blogeditor · 4 de enero de 2017
Vivimos en sociedades injustas. De muchas formas, distintos grupos sociales son sus víctimas. Basta detenerse y prestar atención en un par de diarios para ver que la pobreza, la discriminación y la exclusión están en todas partes, aunque muchas veces no nos toquen de forma directa y (por eso) a veces las sintamos lejanas. La injusticia es escurridiza porque nos enseñaron a pensarla como la excepción y no como la regla, como algo que puede llegar en una trampa del destino y no como algo sobre lo que estamos parados. El carácter “anormal” de las cosas injustas disfraza a la injusticia de tragedia y le quita visibilidad. Yo quiero proponer otra cosa.
Desde que tengo memoria, mi familia y circunstancias personales me mostraron la idea de que debemos respetarnos porque valemos lo mismo (no me lo plantearon así de chico, pero sí es la forma general y abstracta en la que podría resumir esas enseñanzas). En mi educación familiar, en la escuela (de los 7 a los 12 fui a un colegio católico, el resto a escuelas públicas), en mis grupos de amigos y en mis distintas experiencias personales, tuve la enorme fortuna (mucho tiempo después entendí cómo esto implicó un privilegio que nunca vi como tal) de encontrarme –más o menos- con esta idea en distintos formatos (con excepciones y experiencias en sentido contrario, sí, pero que sirvieron para contrastar esa idea, delinearla y entenderla mejor).
Ahora entiendo que esa idea abstracta de igualdad separó mi realidad concreta de otras diferentes, como la de la desigualdad de las personas en pobreza (privilegio económico), la de las mujeres por ser mujeres (privilegio de género), la de las personas con identidad sexual distinta a la “normal” establecida por nuestra sociedad –como las comunidades LGBTTTIQ- (privilegios cis-hetero), la de las personas con alguna discapacidad (privilegio de capacidades psicomotrices completas) o la de las personas indígenas frente al resto de la sociedad (privilegio de hombre blanco). Más que hacer una lista, me importa señalar que el privilegio y la injusticia son invisibles de formas similares: el primero es invisible para los que lo tienen tanto como la segunda lo es para quienes no la sufren.
Creo que cuesta un montón ver lo pesado que es no tener estos privilegios porque están tan normalizados que no nos parecen gran cosa, a menos que estemos en algún grupo social que no los tenga y viva directamente ese costo. Aquí es donde los grupos y personas no privilegiadas viven día a día injusticias de distinto tipo, pero que están también normalizadas (y con ello invisibilizadas) y no se perciben como algo intolerable y opresivo, sino como algo frente a lo que hay que resignarse (aquí nos tocó nacer, así es la vida, es la realidad del país). Que te acosen en la calle o ganes menos por ser mujer es algo normal, que exista un prejuicio de que los indígenas son tontos, salvajes o irracionales no está mal, está justificado por la realidad.
En México, nuestros pueblos indígenas son un ejemplo abrumador. Las comunidades originarias son especialmente importantes en Latinoamérica y en nuestro país son el fiel testimonio de cómo la injusticia se normaliza y se borra. No sólo sufren de una injusticia estructural que suma la desigualdad económica y social (estar históricamente sometidos a condiciones de pobreza, explotación, y discriminación por pertenecer a un tipo social –ser indígena- y ser marginados y maltratados –discriminados- socialmente por ello) en términos históricos (no décadas, siglos de esta posición), sino que también son víctima de otro tipo de desigualdad: la desigualdad epistémica.
Las comunidades originarias tienen dos problemas cuando buscan contar su visión del mundo o interactuar con el resto de la sociedad: el primero es de carácter testimonial: no los vemos como sujetos productores y comunicadores de conocimiento iguales a nosotros, sino que hay un prejuicio de que sus testimonios están pintados de irracionalidad, anacronismo, salvajismo o atraso (“son ellxs quienes quedaron fuera del ciclo histórico del desarrollo y el progreso”). Al dialogar, no son tomados como iguales, su palabra no tiene el mismo peso y se interrelacionan siempre con una carga epistémica negativa.
El segundo es de carácter interpretativo y es un problema estructural: las formas en que se expresan también cargan un prejuicio, porque su lenguaje y formas expresivas (apelando a la madre tierra, a su existencia ancestral o a otro principio comprehensivo no occidental) son consideradas inaceptables o –en el mejor de los casos- insuficientes (por lo que deben ser completadas, ayudadas o traducidas por la sociedad moderna a la que pertenecen) para entablar diálogos interculturales. El resultado es el mismo, la invisibilidad de sus realidades y la incapacidad de que hagan sentido de su mundo.
Esta injusticia epistémica, que se traduce en una forma de desigualdad política que se suma a la desigualdad económica y social, no es casual sino parte del mismo problema de exclusión histórica. Así como los pueblos indígenas fueron segregados de lo económico, lo político y lo social, también lo fueron de las prácticas productoras de conocimiento de las que se nutrieron las instituciones democráticas e incluso del propio lenguaje de los derechos humanos (creados sin la participación de estos pueblos y aplicados de manera vertical). Y éste es un problema grave del que debemos hacernos cargo porque sus conocimientos, valores y experiencias deben tomarse en serio si pretendemos una sociedad libre e igual (no somos iguales cuando se niega una capacidad esencial de dialogar igualitariamente, ni somos libres si no podemos hacer inteligible nuestra realidad –y la injusticia constante en ésta).
Esta injusticia está normalizada en prácticamente todos los países de Latinoamérica (incluso aquellos que apelan a la interculturalidad como Ecuador o Bolivia) y nuestros pueblos la han denunciado desde siempre. El México indígena está en todas partes y lleva mucho tiempo intentando contar su historia y ser parte de la nuestra (como iguales para dialogar y decidir, no como grupos para asimilar a nuestra cultura). Si entendemos y aceptamos su situación injusta y normalizada, entonces podemos empezar a construir los puentes que permitan corregirla de fondo (desde lo epistémico hasta lo social, político y económico). En este ajuste con la justicia hemos llegado muy tarde, pero todavía estamos a tiempo.