El rearme de Alemania y Japón

Jorge Avila · 28 de abril de 2026

El rearme de Alemania y Japón

Entre los diversos hechos geopolíticos que han sacudido al mundo en las últimas semanas hay dos que no deben pasar desapercibidos: el rearme de Alemania y Japón. Recientemente tanto Berlín como Tokio han transformado sus doctrinas militares y esto no podemos pensarlo solo como procesos aislados o que responden a los contextos internos de los países. Estos cambios están estrechamente relacionados con procesos geopolíticos más amplios, como el aumento de tensiones entre Europa y Rusia por la guerra en Ucrania, el aumento de la percepción de que China buscará incorporar a Taiwán a su control en un futuro próximo; y sobre, todo la ruptura del sistema de seguridad internacional dominado por Estados Unidos del cual tanto Japón como Alemania dependen para su seguridad nacional. Lo interesante de esos procesos es que el hecho de que tanto Berlín como Tokio han entrado en una fase de rearme sostenido esta redefiniendo el equilibrio de poder militar en Europa y Asia-Pacífico. 

Lo que vemos en los ministerios de defensa de Berlín y Tokio es más que un simple aumento cuantitativo de los arsenales de estos países. Los procesos de rearme de Alemania y Japón se distinguen por su carácter estructural y doctrinal. Es decir, no estamos hablando solamente de un aumento en la producción armamentística o en las capacidades militares. Lo que sucede es que tenemos un cambio radical en como perciben estos países sus capacidades y necesidades de defensa, así como su rol en la geopolítica de sus vecindarios estratégicos.  

En el caso de Alemania, el énfasis no está únicamente en ampliar el tamaño de sus fuerzas, sino en establecer una doctrina militar propia con el fin de construir una fuerza militar interoperable, altamente digitalizada y capaz de operar tanto de forma autónoma como parte de una arquitectura europea de seguridad más integrada. Japón, por su parte, no solo incrementa su gasto, sino que está transformando su doctrina al incorporar capacidades de contraataque, misiles de largo alcance y una industria de defensa que funcione como motor económico y que esté orientada a la exportación, rompiendo con limitaciones previas que restringían la naturaleza de las fuerzas armadas japonesas. 

En ambos casos, el rearme no se limita a una simple acumulación de armamento, sino que implica una transformación profunda de las doctrinas militares que estructuran la defensa nacional. El objetivo es reconfigurar tanto la función como las capacidades de sus fuerzas armadas, adaptándolas a amenazas cada vez más difusas y complejas. En este sentido, se busca que puedan operar eficazmente en entornos regionales más volátiles, al tiempo que avanzan hacia mayores niveles de autonomía estratégica frente a un orden internacional cada vez menos predecible.

En el caso alemán, el giro hacia el rearme ha adquirido una dimensión claramente estructural. La Bundeswehr (fuerzas armadas de Alemania) ha presentado su primera estrategia militar integral desde su fundación tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Con este documento, que en su mayoría permanece clasificado, el gobierno alemán busca transformar a fondo sus fuerzas armadas. Más que una simple expansión cuantitativa de la Bundeswehr, el objetivo de Berlín es redefinir su funcionamiento al establecer una fuerza militar más ágil en sus tiempos de reacción, tecnológicamente más avanzada y con capacidad de proyectar poder con precisión a largas distancias, en línea con las exigencias de la guerra contemporánea; sobre todo frente a las amenazas que representa la guerra hibrida y asimetrica.

Como parte de esta transformación, Berlín ha impulsado planes para construir el ejército convencional más fuerte de Europa, con una proyección de hasta 460,000 efectivos entre personal activo y reservistas en los próximos años. Este objetivo se busca lograr con la reciente reforma al servicio militar que responde, en buena medida a la necesidad de corregir un percibido déficit de capital humano mediante un modelo de reclutamiento híbrido que combina incentivos con posibles mecanismos de obligatoriedad en el servicio militar. De forma significativa, este tipo de medidas para expandir las capacidades militares alemanas parece contar con un nivel relevante de aceptación dentro de la sociedad alemana, así como de países vecinos, lo que refuerza su viabilidad política.

Este esfuerzo se inserta en una estrategia más amplia que contempla incrementos sustanciales en el gasto militar, junto con un aumento sostenido del presupuesto de defensa. Estas inversiones están orientadas a capacidades clave como la defensa antimisiles, los sistemas no tripulados y la modernización de la fuerza aérea, en respuesta a un entorno de seguridad europeo cada vez más volátil. En particular, de acuerdo con el propio Ministerio de Defensa alemán, este proceso está directamente vinculado a la percepción de Rusia como una amenaza fundamental tras la invasión de Ucrania.

Este proceso está directamente vinculado a la evolución del conflicto en Ucrania y a la consolidación de Rusia como una amenaza estratégica de largo plazo. la guerra ha generado una reevaluación profunda de las capacidades militares necesarias para garantizar la defensa territorial y la disuasión, llevando a Alemania a abandonar gradualmente su tradicional moderación en materia de defensa. A esta situación se le suman las dudas existentes sobre el futuro del statu quo de seguridad europeo el cual depende de la relación trasatlántica de Europa con los Estados Unidos en el marco de la OTAN, de la cual cada vez hay menos confianza.

Japón, por su parte, ha desarrollado un proceso paralelo, aunque con características propias vinculadas a su entorno regional. El gobierno japonés ha buscado expandir sus capacidades de defensa; para esto, ha aprobado un presupuesto de defensa récord cercano a los 58 mil millones de dólares, acompañado de un objetivo estratégico de alcanzar el 2% del PIB en gasto militar en los próximos años. Al igual que en el caso alemán, este incremento no se limita a una expansión cuantitativa, sino que implica una transformación cualitativa de sus capacidades operativas, incluyendo el desarrollo de misiles de largo alcance, sistemas de ataque de precisión y capacidades de “contraataque” orientadas a disuadir amenazas externas. Esto representa un cambio fundamental en la naturaleza de la aproximación nipona a su seguridad, al pasar de una aproximación puramente basada en la defensa propia a una con capacidades potencialmente ofensivas. 

Uno de los cambios más significativos ha sido el aumento de las capacidades de ataque a largo alcance con el desarrollo del “escudo sur” que es el aumento de las capacidades de defensa y ataque en las islas del sur de Japón en respuesta al aumento de la presencia naval china en sus inmediaciones y en las costas de Taiwán. A la par podemos ver la flexibilización de las restricciones a la exportación de armas. Japón ha implementado la reforma más importante en décadas en su política de exportaciones militares, permitiendo una mayor integración en el mercado global de defensa y fortaleciendo su industria militar. Este giro refleja no solo una adaptación a las presiones externas, sino también una apuesta por consolidar una autonomía estratégica más robusta al buscar fortalecer y expandir su industria militar

El contexto regional es determinante para entender estas decisiones. En Asia-Pacífico, el aumento de las tensiones en torno a Taiwán, la expansión militar de China y sobre todo de sus capacidades navales; así como el desarrollo continuo de capacidades nucleares y balísticas por parte de Corea del Norte han configurado lo que el propio gobierno japonés describe como el entorno de seguridad más complejo de la posguerra. En este escenario, el fortalecimiento militar se percibe como un instrumento indispensable para garantizar la disuasión y la estabilidad. Sobre todo, debido a que al igual que sucede en Europa, los socios asiáticos de Washington tienen dudas sobre el compromiso estadounidense con su seguridad

De esta forma vemos como más allá de las dinámicas regionales, un factor clave que subyace a estos procesos es la creciente incertidumbre respecto al compromiso de Estados Unidos con la seguridad de sus aliados. Por lo que la percepción de un debilitamiento del orden internacional liderado por Washington y las dudas sobre la solidez de sus alianzas han llevado a países como Alemania y Japón a replantear sus estrategias de defensa, buscando reducir su dependencia de la protección estadounidense. Aquí vale la pena matizar que este cambio en la política de defensa de Berlín y Tokio no implica necesariamente una ruptura con Estados Unidos, pero sí una redefinición del equilibrio entre su dependencia estrategica y su autonomía militar.

Frente a estos procesos de rearme y remilitarización, vale la pena explorar la respuesta de Moscú y Beijing. Desde hace años Rusia ha interpretado el rearme europeo como parte de una dinámica de confrontación más amplia con la OTAN, reforzando su narrativa de amenaza externa y justificando sus propias inversiones militares. Por su parte, China ha criticado abiertamente el fortalecimiento militar japonés, advirtiendo que podría desestabilizar la región y erosionar la confianza mutua; sobre todo, si Beijing percibe que Tokio está interfiriendo con sus intereses en Taiwán

Estas dinámicas reflejan un patrón clásico de acción-reacción que puede derivar en una espiral de rearme, pues como tal, generan un dilema de seguridad entre potencias, y aquí subyace el riesgo de detonar una carrera armamentista. A medida que Alemania y Japón incrementan sus capacidades, otros actores pueden verse incentivados a hacer lo mismo, generando un efecto acumulativo que eleva los niveles generales de militarización en Europa y Asia. En Europa, el fortalecimiento de Alemania plantea interrogantes sobre el equilibrio de poder con Rusia, así como el balance interno dentro de la Unión Europea, particularmente en relación con el papel de Francia y otros actores clave. En Asia, el rearme japonés se inserta en una competencia estratégica cada vez más intensa con China, donde cada incremento en capacidades militares puede ser percibido como una amenaza por la otra parte.

En este contexto, ha comenzado a emerger un debate particularmente sensible: la posibilidad de que estos procesos de rearme incluyan, en el futuro, capacidades nucleares. Aunque ni Alemania ni Japón han adoptado oficialmente una postura en la que busquen armas nucleares, el tema ha dejado de ser completamente tabú. En Japón, algunos sectores políticos han planteado la posibilidad de revisar su postura tradicional en materia nuclear, especialmente ante las amenazas regionales.

En Europa, el debate adopta una forma distinta, centrada en la necesidad de fortalecer la disuasión nuclear en un contexto de incertidumbre sobre el compromiso estadounidense. Esto ha llevado a discusiones sobre el papel de las capacidades nucleares francesas y británicas dentro de una arquitectura de seguridad europea más autónoma. Si bien estas ideas aún se encuentran en una fase incipiente, su mera existencia refleja un cambio profundo en las percepciones de seguridad.

En conjunto, el rearme de Alemania y Japón representa una manifestación clara de la transición hacia un sistema internacional más fragmentado, competitivo y militarizado. Impulsados por la percepción de amenazas crecientes y la incertidumbre sobre los mecanismos tradicionales de seguridad. Ambos países han optado por fortalecer sus capacidades militares como una forma de garantizar su autonomía y su capacidad de disuasión frente a las amenazas que perciben en sus vecindarios inmediatos. Sin embargo, este proceso también conlleva riesgos significativos, particularmente en términos de la posibilidad de una escalada y desestabilización regional.