¿A quién le importa (ya) el Chapo?

blogeditor · 4 de marzo de 2014

¿A quién le importa (ya) el Chapo?

Me enteré de la (re)aprehensión del Chapo Guzmán haciendo fila en el control migratorio del aeropuerto de Newark, lo que resultó profundamente anticlimático: nadie vitoreó la captura, nadie apuntó a las pantallas en las que se repetía la noticia. Atravesando el túnel para entrar a Manhattan, la situación no mejoró. Al contrario, para cuando llegué a la isla ya casi me había olvidado del tema y había hecho una nota mental de no escribir sobre él —abandonada como otras tantas pequeñas metas que uno se pone, evidentemente, cuando llegué de regreso a la Ciudad de México.

Minimizar lo que pasa en el propio país por viajar unos días es de mal gusto, por supuesto. Y como el título de este post, es prácticamente una provocación. Pero la pregunta es legítima y se está cerrando la ventana para hacerla —Andy Warhol, en nuestros días, tendría que revisar su cronómetro: 15 minutos de atención concentrada son un milagro menor en la era de Twitter.

Se ha señalado ya que uno debe celebrar el éxito del Estado mexicano en capturar a un criminal prominente y elusivo, independientemente de partidos o preferencias políticas –y de hecho la admonición se atendió al pie de la letra: la celebración ocurrió, por todo lo alto, qué duda cabe, aunque ahora haya sido opacada por mejores fiestas después de los muchos oscares para Gravity. Y es difícil estar en desacuerdo: desarrollar la capacidad para detener al Chapo, como la capacidad para detener a cualquier otro delincuente de ese nivel, es el resultado de un esfuerzo de años de miles de funcionarios, algunos anónimos y otros no tanto, que resulta poco elegante desdeñarles; mezquino, en realidad. Se corrió con algo de suerte, como llega a ocurrir en estos casos, pero la fortuna favorece a los que sorprende trabajando, como suele decirse. Además, los criminales, prominentes o no, deben ser detenidos porque, bueno, es un principio básico de la vida civilizada. Como entendían bien Hobbes y Locke, lo mismo que la dueña de una tiendita a la que están extorsionando: una sociedad en la que los delincuentes se salen con la suya todo el tiempo no es una sociedad en la que uno quiera vivir, trabajar o matar el tiempo mientras se espera a que le pregunten a uno para qué quiere entrar al país.

Pero no deja de resultar anticlimático; después del festejo, no es fácil sacudirse la sensación de futilidad del acontecimiento –no exactamente una resaca, más bien una sensación de euforia que se acaba cuando es hora de pagar la cuenta y uno debe regresar a casa. En 13 años de prófugo, el Chapo se convirtió en una buena historia. Una historia que quizá valga la pena contar y volver a contar, incluso después de los Oscar. (Re)capturarlo fue una victoria para un Estado mexicano que ha hecho un gran esfuerzo para desarrollar las capacidades necesarias para detener a esta clase de criminales y –aunque ahora resulte polémico– es una victoria para las agencias extranjeras que han encontrado la forma de trabajar de manera eficiente con los funcionarios mexicanos para enfrentar problemas comunes. Las armas nacionales se pueden cubrir de gloria con su (re)captura y se puede debatir cuánto crédito debe darse a las agencias estadounidenses, pero el Chapo era un delincuente internacional antes que un delincuente mexicano; reclamarlo por orgullo nacional como se reclama ahora a Cuarón, Lubezki y –hay gente para todo– Lupita Nyong’o resulta, bueno, un tanto corto de miras: después de años de pregonar que el problema era de consumidores extranjeros y muertos mexicanos, observar el debate por poner unos por encima de los otros resulta menos que entretenido. Puede haber buenos argumentos para mantenerlo en México –aunque quizá sean mejores para extraditarlo, como reseña Alejandro Hope— pero prófugo o detenido, el Chapo no es problema de un solo país y menos de México.

Lo que resulta más preocupante es que, mexicana o compartida, la (re)caída del capo es una victoria también para una agenda, una visión del mundo que pone a los líderes criminales y al tráfico de drogas como la máxima prioridad y explica el resto de los problemas de seguridad del país como efectos colaterales del narcotráfico y actividades sucedáneas. Y es que la conversación sobre el Chapo es, antes que otra cosa, la vieja conversación sobre el tráfico de drogas ilegales, sobre las fortunas que se construyen sobre ellas, sobre quién debe hacerse cargo de combatirlas, sobre la amenaza que representan para el Estado; la conversación, en suma, que define nuestra visión de la seguridad pública de manera mucho más profunda que la historia del carro de lavandería y los túneles de escape estilo Conde de Montecristo desde hace décadas. La conversación sobre los cuántos detenidos y de qué nivel mejorarán o empeorarán las cosas.

Antes que marcar un parteaguas en el combate al crimen, un antes y un después, la (re)captura del Chapo le da si acaso un nuevo aire al viejo discurso que simplemente no podemos dejar atrás. La era de los capos no termina con el Chapo, como no terminó en Colombia con la muerte de Pablo Escobar ni en Estados Unidos con la condena de Al Capone, evasor fiscal. Al volver a detener al Chapo el Estado mexicano reafirma que eventualmente las carreras criminales terminan en la cárcel o en la muerte, lo que no es poca cosa. Pero, al volver a detener al Chapo, el Estado nos recuerda otra vez que cambian los nombres y las fotos, pero las listas de más buscados permanecen. Todo cambia, y todo permanece igual, o cuando menos resulta demasiado similar como para que uno se ponga cómodo.

¿A quién le importa ya el Chapo? Le importa, por supuesto, a los miles de funcionarios y exfuncionarios que han dedicado años a perseguirlo a él y a otros criminales prominentes con mayor o menor dedicación a ambos lados de la frontera. Le importa a los políticos, fiscales, agentes especiales y comentaristas estadounidenses que quieren echar mano del Chapo para manejar el caso como mejor les convenga–que eso implique desconfianza en las autoridades mexicanas se da por sentado, después del escándalo de los cables diplomáticos filtrados, ¿quién está poniendo atención a esas cosas? Le importa, es de suponerse, a los familiares de las personas que mandó matar —y los de las que mandó a su muerte, el costo de hacer negocios. (El mismo se atribuye 2 o 3 mil muertes en toda su carrera, según versiones periodísticas, pero se le pueden atribuir todos los homicidios que haga falta.)

Le importa a sus socios y rivales en el mercado de las drogas y a los teóricos de la conspiración permanente que ahora tienen algo más en que ocupar sus insomnios —R.E.M. les cantaba mejor de lo que puede escribirse, “si tú crees/que pusieron un hombre en la luna/un hombre en la luna/si tú crees que él no tiene ningún truco bajo la manga/entonces nada está cool”. Le importa, sin duda, a los medios, los políticos y los comentaristas que podemos reescribir, a la manera del Génesis bíblico, una y otra vez su trayectoria, influencias, mentores, sucesores y émulos –menos numerosos que la descendencia de Abraham, ése de los tantos descendientes como las arenas del desierto, pero numerosos de todas formas— y participar en la “conversación” sin demasiado esfuerzo. Y por supuesto, le importa a las miles de personas que, haciendo “apología del delito” en las calles o en conversaciones privadas en el noroeste mexicano se preguntan qué es lo que va a pasar ahora, menos con el sesudo sesgo analítico de quien se relaciona con el narcotráfico desde la pantalla de su computadora y más con la urgencia de quien se encuentra a viejos y nuevos criminales en el bar, en las fiestas, en la calle –cuando no en sus agencias de coches, en sus restaurantes, en sus agencias de bienes raíces .

Pero esto no responde la pregunta, o más bien, sólo lo hace a medias. ¿A quién le importa ya el Chapo? ¿Debería importarle, por ejemplo, a los consumidores de drogas? Si su (re)captura tuviera un efecto mínimo sobre el tráfico de drogas –lo que es dudoso, dígase de una vez– quizá tendrían que pagar más por sus dosis cuando menos por un tiempo. Pero probablemente se verían más afectados si alguien intentara pegarle un balazo a su vendedor de cabecera —a quien, por otra parte, probablemente reconocerían en la calle aunque no puedan identificar al Chapo ni en fotografías de prensa. Si, como es posible pero definitivamente no es seguro, su (re)captura conduce a una lucha de poder en el mercado de las drogas, ¿debería importarle a las víctimas potenciales de esta violencia? Quizá, pero sería difícil argumentar que debería importarles tanto como las luchas de poder regionales y en algunos casos híper-locales, que venían sembrando cadáveres por todo el país desde hace años. (Incluso si pudiéramos ubicar con alguna precisión el “efecto Chapo” sobre la tasa de homicidio y este fuera significativo, un supuesto que ya peca de optimista, ¿unos pocos puntos porcentuales arriba o abajo nos dirían que el rumbo del país cambió, cuando se viene gestando una reducción lenta pero sostenida en los homicidios desde 2012?) Finalmente y es casi una pregunta ociosa pero debe hacerse, ¿debería importarle a las víctimas cotidianas de extorsiones y secuestros, cometidos por criminales que no habían visto al Chapo en su vida y que escucharon hablar de él como el resto de nosotros, en la televisión? Probablemente no.

Y es que las capacidades que se pusieron en juego para reaprehender al Chapo son notables, pero no se pueden transferir en realidad a la persecución de otros tipos de criminales –y probablemente ni siquiera sea una buena idea. Y para ilustrar este punto no hace falta pensar en secuestradores y extorsionadores que están si acaso marginalmente conectados con el narcotráfico o en el resto de las organizaciones que competían directamente con el Chapo o simplemente hacían negocios con la red por su cuenta –aunque vale la pena hacerlo, cuando menos para comenzar a dejar atrás por fin la ridícula metáfora de que el narcotráfico es una suerte de versión ilegal de las transnacionales de antaño. Ni siquiera hace falta invocar el espectro de los criminales comunes que son una preocupación cotidiana para la mayor parte de la población y que, como el resto de nosotros, conocen al Chapo por televisión. Estas consideraciones bien pueden resultar demasiado técnicas –y terminan aburriendo a quienes piensan que estos debates son en realidad “académicos”. Basta en realidad con seguir superficialmente la discusión sobre los líderes y soldados de a pie de las autodefensas michoacanas que, dependiendo del día, parecieran estar actuando por su cuenta o en coordinación con las autoridades, y que presumiblemente se mantendrán en el candelero, por decirlo de alguna forma, por algún tiempo, premios Oscar o no.

No importa en realidad si uno cree que las autodefensas son una solución orgánica de la sociedad civil frente al problema de la extorsión fuera de control o si uno comienza a sospechar de sus motivos y alcances. Abordar el tema con el mismo enfoque que el del Chapo y el resto de la lista de grandes criminales, el esfuerzo paciente y costoso de años de seguir pequeñas y grandes pistas y esperar a un golpe que resultaría extraordinariamente costoso y políticamente insensato, pero sobre todo, sería profundamente inútil. En Michoacán, o en Guerrero o en el próximo territorio en crisis –no es una cuestión de si habrá otro, sino de cuándo se pondrá en alto relieve el siguiente– la pregunta relevante no es cuántos líderes criminales mayores o menores se puede aprehender, con o sin ayuda de vigilantes armados o desarmados, o con operativos quirúrgicos o de gran alcance: en los últimos años se ha capturado a cientos de ellos, quizá miles, de grandes listas y de pequeñas listas, sin mayor efecto. No. La pregunta relevante en Michoacán como en otras regiones es cómo asegurarse de que la crisis no se repita una y otra vez o que adquiera nuevas proporciones. Esto transita por la reconstrucción institucional, como argumenta por ejemplo Edna Jaime, pero también requiere de un nuevo entendimiento de cómo se debe articular a los grupos civiles empoderados y desplegados que, bueno, no regresarán a sus casas de manera espontánea.

El trabajo preciso y contundente de los marinos en Mazatlán —y de quién les haya asistido, de nuevo, la mezquindad es irritante y más cuando se cubre de un nacionalismo que es apenas tolerable en el estadio de fútbol— es irreprochable y debe celebrarse, pero también nos recuerda que la vieja agenda de combate a las drogas que nos ha acompañado por décadas es más vital que nunca. Y es difícil sentir entusiasmo porque siga tan vigente, tan heroica como pueda resultar, cuando ni siquiera comienza a resolver otras preguntas que, después del breve festejo que tuvimos, son tan urgentes como hace un par de semanas. Y por eso, apenas unos días después, todo el asunto resulta tan anticlimático. La cuenta sigue sin pagarse y no hemos descubierto aún cómo hacerlo. La fiesta simplemente no duró lo suficiente.

 

@jaimelat