blogeditor · 31 de mayo de 2020
No hay una buena cuenta de ustedes, como no hay buena cuenta de casi nada en México, pero de que existen, existen: insisten en hacérnoslo saber por medio de sus columnas, sus publicaciones en redes sociales, sus chats de WhatsApp. Los Decepcionados de la 4T son, si bien quizá no muchos, particularmente vocales al respecto. No podíamos dejar de escucharlos cuando declaraban que lo que se avecinaba, en la figura de su candidato favorito, era poco menos que un cambio tectónico moral y político del mundo que conocíamos. Supongo que es natural que ahora que el cambio mostró los dientes tampoco podamos dejar de escucharlos. Debate público y tal.
Es tedioso, para los que terminamos escuchándolos, Decepcionados, porque su entusiasmo y su decepción son la misma cosa: manifestaciones de su fe en el Estado como una bala de plata para los problemas del país, expresiones concretas de su creencia inamovible en que todas las herramientas y soluciones están allí, pero no se les utilizaba por incompetencia, corrupción o, mejor aún, pensamiento elitista que no entiende las necesidades del México realmente existente. No están citando a Lenin porque en su mayoría no lo conocen, pero lo replican en espíritu: el Estado es un mecanismo de control y supresión de intereses de clase, por ende, se debe poner en las manos “correctas” para que suprima a las élites que han depredado al país y se avance en la dirección deseada. Genio táctico, se decían y se dicen muchos a sí mismos: usar las instituciones y reglas de la democracia (neo)liberal para ponerle fin a la democracia (neo)liberal e inaugurar otra, superior en todo sentido, porque “moral”. Elegante y sencillo y, si hubiera funcionado en algún momento de la historia del mundo, se diría que hasta brillante. Pero no ha funcionado en el mundo ni, si es uno honesto, tiene ningún viso de funcionar en México y es a propósito: el presidente López Obrador hace exactamente lo que dijo que iba a hacer, no lo que los Decepcionados se imaginaban que haría una vez que tuviera que dejar de hacer campaña y tomara el control de la bestia. Vamos, votaron por él, pero no le creían. No en realidad. Escuchaban sólo lo que querían escuchar y obviaban lo que no.
¿Le creen ahora cuando dice que todo va según sus planes, que las cosas marchan perfectamente mientras aplasta las causas progresistas más preciadas y se arropa en un neoliberalismo de caricatura cubierto de metafísica? ¿Le creen ahora cuando se aferra a sus mítines y sus coronas de flores y sus tres proyectos de infraestructura y sus lugartenientes, leales hasta la incompetencia y la ignominia? ¿Le creen ahora que deja en claro todos los días que la transformación que prometió es la que él decida y que sus amables o vociferantes exigencias de cambio, no, ajuste, no, rectificación de rumbo le tienen sin cuidado? Por supuesto que no le creen, ni ahora, porque si le creyeran no necesitarían arropar sus críticas y comentarios en su voto de hace casi dos años, en declararse partidarios de la 4T primero y críticos de lo que de hecho hace después —no los vayan a confundir con los “adversarios” de la “Derecha”, encima de todo, sería el colmo.
Y no me malinterpreten: lo que han dado en llamar “Izquierda” tiene una larga y rica tradición de no estar de acuerdo consigo misma excepto en lo más básico, es una consecuencia natural de pensar las cosas más de 5 minutos y darse cuenta de que uno tiene diferencias de fondo con sus compañeros de viaje. Criticar a la “Izquierda” desde la “Izquierda” no es sólo posible, solía ser prácticamente un requisito de membresía. Pero como ya descubrieron, ese espíritu crítico no juega en las revoluciones, incluso en las minúsculas que se llaman a sí mismas transformaciones, porque no se les ocurrió algo más pomposo. Sí, por supuesto, pueden haber votado por López Obrador y criticarlo ahora, faltaba más. Pero si se declaran partidarios de la 4T en general y críticos en lo particular, quedarán también a dos fuegos. ¿De verdad esperaban otra cosa? Sean serios.
Motivos no les faltan, Decepcionados, pero eso es inmaterial. Ilusionarse es ponerse en línea para ser desilusionado. Esperanzarse es prepararse, inconscientemente la mayor parte del tiempo, para desesperanzarse. Y quien tiene suficiente memoria, o suficiente experiencia, o una pizca de sentido común, lo sabe. El milagro es que uno logre esperanzarse otra y otra vez. Y quizá por eso lo hace uno: porque es delicioso, maravilloso, creer de nuevo cuando ya no se creía en nada. Ya veremos como votan en 2021, Decepcionados, pero ¿entre nos? eso tampoco importa. Su candidato no ganó gracias a ustedes sino a miles de estructuras de movilización del voto, millones de electores que en otro tiempo apoyaron a sus adversarios. Y esos votantes no pasan los días lamentándose de tal o cual cosa de la 4T. Están muy ocupados sobreviviendo.