Querida ciencia, no eres lo que esperaba

blogeditor · 21 de marzo de 2022

Querida ciencia, no eres lo que esperaba

No es como lo imaginan; en mínima medida, el mundo académico tiene una relación directa con la idealización generalizada de un espacio de profunda cordialidad, solemnidad y respeto. La distancia que se cava entre la academia y la sociedad hace que estas apariencias subsistan y sean como las ilusiones ópticas en las que, en la lejanía, parece vislumbrarse un cuerpo de agua fresca en medio del árido desierto.

Hay cierta lógica en pensar que en un ámbito donde uno de los principales objetivos es adquirir y compartir conocimiento, no hay lugar para lo mundano, lo banal y lo incivilizado (si es que eso realmente existe). ¿Existe una relación directamente proporcional entre la cantidad de conocimiento de una persona y su capacidad de ser respetuosa(o)? Podría responderse rápidamente que sí; sin embargo, no lo sugiero.

Existe (y persiste) una predominante creencia popular de que el conocimiento tiene efectos mágicos en las personas, tales como hacernos más empáticas, más comprensivas y compasivas. En otras palabras, se cree que el conocimiento nos puede hacer mejores personas. Como usualmente sucede, las creencias se confrontan con las experiencias de vida.

Amoríos, relaciones inapropiadas, acoso sexual, celos, abuso de poder, despotismo, plagio y favoritismo, parecieran ser atributos de una telenovela de horario estelar; lamentablemente también son el pan de cada día para muchas personas al interior del mundo académico. Sin duda alguna podría señalarse un caso específico, una institución, un nombre y apellido, pero para los efectos de este texto prefiero vislumbrar la panorámica completa.

Y no, no es que me calle algo, sucede que tengo la sensación de que no podría poner el énfasis de que todos esos atributos son transversales a todas las esferas académicas, tanto de instituciones públicas, como privadas; nacionales e internacionales; entre personas de los primeros escalafones, hasta aquellas con cargos directivos.

Quiénes nos decidimos por dedicar nuestra vida y esfuerzos dentro de la academia (es decir, a la docencia e investigación) atravesamos ese duro pasaje del “mundo ideal” a la realidad práctica, incluso más de una vez. Sin duda alguna hay momentos trascendentales: cuando los experimentos salen bien, cuando encontramos las palabras para expresar lo que está en nuestras mentes, cuando tu investigación tiene eco o impacto tangible, cuando un alumno te agradece tu guía o la clase.

La ciencia tiene muchos de esos momentos de efímera dicha, al igual que muchos momentos ¡eureka! que traen una inefable sensación de placer y satisfacción, que seguramente un neurofisiólogo podría explicar mejor citando los neurotransmisores implicados. Dedicarse a la academia, en el más puro de sus actos científicos, brinda la sensación de ser parte de un cambio y de algo más grande.

De la misma manera en que funcionan las ironías, como aquella de que no es posible apreciar lo dulce de la vida sin conocer lo amargo, la academia es un constante ir y venir entre esos dos polos. En tanto, en la lejanía, más allá de sus muros, la ilusión prevalece y sólo aquellas personas que deciden acercarse se confrontan con la realidad.

En mi trayecto como investigadora he tenido el privilegio de conocer a personas extraordinarias, he podido charlar e intercambiar experiencias con notables colegas de los más diversos campos. Hasta hace algunos años comencé a notar una indignante constante que al paso del tiempo y la recurrencia se ha convertido en una realidad deprimente.

Con todas las personas que he tenido la misma conversación, se repite un tema: violencia de género. Entre hombres y mujeres es al menos conocido un caso donde alguna mujer académica conocida o cercana ha tenido que enfrentarse a un suceso en el que su género ha sido una detonante. Todas y todos conocen a alguien, sin excepción, punto.

Ya sea el acoso de algún profesor, una agresión sexual, la discriminación para la designación de una plaza o presupuesto para investigación, no poder acceder a puestos de mayor jerarquía (techos de cristal), espacios para publicar, la discriminación de su trabajo e incluso el plagio. Sólo por ser mujer.

No es nada complicado hallar testimonios de mujeres que han recibido propuestas sexuales de profesores con el pretexto de “subir su calificación” y, en contra parte, casos de mujeres que tienen calificaciones reprobatorias porque se negaron a dichas propuestas; también casos de mujeres que se les negó el acceso a un puesto por el “riesgo de embarazarse” (no olvidemos la regla de suspender una beca CONACYT en tanto una estudiante esté embarazada o lactando); mujeres que tuvieron que trabajar el doble en comparación con un hombre para acceder a un fondo presupuestario o a una plataforma de difusión; incluso, de cursar innumerables clases en las que las bibliografías están repletas de autores, de leer incontables textos donde para referirse a los seres humanos los autores escriben “los hombres”.

Sólo por ser mujeres y porque persiste la idea de que “somos frágiles”, de que no podemos controlar nuestras emociones, que no tenemos el carácter de ser líderes, de que “somos histéricas”, de que por nuestros genitales y definiciones genéticas por alguna razón no lógica tenemos que estar a la sombra, cuidado y disposición de un hombre.

Confrontarme con la realidad de una misoginia persistente en el mundo académico se ha convertido en una rutina tan constante que a veces me rebasa, pero que a su vez me ha llevado a construir una nutrida red de apoyo con otras excelentes y extraordinarias colegas. A muchas de ellas las he visto trabajar mucho más que otros hombres académicos, ensuciarse las manos, la ropa y el calzado con tal de conseguir una muestra en trabajo de campo, plantarse frente a enormes audiencias con una apabullante calma y control, admirables.

Sinceramente, no entiendo la necia exigencia del mundo hacia las mujeres para demostrar su capacidad. Me parece absurdo, pero les advierto que tendrán que asegurarse a sus asientos, porque las mujeres lucharán por eso y estremecerán al mundo. De alguna forma, la historia nos ha orillado a esto y nos ha dotado de una resiliencia que se nos ha infiltrado hasta la médula. El momento llegará y nosotras atenderemos puntuales.

Aunque yo he escrito este texto, las verdaderas autoras son todas esas mujeres que admiro, que han tenido la confianza de contarme sus experiencias y que forman parte de mi red, que han estado ahí cuando yo he tenido que cruzar un paso amargo. A ustedes, gracias infinitas y para ustedes, estas breves líneas como tributo por su trayectoria académica y sobrevivencia a la misma.

* Kathia Elisa García (@Lakathirina) es socióloga por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, con una maestría en Ciencias Antropológicas de la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Ha trabajado en proyectos de investigación desde 2014 en temas de arte, cultura, arqueología y recientemente, divulgación de la ciencia.