Joel Aguirre · 23 de septiembre de 2026
Hay una frase que un fiscal del fuero común me dijo hace años, entre café y apuntes, durante una capacitación sobre delitos ambientales: “Si quieres saber qué tan violenta es una familia, pregúntale primero al perro”. No la he podido olvidar. En esa oración caben décadas de criminología y una verdad que el derecho tardó demasiado en tomarse en serio: el maltrato animal no ocurre en el vacío. Ocurre en los mismos hogares donde después, o al mismo tiempo, se golpea a los hijos y se amenaza a las parejas.
Esto se llama, en la literatura especializada, The Link (El eslabón). No es una corazonada de activista: es un patrón estadístico replicado durante cuatro décadas. En enero de 2024, un estudio publicado en el Journal of Family Violence analizó 278 incidentes de crueldad animal registrados por el FBI que ocurrieron de forma simultánea con violencia de pareja o intrafamiliar. La conclusión: el animal es, casi siempre, el primer eslabón golpeado, precisamente porque su sufrimiento no dispara ninguna alarma institucional. El propio FBI reconoce hoy la crueldad animal como un predictor confiable de violencia futura —agresión, violación, homicidio—. Detrás del perro que recibe una patada en el patio de al lado, casi siempre hay un niño o una mujer esperando el siguiente golpe.
En México, algo empieza a moverse en esa dirección, y hay que decirlo con la misma honestidad con la que exijo pruebas en cualquier litigio: no es suficiente, pero es real. En 2023, cuando un perro llamado Zeus murió defendiendo a su dueño de un asalto en la Ciudad de México, el entonces secretario de Seguridad capitalina —hoy secretario federal de Seguridad y Protección Ciudadana— declaró públicamente algo que pocos funcionarios de su rango se habían atrevido a decir con tanta claridad: “El maltrato animal es antesala de la violencia social que escala hasta lastimar a seres humanos”. Es, textualmente, The Link, dicho por quien hoy encabeza la seguridad de todo el país. En julio de 2025, además, la Fiscalía capitalina creó una agencia especializada exclusivamente en este delito, que ya lleva 148 investigaciones abiertas y 222 animales rescatados. Son pasos, no una victoria. Pero son reales, y a quien empieza a caminar en la dirección correcta se le debe reconocer, no solo exigir.
El tema del bienestar animal no es —aunque conviene repetirlo tantas veces como haga falta porque casi nunca se dice con esa claridad— un tema de gustos personales. Es un tema de prevención del delito, porque el animal es el primer eslabón de una cadena de violencia que después escala hacia las personas. Es un tema de convivencia social, porque una comunidad que gestiona bien su relación con los animales que la habitan tiene menos fricción vecinal y más confianza entre quienes la integran. Es un tema de economía social, porque cada peso invertido en bienestar animal es, medido en números fríos, un peso ahorrado en salud pública y en despliegue policial. Y es un tema de paz, porque ninguna sociedad puede llamarse en paz consigo misma mientras tolere, con indiferencia institucional, el sufrimiento de quien no tiene voz, ni voto, ni abogado.
Y sin embargo, nos estrellamos a diario contra las mismas cinco falacias dictadas por quien cree tener la razón —y la moral— de su lado:
“¿Y los niños que no tienen qué comer, y ustedes peleando por un perro?”. Es whataboutism (“¿y tú más?”): desviar la atención hacia otro problema real, no para resolverlo, sino para silenciar el primero. Sí, lo sé; es la versión en la vida real de Helen Alegría en Los Simpson gritando: “¿Alguien quiere pensar en los niños?”. Pero, regresando al tema, la empatía no es un recurso que se agota si se reparte; de hecho, donde se maltrata a un animal, la evidencia dice que también hay, con más frecuencia, un niño en riesgo.
“Hay cosas más importantes: empleo, seguridad, salud”. Es una falsa jerarquización que asume que la atención pública es un recurso de suma cero. La reforma constitucional de diciembre de 2024 se aprobó por unanimidad, 449 votos, sin quitarle un solo peso a la salud ni a la seguridad —porque nunca fue, en realidad, un asunto de elegir entre una cosa y otra.
“No podemos ir contra los usos y costumbres”. Es apelación a la tradición: que algo se haya hecho siempre nunca ha sido prueba de que deba seguir haciéndose, solo prueba de que nadie lo había cuestionado en serio todavía. La Primera Sala de la Corte ya lo resolvió en enero de 2025: ningún derecho es absoluto cuando su ejercicio implica el sufrimiento de un ser capaz de padecerlo.
“Esto es solo una moda”. Es trivialización, y ninguna moda cuesta lo que cuesta la fauna urbana mal gestionada: mordeduras que llenan las urgencias, zoonosis que se pudieron prevenir, denuncias que se acumulan sin resolverse. Pregúntenle a cualquier municipio cuánto le sale, en pesos, no tener un programa de esterilización.
“Entonces qué, ¿ya no vamos a poder comer carne, o los animales van a tener los mismos derechos que las personas?”. Es hombre de paja: exagerar la postura ajena hasta volverla absurda, porque el argumento que sí se hizo es más difícil de rebatir que el que se inventa para atacarlo.
Ninguna de estas cinco resiste el argumento técnico. Y ese es, quizás, el punto más importante de todos: no se defiende a los animales por sentimentalismo. Se hace porque la ciencia ya demostró que sienten, porque la Constitución ya lo reconoce, porque la Corte ya lo resolvió, y porque cada peso invertido en bienestar animal es, medido con números fríos, un peso ahorrado en salud pública y en seguridad ciudadana.
A quienes llevan años documentando maltrato, exigiendo lo que la ley apenas empieza a reconocer, tocando puertas que no siempre se abren: no están exagerando, y no están solos —están, en el sentido más técnico de la palabra, haciendo prevención del delito—. La próxima vez que alguien les diga que exageran, que es una moda, que hay cosas más importantes, no discutan con el corazón. Discutan con esto. Y si aun así no entienden, que no sea porque nadie se los explicó.
Todos tenemos una opinión sobre esto. Esta es la mía. Tú tendrás la tuya propia.♦