todos los actores políticos y sociales.

 

No existe un arreglo institucional ideal, y menos cuando se intenta tropicalizar modelos importados. Pero una cosa es cierta, en tiempos electorales México está urgido de instituciones sólidas que refuercen los controles de nuestra endeble democracia.

 

La experiencia del 2006 y sus resultados deberían habernos dejado al menos una lección: Si vamos a institucionalizar la incertidumbre, al menos que sea de la mano de instituciones robustas.  Tal vez, nuestros políticos no tienen sentido de urgencia, pero el país no puede darse el lujo de esperar por ello.

 

Sugerencia: en lo que logramos esa reingeniería institucional sugiero servir el platillo de la democracia mexicana sin aderezos partidistas o ideológicos, acompañado de algunas propuestas de policy, para no causar indigestión.