Después de mucho meditarlo —y de hablar con mi sombra más de lo que habla la Secretaría de Gobernación con el narco—, he decidido ir a AMBIO, un centro de tratamiento en México, para hacer un retiro de cuatro días con ibogaína. No es turismo de bienestar ni esnobismo espiritual. Es otra cosa. Es rendición. Es una búsqueda de desmantelamiento voluntario. Un viaje hacia donde más duele: dentro de una misma.
No voy por moda, voy por necesidad. Porque hay partes de mí que ya no responden a la terapia, al llanto, a los cuarzos, a las cartas natales ni a la oración. Porque hay heridas que no se cierran con afirmaciones ni con flores de Bach. Y porque lo único que me queda por intentar es mirar de frente al inconsciente… sin casco y sin anestesia.
Y aquí entra How to Change Your Mind, el libro de Michael Pollan, que me abrió la posibilidad de ver que tal vez el problema no soy yo, sino el sistema operativo con el que funciono desde que tengo uso de culpa. Un sistema hecho de trauma, de memorias enterradas, de narrativas falsas que se repiten en loop hasta convencerte de que el dolor es destino o de que hay que sufrir para merecer.
El ego no es tu enemigo. Pero tampoco es Dios.
Pollan lo dice sin aspavientos: los psicodélicos no te hacen ver dragones. Te hacen ver tu vida con otra perspectiva. La ibogaína, en particular, no te lleva al cielo: te baja al sótano de tu alma con una linterna y te dice: “ahora sí, abre los ojos y míralo TODO”.
Y eso es lo que voy a hacer. Porque ya me cansé de maquillar mi historia para que sea más digerible. Porque no quiero seguir funcionando desde el “deber ser”, si ese deber me está matando en cámara lenta.
Resetear la mente para recuperar el cuerpo
How to Change Your Mind me recordó algo esencial: no somos nuestras emociones ni nuestros pensamientos ni nuestros traumas. Somos la conciencia que los observa. Y esa conciencia, cuando se libera del ego, se vuelve infinita.
La ibogaína no es recreativa. No es amable. Es un bisturí espiritual. Pero lo que corta, lo sana. Hay personas que han dejado heroína, depresión crónica, alcoholismo o la voluntad de morir después de una sola sesión. No porque la raíz del sufrimiento desaparezca, sino porque, por primera vez, la entienden. La abrazan. La perdonan.
Yo no quiero iluminarme. Quiero entender por qué sigo eligiendo oscuridad. Por qué repito patrones que me lastiman. Por qué me da miedo recibir amor del bueno. Y no quiero que me lo diga una terapeuta en un consultorio con macetitas de macramé. Quiero que me lo diga mi alma.
A gritos. Si hace falta, llorando sangre. Y si para eso tengo que disolverme un rato en el lodo de mi inconsciente, so be it.
Una última pregunta (que es la primera): ¿Qué pasaría si en lugar de ver a estas medicinas ancestrales como drogas peligrosas, las viéramos como portales a lo que más urge sanar colectivamente? Tal vez el verdadero peligro no está en la ibogaína o en los hongos. Está en una cultura que premia el disimulo, castiga la vulnerabilidad y estigmatiza el despertar.
Yo, por lo pronto, me dispongo a cambiar mi mente. A morir simbólicamente para volver a nacer sin las máscaras heredadas. Si regreso distinta, mejor. Si regreso rota, también. Pero regreso más cerca de mí. ¿A quién le conviene que sigamos dormidos?
La estigmatización del uso terapéutico de psicodélicos no es ingenua. Es política. Es económica. Es estructural ¿Quién gana con que te den antidepresivos de por vida en lugar de una sola sesión con psilocibina acompañada por profesionales?
- La industria farmacéutica, que vive de la recurrencia, no de la sanación.
- Los gobiernos, que prefieren ciudadanos dóciles, anestesiados y dependientes.
- Las instituciones psiquiátricas, que patologizan lo que no entienden.
- Las iglesias, los influencers, los gurús, que necesitan que sigas buscando respuestas afuera, nunca adentro.
Y sí, también le conviene al capitalismo emocional: ese que monetiza tu trauma, pero no quiere que lo trasciendas porque dejarías de consumir mierda para llenar el vacío. También a los “coaches” con certificados de kermés.
Medicar o liberar: esa es la verdadera batalla
La ciencia ya no puede negar lo evidente: estudios del Johns Hopkins, el Imperial College de Londres y NYU demuestran que los psicodélicos, en ambientes clínicos y rituales adecuados, ayudan a curar depresión, ansiedad, adicciones, TEPT, trastornos obsesivos y hasta el miedo a morir.
Pero en lugar de celebrar estas posibilidades, la reacción institucional ha sido la de siempre: prohibir, castigar, ridiculizar. ¿Por qué? Porque cuando una mente se libera del ego, deja de encajar dócilmente en la maquinaria de producción, consumo y sufrimiento programado.
Una mente libre no vota por el opresor. No se automedica sin preguntar. No se queda en relaciones destructivas para complacer. Ni mienten por convivir. Una mente libre no se deja manipular por culpa ni por miedo por NADIE.
Ibogaína no es recreacional
La ibogaína no es amable. No es bonita. Es feroz como la verdad. Dicen que es como morir sin dejar de respirar. Pero muchas personas que han atravesado esa noche larga han salido del otro lado sin ansiedad, sin adicciones, sin ganas de seguir fingiendo.
Yo no quiero trascender mi trauma para ser “más funcional”. Quiero abrazarlo, entenderlo, exorcizarlo si es necesario, y después decidir qué parte de él merece seguir en mi vida. Y eso no lo hace un ansiolítico. Lo hace una experiencia profunda, acompañada, sagrada.
Conclusión: el enemigo no es la sustancia. Es el sistema que teme que te cures.
Quien demoniza los psicodélicos no lo hace por salud pública. Lo hace porque si tú dejas de temerte, ellos pierden poder. Porque si tú te despiertas, ellos pierden el control.
¿Imaginas lo que pasaría si miles de personas dejaran de estar deprimidas no porque aprendieron a “ver lo positivo”, sino porque entendieron su sombra? ¿Si miles de mujeres dejaran de consumir ansiolíticos para soportar lo insoportable, y empezaran a decir que no -sin culpa-con voz firme? ¿Si en lugar de pastillas diarias tuviéramos rituales de verdad, CONCIENCIA y RECONEXIÓN?
Pos una fuckin’ revolución…
No sé cómo voy a volver de mi retiro con ibogaína. Solo sé que no quiero volver igual. Quiero regresar más viva que cuerda. Porque la salud mental no es adaptarse al infierno. Es tener el coraje de prenderle fuego y salir de él bailando.