blogeditor · 18 de junio de 2020
“Hombre soy, nada humano me es ajeno”.
Publio Terencio Africano, El enemigo de sí mismo
Estamos en marzo, 2017: Whitney Biennial. De la pared pende, solo y sin marco, un lienzo disruptivo sobre un fondo blanco. De los trazos gruesos, su Este nos sugiere la cadera de un esmoquin; y al Oeste se advierten los restos de lo que fue un rostro infantil en una cabeza ahora destrozada. Es una imagen difícil, y sería aún más encararla de no ser porque su visualización completa resulta imposible: la obstaculiza la silueta de Peter Bright. El hombre, cubierto por una playera con la leyenda Black death spectacle (espectáculo de la muerte negra) en la espalda, se interpone deliberadamente censurando la imagen. Peter Bright es negro; el cuadro: Open Casket (féretro abierto); y su autora: Dana Schutz, blanca.
Yo sé de los padecimientos afroamericanos como cualquier persona no- afroamericana –o al menos eso me cuento–: a la distancia, superficialmente, con cierta neutralidad emocional que me permite ver como exageración la censura de la palabra “negro”. Desde ahí sabía del asesinato de Emmet Till, de su influencia en Rosa Parks y en el movimiento que culminó en la consignación de derechos civiles de los afroamericanos en 1957. Un tipo de saber que no es vital.
Ignoraba que Emmet Till tenía apenas 14 años cuando fue muerto en el Mississippi segregado. Ignoraba que lo mataron por nada, pues años después del acontecimiento, Carolyn Bryant confesó haber mentido a su esposo, Roy Bryant, y a su medio hermano, J.W. Milam, sobre el comportamiento del pequeño Emmet. No, el pequeño no se había conducido inapropiadamente con la señora Bryant; pero cuando ésta reportó que sí, aquellos resolvieron batir al niño a golpes y arrojarlo a un río. Ignoraba también que ambos se declararon inocentes ante un jurado compuesto de hombres blancos, y que, una vez absueltos, reconocieron su crimen en una entrevista. Son de esas ignorancias que permiten la neutralidad.
Supe de todo ello cuando me indignó lo sucedido en marzo de 2017, en la Whitney Biennial. Resulta que con el féretro abierto fue la manera en que la madre de Emmet decidió velar a su hijo. No obstando los intentos de disuadirla, ella rehusó ocultar las atrocidades del racismo. El mundo habría de ver lo que ella vio al recibir a su pequeño sin vida y desfigurado. Decenas de miles de personas atestiguaron, sin anestesia ni racionalizaciones, la hipocresía estadounidense: la tierra de los seres libres, del puritanismo cristiano, de la igualdad cantada por Tocqueville, de los defensores de la democracia ante los peligros del fascismo. La tierra donde dijeron, al declarar su independencia, que sostenían “como evidentes en sí mismas estas verdades: que todos los hombres son creados iguales…”. No para los negros.
Pero Open Casket es la creación de una mano blanca. Dana Schutz nunca se vio humillada por su color de piel; nunca supo lo que era ser pertenencia de otro, nunca se le obligó a avergonzarse de sí, a aspirar a nada. No sabe del resentimiento y la ira; de la impotencia ante la justicia ausente. Ella nació en Michigan y se mudó a Nueva York para educarse. Exhibe sus obras en Soho, tiene bares de su predilección para hablar de arte y distribuye sus días alrededor del mundo. ¿Qué es ella, pues, para hacerle justicia al poder del féretro abierto de Emmet Till?
Como Peter Bright, muchos juzgaron que, en efecto, Dana no debió haber hecho esa pintura. Dice una carta firmada por una artista negra dirigida a los curadores de la exposición:
“Aunque la intención de Schutz pueda ser presentar la vergüenza blanca, la pintura de un niño negro muerto pintada por una artista blanca no representa correctamente esta vergüenza, aquellos artistas no-negros que realmente quieran resaltar la naturaleza vergonzosa de la violencia blanca primero deberían dejar de tratar el dolor negro como materia prima. El tema no le pertenece a Schutz; la libertad de expresión blanca y la libertad creativa blanca se han fundado en la restricción de los otros, y no son derechos naturales. La pintura debe desaparecer”.1
El discurso que ampara la solicitud de retirar Open Casket es, pues, el de la apropiación cultural.2 Es un discurso sinsentido –por decir lo menos– que, tomado en serio, no debería ni de pronunciarse en inglés (o español) ni de redactarse con el alfabeto latino. Quiero decir que no hay nada que no sea apropiación cultural. Incluso el antiguo Egipto y la India, dos de las cuatro civilizaciones prístinas según nuestra educación elemental, fueron especies de hervideros culturales. En todo caso, lo molesto no es el sinsentido, sino que sirve para ocultar lo que hay detrás: racismo.
¿Qué es Dana Schutz para hacerle justicia al poder del féretro abierto de Emmet Till? Ser humano, persona. No es preciso nada más. El fondo de nuestras emociones son potencial humano; no racial: ira, impotencia, miedo, rabia, odio, dolor, amor, tristeza. Desde luego que Dana Schutz jamás sabrá lo que es padecer humillación como una negra; pero tampoco como otra blanca o una venezolana. Es la empatía, la vida humana en su fondo más universal, la que nos permite rebasar nuestra historia particular, estrictamente privada e irrepetible, para comunicarnos con la otra, para ser con ella.
Pero Peter Bright y aquellos que demandaron la desaparición de la pintura no lo encuentran así. Dana Schutz, por ser blanca, hay un evento que no puede pintar. Su color -dicen- le imposibilita acceder a un sentimiento, expresar una realidad. Esa historia no le pertenece… por ser blanca. No hay aquí sino exclusión por motivos de raza. Por cierto, la evidencia anecdótica (que es sólo eso) sugiere que no se trata de un hecho aislado: por mucho tiempo y en muchos ámbitos, los negros han desautorizado a los blancos para franquear al racismo: aquellos del jazz negaron a Bill Evans tener swing sólo por ser blanco, cierto cineasta rechazó Django unchained por haber sido filmada por un blanco, una familia no acepta a una mujer blanca, otros juzgan a su amigo por inscribirse a una universidad de Ivy League. Reiteración del racismo, sin más.
Pero el asunto no es de culpas, es de entender que la historia de la víctima es a su vez la historia del victimario. Con ello quiero decir que los involucró a ambos, que a ambos perjudica, y que su desenlace los demanda a ambos. Desde luego que lo sufrido por la negra no se acerca a lo sufrido por la blanca, que víctima y victimario no se duelen por igual. Aun así, me pregunto si escoger un perdedor contribuye a la comprensión del fenómeno. Dudo que insistir en la división entre ellos y nosotros sea útil, pues la configuración particular de una relación víctima-victimario es asunto histórico, contingente; pero la relación misma parece una constante en nuestras interacciones con el otro. El racismo también toca a latinos y asiáticos, a judíos. Es un problema humano y eso, supongo, es lo que quisiéramos erradicar. Yo, que no tengo idea de cómo transformar una realidad social tan compleja, me atrevería a concluir que ello no se logra sin el concurso de todas las partes.
De ahí que me pareciera positivo –si acaso el adjetivo aquí no es un improperio– ver multitudes blancas manifestándose ante el asesinato de George Floyd. Juzgué que revelaban una comprensión de que los cambios profundos en la interacción entre unidades sociales no los logra una unidad por su parte; sino la sociedad en su conjunto. Juzgue que por fin los negros dejaban a los blancos tomar parte en su presente y en su cambio: que veían una historia común, un destino entrelazado.
Quizá fue un juicio anticipado: una vez más, algunos consideran que el blanco debe callar3. Y el llamado a su silencio es de dos tipos. Por un lado, el conocido y señalado más arriba: su color los desautoriza para hablar. Por el otro, es un llamado muy propio de nuestro tiempo, de sensibilidad milennial podríamos decir: no querer escuchar lo desagradable, lo que confronta. Así entiendo yo la petición de cancelar la cuenta de Twitter del presidente Trump. Su discurso polarizador, abiertamente racista es una aberración. Solo que callar al racista no erradica ni su racismo ni los elementos que posibilitaron su llegada a la Casa Blanca.
Sin embargo, soy de la opinión de que esa figura, ese reflejo de la democracia estadounidense y sus valores sociales, debe mirarse con toda su crudeza y entenderse –que no justificar–. Ese ser es imagen de lo que aún somos como especie. Echarlo debajo del tapete es salida fácil, una que nada resuelve a menos que se crea que el racismo es asunto individual, de Donald Trump como excepción. Pero está claro que esa voz es apenas eco de un ruido profundo, perenne.
Emmett Till fue asesinado el 28 de agosto de 1955, 65 años antes de que un policía blanco asfixiara a George Floyd. Aunque de modo muy diverso, la consumación de ambos crímenes contó con el respaldo del Estado. Sin embargo, no es como que nada haya cambiado. Como suelen ser los humanos, ha sido un periodo irregular: de avances y reveses, de Obama y luego Trump. Valorarlo es cosa dura. Abruma concebir que este tipo de muertes sigan ocurriendo. Es un desaliento informarse de que el racismo se aferra a la realidad, y no precisamente en sus formas más sutiles.
Pero la historia del racismo no es historia del negro, ni aún del blanco contra el negro. Es historia humana, de eso que hacemos y somos los humanos. Por tanto, requiere humanos –y no razas– para ser cambiada. En cierto sentido, habría que invalidar esas palabras que, aunque aún conmueven, difícilmente contribuyen. Malcom X, 1964:
“No, no soy un americano. Soy uno de los 22 millones de personas negras que son víctimas del americanismo. Uno de los 22 millones de personas negras que son víctimas de la democracia, nada sino hipocresía disfrazada. Así que, no estoy aquí parado hablándoles como americano, o patriota, o un saludador de la bandera, no, yo no. Estoy hablando como víctima de este sistema americano. Y veo América desde los ojos de la víctima. Yo no veo ningún sueño americano; veo la pesadilla americana”.
Quizá algún día. Quizá empezamos.
* Andrés Rolando Pola es filosofo por la UNAM, maestro en ciencia política por El Colegio de México y en historia económica por la London School of Economics. Publicó el libro La Banca Paradójica (2014) con el CEEY.
1 La carta complete puede verse aquí. Traducción propia.
2 Apropiación cultural es utilizar elementos culturales típicos de una cultura por parte de otra, despojándola de todo su significado y banalizando su uso.
3 Como siempre, las generalizaciones son difíciles; pero un par de notas como esta comenzaron a minar mi optimismo.