blogeditor · 1 de junio de 2020
Escribo esta breve nota el domingo 31 de mayo, mirando en directo algunos de los enfrentamientos entre la policía y grupos que protestan en múltiples ciudades de Estados Unidos, desencadenados luego del asesinato de George Floyd, sucedido el pasado jueves 25 a manos de la policía de Minneapolis, Minnesota.
He salido a la calle con la policía en decenas de ciudades de América, Europa y África. Comencé a entrevistar policías, mandos policiales y responsables políticos de la policía desde los noventa del siglo pasado y nunca he parado; mi más reciente ciclo de conversaciones está en curso ahora mismo con representantes de una policial municipal en México.
Si algo he aprendido es que no hay institución policial alguna sin problemas en el uso de la fuerza; la diferencia entre ellas no está en si algunas tienen dificultades y otras no, la diferencia está entre las que son orientadas al servicio y aprenden de su experiencia, y las que no.
El relato formal que fundó a la policía moderna es que debe ser eficaz y legítima a la vez. Debe reducir la delincuencia, las violencias y el temor (eficacia), y a la vez debe merecer la confianza y el respaldo social (legitimidad). Debe cumplir los fines que persigue y debe cuidar los medios que utiliza.
Los eventos de esta semana en Estados Unidos confirman que los problemas graves persisten, incluso en las instituciones policiales que, en términos comparados, se ubican en los mejores lugares de eficacia y legitimidad –con diferencias mayores al interior de ese país, donde hay miles de esas agencias estatales-.
Quienes miramos tan a fondo como podemos a la policía, encontramos siempre contrastes y contradicciones mayores; en policías modernas puede haber las mejores y las peores conductas y en policías rezagadas y sin recursos sucede lo mismo. La policía comete las peores atrocidades y realiza los actos más heroicos también.
Cuando algún representante de la policía usa sus poderes para ir a matar a alguien que no representa una amenaza letal, y podemos ver cómo lo hace, el impulso masivo legítimo es exigir la condena más severa contra el perpetrador y la censura pública se desborda hacia toda la institución, y muchas veces, hacia toda la policía, sea de donde sea.
Así debe ser; nada es peor que la indiferencia ante la brutalidad policial, como la hay también en buena parte del mundo. Una alternativa es –o debería ser- cerrar a esa entidad policial que aloja a un homicida con uniforme; puede ser que haya muchos lugares donde en efecto sea el mejor camino.
Pero otra alternativa es mirar qué es lo que realmente pasa en una institución policial así y distinguir los problemas de los aciertos –siempre hay ambos, reitero-. Y aquí es donde surge la pregunta que va por encima de cualquier otra y que, por cierto, siempre ha estado ahí: ¿quién vigila a la policía?
Hay lugares donde no la vigila nadie, ni ella misma; hay lugares donde la vigilan muchas personas a través de muchos sistemas internos y externos. Aquí está el núcleo del problema: los poderes de la policía son enormes y se salen de control si no hay quien mire; un representante de la policía de Irlanda del Norte, país que tiene una de las reformas policiales más exitosas de la historia, nos enseñó hace varios años 8 mecanismos simultáneos de monitoreo y evaluación del desempeño policial del día a día, la mayoría de los cuales no dependen de ella.
Los poderes de la policía operan de manera diferente en contra de las poblaciones más vulneradas; los estudios son incontables, la policía crea “clientelas” donde deposita los peores abusos; lo hacen todas las policías en el mundo en mayor o menor medida y siempre ha sido así en Estados Unidos, en particular, aunque no solamente, contra la población de raza negra.
Es una tensión interminable que, de un lado, jala a la policía a favor de intereses que la capturan y la alejan de la vigilancia adecuada, interna y externa; y por el otro la jalan hacia los más sofisticados mecanismos de supervisión externa, que ayudan a empujar la mejora de los controles internos, buscando, además, transparentar a la institución hasta lo más posible (ver aquí).
Es bastante claro: el grado de desviación de la policía depende de qué tanto se le vigila y controla, simultáneamente, desde adentro y desde afuera. Lejana y opaca, como es la inmensa mayoría de la policía en el mundo -sin duda en México-, las oportunidades para el abuso y la brutalidad siempre serán interminables.