Redacción Animal Político · 10 de septiembre de 2024
Rebecca Cheptegei no murió.
Rebecca Cheptegei fue asesinada.
Rebecca Cheptegei fue víctima de feminicidio.
El feminicidio de Rebecca Cheptegei, atleta olímpica ugandesa que compitió en los Juegos Olímpicos de París 2024, es un brutal recordatorio de la violencia de género que vive el 50 % de la población del mundo: las mujeres.
La violencia de género no reconoce edad, condición socioeconómica, educación, entrenamiento, liderazgo, empoderamiento o capacitación. 1 de cada 3 mujeres en el mundo la vive o ha vivido, sin importar su éxito o visibilidad.
Rebecca fue asesinada por su pareja en un caso que debe nombrarse como lo que fue: un feminicidio. Las palabras construyen realidades y no nombrar lo que sucedió es una manera no sólo de revictimizar a la víctima, sino de minimizar un problema estructural de nuestra sociedad.
Hablar de “que murió”, o “falleció”, como lo han hecho muchos medios de comunicación en el mundo, es quitar responsabilidad al feminicida y agresor, ser cómplices de la perpetuación y normalización de la violencia y contribuir a seguirla invisibilizando. Hablar del incidente y los detalles y la aparente causa -una disputa por la propiedad de tierras- es poner el foco en el perímetro del problema central: la violencia como forma de tratar, evaluar, considerar a las mujeres. La violencia se expresa en el hecho en sí y en el trato que se le da a la víctima en los medios y al trato diferenciado hacia su asesino.
Este crimen no es un incidente aislado, forma parte de la alarmante realidad de feminicidios y violencia de género en todo el mundo en donde, además, estos hechos son cometidos en muchos casos por conocidos, familiares, parejas o exparejas de las víctimas.
Un ángulo central para transformar la cultura de la violencia de género por una cultura de paz es comprender el papel que juegan el lenguaje -y en este caso- la cobertura mediática.
Expertas y expertos han escrito y analizado el impacto que los medios de comunicación tienen en la violencia de género y en cómo transformar esto. Ningún país se libra de esta realidad y los medios de comunicación impactan profundizando estereotipos, omitiendo o usando palabras que no explican la realidad de los sucesos, reducen la necesaria rendición de cuentas de los responsables de la violencia y normalizan este trato hacia las mujeres como algo usual y aceptable. Por ello, iniciativas como JiG, Journalism Initiative on Gender Based Violence resultan cruciales.
La mayoría de los titulares en la prensa internacional señalan que Rebecca “murió” o “falleció” tras ser “quemada por su pareja”. Estos términos suavizan el acto deliberado de violencia que fue perpetrado en su contra. No se trata de una tragedia inexplicable, un hecho aislado o un accidente, sino de un crimen de odio, un feminicidio que debe ser nombrado como tal. Hay pruebas de que la vida de Rebecca corría peligro y las autoridades no hicieron nada. Ellas también son cómplices de esta atrocidad, la complicidad se teje por acción o por omisión.
Veamos uno de los muchos ejemplos: titulares como “Muere la atleta tras ser quemada” despojan a la víctima de su agencia, la convierten en una figura pasiva y omiten el papel activo del agresor. La invisibilización del feminicidio se convierte en un instrumento de perpetuación de la impunidad y la injusticia.
En muchos de los artículos que cubrieron el asesinato de Cheptegei, el agresor, Dickson Ndiema, fue mencionado simplemente como “su pareja” o “su novio”. Esta despersonalización del agresor borra su responsabilidad y lo presenta como una figura neutra, en lugar de como el perpetrador de un crimen brutal. Los estudios han mostrado cómo los medios de comunicación tienden a enfocarse en las víctimas (sus vidas, sus elecciones, como iban vestidas, cómo hablaban, si habían bebido o no, etcétera), mientras el agresor es mencionado de manera superficial o incluso exculpatoria. Su vida personal no es puesta bajo el reflector y en muchos casos, inclusive, se protege “su privacidad”, mientras que la de la víctima es expuesta y usada en contra de sí misma.
Esta narrativa lo único que logra es desplazar la atención de la violencia estructural que enfrentan las mujeres y reduce la gravedad del feminicidio a una “disputa doméstica” o a “crímenes pasionales” o a un “mal manejo emocional”.
El uso de términos como “disputa” o “desacuerdo” en el caso de Cheptegei también alimenta la percepción de que la violencia de género es un asunto privado o aislado. Es la versión moderna de “la ropa sucia se lava en casa” cuando hay violencia doméstica o abuso. Sin embargo, la realidad es que estos crímenes son parte de una estructura de poder y dominación patriarcal que engendra y sigue generando una espiral de opresión, dominio, abuso y violencia hacia las mujeres y las niñas.
Hay que reconocer, y nombrar, que la invisibilización de la violencia de género en los medios no solo es una cuestión semántica. Es un reflejo de cómo la sociedad las sigue viendo como responsables de los crímenes de los que son objeto y de la violencia que se ejerce sobre ellas. Diversos estudios muestran cómo la información mediática contribuye a la culpabilización de las víctimas al enfocarse en su comportamiento o elecciones personales, lo que refuerza la idea de que ciertas mujeres “merecen” o “provocan” la violencia que sufren. Esto perpetúa la doble moral en la cual sólo las mujeres que cumplen con ciertos estándares de “inocencia” merecen compasión y justicia y en donde los violadores, asesinos o feminicidas no son más que seres indefensos que no pueden controlarse ante la provocación de las manzanas de la tentación: las mujeres.
La responsabilidad de los medios de comunicación y de las y los comunicadores es inmensa. Un cambio en el lenguaje y en la forma en que se cubren los feminicidios y la violencia de género podría tener un impacto profundo en la conciencia pública, en el imaginario colectivo y en la lucha contra la impunidad. Los medios deben dejar de suavizar la violencia y empezar a nombrar los crímenes por lo que son: feminicidios, crímenes de odio. Además, es crucial que el agresor sea presentado como responsable de sus actos, sin excusas ni pretextos.
El asesinato de Rebecca Cheptegei es una tragedia que debe ser nombrada por lo que es: un feminicidio. El mundo ya no necesita más complicidades en materia de violencia y los medios pueden contribuir a hacer un cambio dejando de invisibilizar estos crímenes y contribuyendo a la erradicación de la agresión cotidiana y normalizada, usando el lenguaje que corresponde.
Descansa en paz, Rebecca. No merecías esto.