¿Qué sigue para la agenda LGBT?

blogeditor · 2 de abril de 2016

¿Qué sigue para la agenda LGBT?

Por: Daniel Berezowsky (@danberezowsky)

Les cuento tres historias, todas del fin de semana pasado:

PRIMERA. Fui al centro de Coyoacán. Eran vacaciones y estaba lleno. Mi novio y yo tuvimos la suerte de encontrar una banca cerca de la glorieta de los coyotes y nos sentamos a ver gente pasar. Él, con un esquite en mano -es delgado pero tiene un gordito interior muy antojadizo-, soltó algún comentario sarcástico de los que le caracterizan y mi primer instinto fue reírme y darle un beso. Quizás el más inocente que le he dado. En ese mismo instante, pasaba una niña de unos nueve o diez años y se percató del hecho. Sus ojos se abrieron en sorpresa y corrió a contarle a su hermana mayor, como si hubiera visto un extraterrestre. Su expresión no fue de asco ni enojo…fue simplemente de sorpresa. La niña seguramente jamás había sido expuesta a una pareja del mismo sexo.

HISTORIA DOS. Fui con mi novio al cine, un sábado en el que no había mucho que hacer. Entramos a ver la película de Zootopia y desde luego, le compré unas palomitas grandes con mucha salsa y limón (insisto, su gordito interior es MUUUY antojadizo). A él le gustan las películas de niños; a mí me intrigaba ésa en particular, porque leí que por primera vez en su historia, Disney se había atrevido a poner en una de sus películas animadas a un personaje gay. Y entonces lo vi: en la estación de policías donde trabaja la protagonista, el recepcionista es un leopardo amanerado, con voz afeminada cuyo sueño es ser bailarín de una estrella pop estilo Lady Gaga. Los niños que estaban en la sala se reían a carcajadas del leopardo. Y sí… una vez más, Disney perpetuó los estereotipos. (Por cierto, sin arruinarles la película ni mucho menos, pero algo similar sucede en Casarse está en Griego 2).

Y LA NÚMERO TRES. En algo sí me parezco al estereotipo: no me gusta ver fútbol. Lo jugué de niño y era feliz regresando chamagoso a mi casa después de un partido, pero con el tiempo fui perdiendo la afición. No sigo la Liguilla ni las copas europeas. Cada cuatro años, eso sí, me pongo la verde y no me pierdo los partidos de la Selección.

Por eso, quizás, me llamó la atención el video que se publicó hace unos días, en el que distintos seleccionados llaman a no discriminar. Ello, después de que el grito de “puto” que se lanza en los estadios le costara casi 400 mil pesos a la Federación Mexicana de Futbol en multas (Tampoco vayan a creer que de pronto les brotó el espíritu de inclusión y tolerancia). Pero consideré que al menos una batalla se había ganado: a veces los cambios sólo inician cuando existe la presión necesaria para que ocurran, y la FMF había sido presionada lo suficiente.

El video estuvo en redes sociales y en medios. Y una tarde salió en la televisión, mientras estaba con una amiga. “No entienden” –me dijo. “Eso es algo cultural que no van a poder quitar”. Es algo cultural. Cultural. Su reflexión se mantuvo en mi cabeza por días.

Ahí están mis tres historias: una niña que se sorprendió por un beso; una película que estereotipó a los homosexuales pretendiendo ser “incluyente” y un video que aparentemente está batallando por una causa perdida.

No son historias de odio ni de violencia. Desafortunadamente también las he vivido, pero este texto no se trata de eso. No es para hablar de los miles de homicidios que han sucedido en México por homofobia o transfobia en los últimos diez años, ni para llamar a juicio a las entidades que aún no han cumplido con el mandato de la Suprema Corte de legislar a favor del matrimonio igualitario (aunque, ¿por qué no? Aprovechemos el espacio para recordarles).

Se trata más bien de algo que de manera más sutil y menos beligerante, pero quizás más dañina, existe todavía en la sociedad de México, y en prácticamente todos los países.

Porque sí, la homofobia ha perdido terreno. Las condiciones en las que vive una persona gay el día de hoy, en gran parte del mundo occidental, no pueden compararse con aquellas que existían hace 20 o 30 años. La legislación ha avanzado significativamente (aunque existen huecos importantes… no todo es matrimonio igualitario). Pero no es suficiente. Y es momento de que inicie la segunda ola, una más compleja, que es pasar de la tolerancia a la auténtica inclusión.

Inclusión en la manera de educar a niñas y niños, tanto en las escuelas como en el hogar. Porque mientras la educación pública y privada sigan apelando a la familia tradicional, seguirá sorprendiendo a un menor ver a dos hombres o a dos mujeres tomados de la mano. Seguirá provocando miedo a un menor acercarse a sus padres cuando sea víctima de acoso escolar. Y peor todavía, el suicidio también seguirá cobrando la vida de muchos menores.

Mientras la educación no cambie, seguirán muchos cayendo en lugares comunes como “que se casen, pero que no se metan conmigo”.

Inclusión, en la manera de representar la diversidad sexual en los medios. No, no todos los homosexuales cortamos el cabello, ni estamos obsesionados con la moda, ni tenemos un póster de Madonna colgado en nuestra habitación. No todas las lesbianas son vegetarianas o usan el cabello corto. Y esto es importante, porque la discriminación comienza precisamente en generar distinciones de ese tipo. Son esas divisiones invisibles las que segregan y las que más allá de la igualdad en la ley, impiden la igualdad en el trato.

Porque mientras esas separaciones existan, seguirá siendo más difícil para alguien que pertenece a una minoría sexual obtener un trabajo, o acceder a una posición de poder, o simplemente gozar de su derecho pleno al libre desarrollo de la personalidad.

Y por último, inclusión también en el lenguaje. Es cierto lo que decía mi amiga: el grito de puto del estadio está inmerso en nuestra cultura. Así como se canta Puto de Molotov, a todo pulmón, en algunas fiestas. O así como joto, marica o puñal siguen siendo parte del vocabulario diario en oficinas, espacios públicos y hogares.

Algunos dirán que es cosa menor, pero lo cierto es que las palabras importan. E importan mucho, porque perpetúan actitudes y normalizan lo que no debe ser normal.

De modo que la tarea no está hecha por completo. Aún hay mucho por recorrer y vienen los cambios más complejos: aquellos que son de fondo. Los que toman más tiempo y requieren de un esfuerzo mayor. Y lo primero es ponerlos en la agenda. Reconocer que hacen falta. Ahí están las tres historias… y ahí, en cada una de ellas, están los retos.

 

* Daniel Berezowsky es analista y comunicador político. Cineasta y fotógrafo. Impulsor de los #DDHH.