Quién fuera fuerte como las flores

Piolo Juvera · 28 de marzo de 2012

Quién fuera fuerte como las flores

 

Haber radicado siempre en el envidiable clima de la ciudad de México me había impedido vivir en carne propia la transición de estaciones (recorrer el pasaje Zócalo – Pino Suárez no cuenta).

Ahora que, por azares de las carnes del destino, me mudé a Evanston, Illinois, me tocó presenciar la contundente llegada de la Primavera. No fue paulatina, como suponía. En una semana de temperaturas bajo cero, se colaron con arrebato un par de días calurosos, cual señor hambriento, gandaya y descalcificado en la cola de las tortillas. De repente, con una puntualidad que asusta (demasiado pronto, según los locales) el mero 21 de marzo amanecieron floreados los alrededores. O por lo menos así pareció. Como si, en un arranque de efusividad cromática, el pintor de este cuadro de la naturaleza le hubiera propinado sendas pinceladas de color a lo que solía ser un blanquísimo lienzo de nieve. Impactante. Inspirador.

Estar rodeado de tanto renacimiento es estimulante. Porque no es como que en cuanto llegue el calorcito toda la gente salga y se ponga a sembrar nuevas flores (aunque algunos sí), sino que de alguna manera son las mismas del año pasado las que ahora se asoman, sólo que renovadas tras una necesaria pausa invernal. Eso, vuelven renacidas.

Me resulta envidiable la fortaleza de la flor: no consiste en ponérsele al tú por tú a la nieve, sería una batalla perdida, darse un gélido balazo en el tallo. No. Es más bien una fortaleza que implica saber esperar su turno, paciencia, calma y la sabiduría necesaria para detectar cuándo es tiempo de cubrirse, de acumular energía y cuándo llega el momento de emerger, de hacerse presente, de volver y dejárselo claro al mundo mediante gritos de perfume y color.

Ahora son los días fríos los que se cuelan en la calidez de la estación recién estrenada. Algunos incluyen heladas lloviznas. Pero ahí siguen las flores: agüitadas a ratos, quizá, pero vivas, de pie, besuqueando los pies de quienes las admiramos, acariciando los ojos de quienes las envidiamos.

Quién fuera fuerte como las flores.