Redacción Animal Político · 11 de agosto de 2023
Romina me contó cómo hace poco más de una década las autoridades la detuvieron en su propio hogar sin motivo, en un intento de aprehender a su pareja, quien no se encontraba presente en ese momento; fue entonces cuando descubrió que su marido estaba involucrado en robos con violencia, además de abusar física y psicológicamente de ella así como de su hija e hijo menores de edad. En medio del caos y sin oportunidad de ordenar sus pensamientos, dejó atrás todo lo que conocía sólo para comenzar un proceso legal incierto, que la obligó a pagar una sentencia que no merecía.
Con confianza compartió conmigo que su privación de libertad no fue su única preocupación, pues su hija e hijo se encontraban fuera, cerca del agresor responsable de los delitos por los que la culparon injustamente y quien, en la ausencia de ella, encontró la facilidad de abusar sexualmente de su ambos menores.
Fue con el apoyo de su hermana que pudo descubrir la situación y alejar a esta persona de su familia, pero no sin culparse a ella misma por no haber actuado a tiempo, a pesar de no ser la responsable de lo sucedido.
Historias como la de Romina nos hablan de la compleja realidad que viven muchas mujeres dentro de los centros penitenciarios y de la importancia de crear espacios dedicados a escuchar y atender las necesidades de las mujeres en las cárceles. Y es que aún se escuchan voces preguntando por qué acercar asesoría jurídica y atención psicológica a quienes están privadas de su libertad en penales de la periferia, por qué brindar capacitación laboral y educativa en estos espacios de reclusión o por qué el interés y urgencia de abrir escenarios que procuren nuevas experiencias para las mujeres que han conseguido salir de entornos violentos. La razón es muy clara: porque el sistema penitenciario continúa reproduciendo desigualdades, promoviendo violencias y vulnerando poblaciones sin hacerse cargo de las consecuencias en las distintas esferas de impacto.
En todos los contextos y en las historias de mujeres que confían en el trabajo del equipo de La Cana siempre encontramos una razón adicional para actuar; este proyecto se centra en lograr una reintegración social efectiva e integral, entendiendo que no se trata solo de “dar voz” a las mujeres privadas de libertad, ya que eso es algo que ellas ya poseen. En cambio, se trata de silenciar a aquellos que injustamente imponen su poder para lograr escucharnos, entendernos y acompañarnos en la reconstrucción del tejido social, yendo hombro a hombro con mujeres culpadas injustificadamente, de otras dispuestas a aceptar responsabilidades y comprometidas con su propio aprendizaje y un diferente proyecto de vida, y de otras más que nos mantenemos firmes ante arduos procedimientos.
Ser parte de un colectivo de mujeres comprometidas con escuchar, entender y sanar en medio de situaciones complejas significa también un lazo poderoso. Es una demostración palpable de que siempre habrá alguna persona dispuesta a acompañar, dentro o fuera de las rejas, y muestra que no es necesario enfrentar la vida en soledad, ya que siempre habrá otra mujer dispuesta a compartir y construir en el proceso.
Cada día escucho una razón más para seguir dedicándome a esto, a la reinserción social.
* Claudia Rodríguez es Coordinadora Operativa en @LaCanaMx.