Redacción Animal Político · 5 de diciembre de 2025
Más de treinta años después del nacimiento de la Convención Marco de la ONU sobre Cambio Climático (CMNUCC) en Río, la COP30 regresó a la Amazonía en un momento decisivo. Con un multilateralismo desgastado y con pocos resultados, en esta cumbre estaba en juicio la capacidad de avanzar en conjunto frente a la crisis climática.
Brasil, desde la presidencia, buscaba recuperar credibilidad y lograr acuerdos concretos. Tras tres COP presididas por petroestados, llegar a la Amazonía elevó las expectativas. Pero estas chocaron con una realidad conocida: posiciones profundamente atrincheradas, tensiones geopolíticas y una limitada disposición para ceder. Las esperanzas de un gran avance en financiamiento y en la eliminación progresiva de los combustibles fósiles volvieron a diluirse entre corchetes y opacidad.
Aun así, la COP30 no dejó las manos vacías. Una de las mayores victorias, una que ofrece una ruta hacia adelante, fue el acuerdo para crear un mecanismo que asegure transiciones justas, el “BAM”, que entrará en operación formal en la COP 31. Este logro, impulsado por la sociedad civil, establece que la transición debe diseñarse con trabajadores, comunidades, mujeres, pueblos indígenas y juventudes al centro, respetando derechos humanos y garantizando el consentimiento libre e informado. México y Brasil jugaron un papel clave para empujar un texto progresivo y establecer un mecanismo que fortalecerá la cooperación, la asistencia técnica y el apoyo financiero para que cada país pueda construir y ejecutar su propia ruta de transición justa. Sin embargo, los elefantes en la sala siguen ahí. No hubo acuerdo para un “phaseout” de combustibles fósiles; la principal causa de la crisis ni siquiera aparece mencionada en los textos finales. El grupo Árabe y varios países en desarrollo rechazaron cualquier lenguaje que comprometiera explícitamente su eliminación. Al mismo tiempo, muchos países concuerdan: sin financiamiento climático suficiente, predecible y no basado en deuda, la transición será inviable. En este punto, la Unión Europea volvió a quedarse corta: si quieren ser un campeón climático, deben asumir planes ambiciosos propios y ofrecer apoyo financiero a la altura del reto.
Pese a la falta de acuerdo global sobre la salida de los fósiles, Colombia, con el apoyo de Países Bajos, lanzó una iniciativa para construir una hoja de ruta para su eliminación. Con más de 80 países que apoyaban este resultado en las negociaciones, estas “coaliciones de las voluntades” pueden convertirse en catalizadores que aceleren avances y presionen a las negociaciones formales a la acción.
En adaptación, el resultado fue insuficiente. No hubo señales claras de cierre de brechas y la promesa de triplicar el financiamiento se pospuso hasta 2035, un golpe para los países más vulnerables.
El nuevo mecanismo de transición justa, sumado a alianzas para abandonar los fósiles bajo principios de justicia, podría abrir ventanas para atraer financiamiento que reduzca emisiones y, a la vez, fortalezca la resiliencia comunitaria, comprando tiempo para adaptarnos y evitar mayores pérdidas y daños.
También hubo avances en materia de género: se adoptó el Plan de Acción de Género pese a la resistencia de algunos gobiernos, reforzando la importancia de integrar cuidados y derechos humanos en la acción climática. Esto conecta directamente con México, que pronto presentará un plan estratégico nacional que vincula clima, cuidados y derechos humanos, y cuya NDC ya incorpora de manera destacada el enfoque de cuidados.
México jugó un rol relevante en estas negociaciones al lado de Brasil y otros países latinoamericanos. Ahora debe concentrarse en tres prioridades al interior:
La COP30 no resolvió las tensiones que amenazan al multilateralismo, pero dejó una herramienta concreta para colocar la justicia social en el corazón de la acción climática y una coalición de países dispuesta a usarla para acelerar la transición.
El reto de enfrentar la crisis climática es ineludible, pero también es la puerta hacia un México más próspero, justo y resiliente. Cuidar el planeta no es solo una obligación moral: es la oportunidad de México para liderar una transformación global que genere empleos, bienestar y un modelo de desarrollo verdaderamente sostenible capaz de mejorar la vida de millones personas.
* Jorge R. Martínez es coordinador del Programa de Justicia Climática de Oxfam México. Ingeniero Eléctrico y de Sistemas por la Universidad de Pensilvania, con especialidad en Energía y Sostenibilidad. Ha sido consultor en el sector energético y de política climática para los 3 niveles de gobierno y el sector privado a nivel internacional. Ha participado en las negociaciones climáticas de Naciones Unidas como observador y negociador.