Joel Aguirre · 16 de septiembre de 2026
Esta semana, un investigador de Anthropic renunció públicamente con una advertencia inquietante: existe un 10 % de probabilidad de que la inteligencia artificial se vuelva contra los humanos y cause un daño catastrófico o la extinción humana en 2030. La verdad no sé si eso ocurra. Lo que sí tengo claro es que ya no estamos en el prólogo de Terminator —con androides cazando a la humanidad—, sino en el inicio de Mad Max: en una lucha, hoy mismo, por el agua que consume la inteligencia artificial. Y esta guerra tiene algo todavía más incómodo que cualquier rebelión de máquinas: nadie nos está atacando; la estamos perdiendo por decisión propia, una pregunta a la vez.
Cada vez que le planteamos una duda a una inteligencia artificial —no importa cuál, todas comparten el mismo problema de fondo—, en algún centro de datos un servidor se calienta y exige agua dulce para no colapsar. National Geographic documentó que, en el caso de ChatGPT, generar una respuesta de apenas 100 palabras consume en promedio 519 mililitros de agua: una botella entera evaporada por cada párrafo. El patrón se repite en Gemini, Copilot, Claude o cualquier otra plataforma. Y esa agua no se recicla: se evapora y se pierde para siempre. Sin ciclo. Sin retorno. Sin segunda oportunidad para esa gota.
Y esto apenas empieza. Un informe reciente del Instituto de la ONU para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud proyecta que, para 2030, la huella hídrica de la infraestructura de la inteligencia artificial alcanzará los 9.3 billones de litros anuales. Para dimensionarlo: es el agua suficiente para cubrir las necesidades básicas de 1,300 millones de personas, la población entera de África subsahariana.
Pero el estudio lanza una advertencia todavía más incómoda, de esas que deberían encender todas las alarmas a quienes nos dedicamos a la materia ambiental: “bajo en carbono” no significa “bajo en agua”. La migración a la bioenergía para alimentar estos centros de datos logra reducir las emisiones de carbono un 70 %, pero multiplica por 30 el consumo hídrico. En el afán de apagar un fuego ambiental, estamos creando otro a ciegas. Y casi nadie lo está midiendo.
Mientras tanto, México ya vive su propio capítulo de esta historia, y tiene nombre y apellido. En El Marqués, Querétaro —el mismo municipio donde Microsoft cuenta con permiso para extraer hasta 25 millones de litros de agua de pozo al año—, Mireya Guerrero se dedica a la cría de cabras. En los últimos diez años la sequía le ha mermado la mitad de su producción. No es un caso aislado: en febrero de 2025, Querétaro tuvo que declarar emergencia hídrica en 12 de sus 18 municipios.
La matemática del subsuelo no miente: de ese acuífero se extraen 150 millones de metros cúbicos de agua al año, pero la lluvia solo logra recargar 90 millones. Esos 60 millones de metros cúbicos que perdemos cada año no son una cifra abstracta: equivalen a vaciar el Estadio Azteca repleto de agua más de 50 veces, sin que la naturaleza tenga forma de reponerlo. Mientras las familias esperan pipas y el terreno se seca, los servidores absorben agua limpia de pozo para enfriar microchips. Sin despojos violentos ni grandes escándalos: simplemente un día se decidió que allí convenía instalar procesadores, y nadie lo detuvo a tiempo.
Es verdad que la industria presume soluciones, como los sistemas de refrigeración líquida presentados por Schneider Electric o los discursos oficiales que prometen reducir el consumo hídrico hasta en un 98 %. Sin embargo, lo digo con la misma rigurosidad con la que exijo pruebas en cualquier litigio: hasta hoy, esas cifras son promesas al aire sin evidencia técnica pública que las respalde. La tecnología para frenar esta sangría existe, pero de nada sirve si la exigencia legal llega cuando la cuenca ya está agotada.
¿Significa esto que debemos renunciar a la tecnología? No. Significa que debemos dejar de tratarla como si no tuviera un costo terrenal. La industria nos vendió la fantasía de una “nube” etérea, ocultando que sus centros de datos operan con recursos hídricos finitos y en comunidades con rostros reales. El verdadero peligro de la inteligencia artificial no es un futuro distópico donde las máquinas tomen el control; es esta ceguera del presente, donde entregamos nuestro recurso más vital a cambio de respuestas inmediatas.
Tras veinte años analizando el manejo y la tutela de los recursos naturales en nuestro país, sé muy bien que no hace falta un androide para acabar con nosotros: basta con seguir gastando, gota a gota y consulta a consulta, el agua que ya no tenemos —mientras una ganadera en Querétaro ve morir a sus cabras de sed a unos cuantos kilómetros de un servidor que jamás pasa calor—. La innovación, por fascinante que sea, jamás puede construirse sobre la sed de nadie.
Todos tenemos una opinión sobre esto. Esta es la mía. Tú tendrás la tuya propia.♦