¿Quién es mi enemigo? Reflexiones sobre el 11 de septiembre 10 años después

Claudia Calvin · 12 de septiembre de 2011

¿Quién es mi enemigo? Reflexiones sobre el 11 de septiembre 10 años después

Nada es más tranquilizador en esta vida que saber quién es tu enemigo y en donde se encuentra. Esta pequeña gran certeza te facilita la vida de muchas maneras: sabes cuándo, en dónde y con quién estar. Sabes cuál es su terreno y cuál el tuyo. Puedes también tener certeza sobre quiénes pueden ser tus amigos y con quién puedes y debes hacer una alianza. Cuando desconoces la cara de tu enemigo… la realidad puede volverse muy complicada.

 

El Muro de Berlín nos daba esa certeza: la definición clara de los amigos, enemigos y aliados en un mundo bipolar. De la misma forma nos garantizaba saber en dónde estaban las fronteras de “los buenos y los malos” (claro, dependiendo del lado en el que te encontrases del mundo y la realidad que dividía), así como las herramientas, instrumentos y medios para negociar, acercarse o mantener una sana distancia (o un gélido estado de relaciones). La caída del Muro nos dio alegría a todos, y es imposible olvidar las imágenes de las familias reuniéndose por encima del muro y los jóvenes con la “V” de la Victoria saltando y bailando encima de él mientras éste caía piedra por piedra.

 

El 9 de noviembre  de 1989, día de su caída, fue el antecedente inmediato del famosísimo e impactante 11 de septiembre que nos hizo tomar conciencia de que el mundo, tal y cómo lo conocíamos, había cambiado. Con su caída se nos cayeron las certezas en el ámbito internacional y doce años después, el derrumbe de las Torres Gemelas en Nueva York nos llevó de lleno, de frente y sin miramientos a una realidad inexplicable en donde los enemigos, los amigos y sus respectivas certezas daban paso a una realidad gris, confusa y con fronteras imprecisas.

 

A partir de ese día, y con el recuerdo de imágenes que difícilmente olvidaremos quienes las observamos mientras sucedían y eran transmitidas por los noticieros en todo el mundo, éste se transformó y ello impactó nuestra realidad cotidiana. La culpa de los hechos no la tuvieron los “sospechosos comunes” de siempre: los “comunistas malos” (Bloque occidental dixit). Aparecieron en escena nuevos “malos”: los terroristas islámicos.

 

A partir de ese momento el terror y la desconfianza (y también hay que decirlo, la ignorancia una vez más) se han apoderado del discurso en las relaciones internacionales y de los lentes a través de los cuales observamos el mundo. Tener un apellido árabe y/o parecer musulmán se han convertido en las premisas para ser considerado sospechoso de terrorista en el contexto actual. Esto quiere decir que una cuarta parte de la población mundial es sospechosa de los atentados, de tener alguna relación con Osama Bin Laden y de haber participado en los ataques a las Torres Gemelas, al Pentágono y al cúmulo de sucesos que hemos presenciado en diversas partes del mundo a partir de esa fecha. Por si  fuera poco, también implica que –desde esta perspectiva- el mundo estará poblado por terroristas en los años por venir. La población musulmana es hoy la que mayor crecimiento demográfico está experimentado en el planeta. Suena aberrante esta interpretación ¿cierto?

 

Con el paso del tiempo, se han sumado otros amenazantes personajes a esta realidad: los narcotraficantes. Extrañamente, estos seres aparecen en los países en subdesarrollo, siendo los latinoamericanos (con México ahora a la cabeza) los principales sospechosos. Estos nuevos-viejos malvados (porque ya existían, pero en un mundo bipolar se les prestaba atención marginal y jamás tuvieron en el imaginario colectivo internacional el peso que actualmente se les da), están minando a pasos agigantados el tejido social en diversas regiones y organizan la estructura de las redes de distribución de sus negocios para hacer llegar la mercancía al principal mercado de drogas en el planeta: Estados Unidos. Por otro lado, desconocemos a los aliados de estos “empresarios del mal” en aquel país y vivimos en el resto de las naciones las consecuencias de una guerra declarada a los productores de drogas y a sus aliados que tienen diversas rostros en el ámbito del crimen organizado.

 

Internet, en este contexto y como el nuevo espacio público de nuestro tiempo, también ha vivido las consecuencias de esta realidad. Hoy, la fina línea entre un activista, un hacker y un ciberterrorista genera enormes confusiones. ¿Se puede llamar “ciberterrorista” a un activista musulmán que participa en Internet? ¿Cómo explicar que un ciberdelincuente como en su  momento fue señalado Kevin Mitnick, enjuiciado y encarcelado, sea hoy uno de los principales consultores en seguridad informática no sólo para empresas sino para el gobierno mismo de Estados Unidos, por no decir que es entrevistado y visualizado en los medios de comunicación casi como un rock star? ¿Cómo no observar con sorpresa que dos twitteros mexicanos sean acusados de “Twitterroristas” y condenados a 30 años de cárcel por ayudar a generar pánico en la población por dar información falsa? Mentirosos e irresponsables, si, pero ¿terroristas?

 

En este contexto de indefiniciones, confusiones e información que desinforma, reflexionar en torno al 11 de septiembre se vuelve una obligación para todos y todas. No importa que no hubiésemos estado en la Zona Cero en NY en el momento, o que nos hubiésemos cruzado en el aeropuerto de Miami con los terroristas. Sucedió en Estados Unidos, pero el legado y las consecuencias nos afectan a todos. El efecto de las políticas derivadas de ello impactan el gasto militar en nuestros países, el tráfico de armas, el crimen organizado y ello repercute en los recursos destinados a combatirlo. A nombre de la seguridad se violan los más elementales derechos de miles de personas que tienen la mala suerte de parecer árabes, profesar una religión, o tienen el mismo apellido de algún famoso delincuente buscado por alguna agencia de inteligencia. La estructura de seguridad, inteligencia y contrainteligencia en el mundo es indefinible: los viejos agentes que trabajaban para un gobierno ahora son mercenarios a sueldo dispuestos a intercambiar su expertise en combate y contrainteligencia por millonarias sumas que serán pagadas por el mejor postor (y no siempre son gobiernos ni personas con la intención de  hacer el bien sin mirar a quién….).

 

En el mundo “post 11 de septiembre” se juega a la política, se construyen y tejen redes de intereses en torno a esta nueva explicación de la realidad y existe una economía estructurándose y consolidándose en función de esto. En esta trama, hablar de paz suena utópico, cuando consumimos la violencia y la guerra a través de nuestros televisores a todas horas y cuando la desconfianza se ha apoderado de nuestras conversaciones y de nuestros sueños. El crimen y la violencia han existido desde que los humanos vivimos en sociedad y las modalidades han cambiado en función del nivel de desarrollo y momento histórico en que se encuentren. Vivimos viejas realidades con nuevos rostros.

 

El 11 de septiembre es, en efecto, una fecha que no podemos olvidar y que nos obliga, desde lo individual, a repensar como reconstruimos la confianza en la humanidad para no vivir pensando que todos los que nos rodean pueden ser terroristas dispuestos a acabar con nuestras vidas. Sí, la violencia es una realidad, no se puede negar. Es, sin embargo, hora de convertirnos en autores de nuestras certezas y no dejar que otros estructuren la incertidumbre a partir de la cual nos relacionamos.

 

Comparto algunos enlaces que pueden resultar de interés para ver datos duros y reflexionar sobre esta cuestión:

 

Población musulmana en el mundo 

 

Worldfocus: Demografía en el mundo árabe

 

Internet: un espacio para el crimen y el ciberterrorismo

 

Terrorismo, democracia y seguridad. 11 de septiembre 10 años después. Libro coordinado por María Cristina Rosas. Ampliamente recomendado.

 

Sitio de la imagen que acompaña este post: Blog Una vida tres espejos.