blogeditor · 28 de septiembre de 2022
A la memoria de mi primo Gabriel (QEPD).
Nuestra vida transcurre en un lapso sujeto a su realidad corporal, misma que plantea espacio y términos para la realización humana. Si viviéramos más tiempo, si fuéramos más rápidos o si nuestro tamaño se ajustara al ámbito de lo planetario o al de lo microscópico, tal vez veríamos y sentiríamos el mundo de maneras distintas. Ser primates del tamaño del que somos —limitados y mortales— define nuestros andamiajes mentales y las dinámicas de nuestros afectos, y delimita las narrativas con base en las cuales interpretamos el mundo que nos rodea y lo que en él nos sucede.
“¿Por qué morimos?” es sólo el reverso de la pregunta “¿por qué vivimos?”. La vida ocurre gracias a incontables procesos químicos y bioquímicos que la constituyen, por lo que mantenerse vivo es un ejercicio exigente. Se requiere de energía que actúe de contrapeso ante el caos: atar, comunicar y mover las partes de un organismo. El común denominador de las muertes de una ameba, un árbol y un humano es el cese definitivo de las funciones que les hacen ser un todo. En cuanto al humano, el criterio imperante dicta que esto se refleja en el encéfalo: decimos que ha muerto alguien cuando su tallo y hemisferios cerebrales han interrumpido sus funciones. Al morir, muere nuestro cuerpo, aun cuando tal finitud entrañe, asimismo, dimensiones más allá de las corporales.
La revista científica The Lancet —máximo referente en el campo de la salud pública— comisionó a especialistas para estudiar la muerte y el valor que a ésta se le confiere. Entre sus conclusiones, propusieron un viraje global que la replanteara como un proceso espiritual y relacional, más allá de uno meramente fisiológico, por cuanto que alguien muera no sólo supone que un organismo detuvo sus funciones: tener un fin lleva aparejada la necesidad de brindarle sentido, sea cual fuere. De ahí que profundizar en cómo significamos colectivamente la muerte sea, ante todo, un acto de prevención. Al robustecer las narrativas de la propia finitud nos preparamos para ese momento en el que la naturaleza nos recordará cuán constitutiva de la vida es la muerte.
La comprensión que hoy por hoy se tiene de la muerte deriva de una tensión singular. Por un lado, la cultura neoliberal y consumista mantiene nuestra mortalidad lejos del foco, tal cual lo hace con otras expresiones de nuestros límites. El forever young ha dejado de ser un ideal alquímico para trocarse en la fantasía de una capacidad de producción ilimitada que asegure la correspondiente en el consumo. Por otro lado, está presente como nunca antes en la discusión pública la importancia de profundizar la legislación, implementación y educación en el modelo de atención paliativa al final de la vida, así como las decisiones y legislaciones en lo concerniente a la eutanasia. Asistimos, pues, a una potencial transformación cultural frente a la muerte que es menester espolear: corresponde vivir, obrar y sancionar como si nos lo tomáramos en serio.
El fin de la vida es también un campo de sofisticación práctica, reflexión ética y discusión política. Respecto al sufrimiento que puede implicar y cómo hacerle frente, los cuidados paliativos son hasta el momento la mejor herramienta que hemos fraguado en el seno de nuestros sistemas de salud. En especial considerando que dichos cuidados conciben el sufrir como una experiencia en la que se dan cita factores físicos, psicológicos, sociales y existenciales; y que, gracias a ellos, pacientes, familiares y profesionales advierten una mejor calidad de vida. Adicionalmente, cabe hacer constar que su implementación podría llegar a traducirse en ahorros significativos para el sistema.
Según informes del estado de Oregón, los pacientes que solicitan asistencia médica para morir sufren mayormente por “perder autonomía”, por “no ser capaces de realizar actividades que hacen disfrutar la vida” o por “ser una carga para las demás personas”. Podría verse allí el fracaso de alguien cuyas circunstancias han cambiado y no ha logrado adaptarse; sin embargo, ganamos nuevas perspectivas al pensar que la persona está teniendo una experiencia adecuada a lo que le sucede, pues así como hay situaciones en las que lo adecuado es estar feliz (por ejemplo, al alcanzar una meta) o sentir miedo (por ejemplo, ante un animal rabioso), las hay en las que se experimenta un sufrimiento existencial (por ejemplo, tras perder la capacidad de ocuparse del propio cuerpo). No hay ninguna razón para ver siempre ese sufrimiento como un fallo o disfunción, así como tampoco la hay para dejar de acompañar, aliviar y tratar de entender a quien(es) lo padece(n).
Somos seres que producen significado. Reclamar autoría sobre el propio fin enfatiza la autonomía de decidir cómo y hasta dónde continuar con tratamientos terapéuticos, en la medida en que hace hincapié en la autodeterminación acerca de cómo se quiere vivir y cómo dignificar el tiempo restante. Se precisa una medicina centrada en el paciente, sus familiares, sus necesidades y sus deseos. En suma, una atención al final de la vida diseñada con arreglo a la concepción personalísima de cada paciente y de su círculo respecto a cómo cerrar el capítulo final.
Contamos con una hoja de ruta para conocer un mejor morir (o “mejores morires”, si es que cabe el plural): la implementación integral de cuidados paliativos multidisciplinarios que atiendan el sufrimiento en sus múltiples dimensiones, así como la garantía correspondiente a toda la gama de decisiones en torno al fin de la vida —incluidos el lugar, la compañía, los tratamientos deseados, la paliación y la opción de la asistencia médica para la muerte en casos de sufrimiento profundo por síntomas refractarios; es decir, cuando así llegue a desearse a causa de hondos padecimientos que no conseguirán aliviarse—. Cualquier estado parcial del anterior escenario es siempre incompleto.
Asimismo, no debemos olvidar que quienes sufren al final de la vida también lo hacen como resultado de diversas formas de injusticia estructural. Las formas en las que hemos decidido tratar y evitar la muerte la han envilecido. La dignidad del morir obedece además a las realidades institucionales que le rodean. El sufrimiento intolerable de muchas personas refleja un sistema refractario a la diversidad, la escasez y las capacidades distintas. Enfrentamos el reto de construir instituciones que dignifiquen la muerte.
Morimos, pero ¿morir es malo? ¿La muerte representa un daño para quien muere?
En la filosofía estoica de la Antigüedad se argüía que, al temerle a la muerte, estamos confundidos. Epicuro (siglo IV a.C.) insistía en su sinsentido: mientras permanecemos vivos, no tenemos contacto con ella; cuando hayamos muerto, ya no estaremos presentes como para adjudicarnos mal alguno. No se existe nunca a la par de la muerte, de manera que no puede hacernos daño. Lucrecio (siglo I a.C.) encontró una contradicción distinta. Decía él que tanto de cara al tiempo en que, después de morir, no existiremos, como ante el tiempo de inexistencia pasada antes de nacer, debemos sentir la misma indiferencia. Se echa de ver que la coherencia invita al sosiego.
Por aparte, hay en la Filosofía contemporánea una tesis que compatibiliza con nuestras intuiciones: la muerte es, en efecto, mala, en vista de que nos priva de disfrutar lo que de agradable encierra la vida. Este hecho se mantiene transversalmente, pues, sin importar que seamos infantes o ancianos, la vida nos ofrece igualmente elementos de goce. Ahora bien, cualquier cosa susceptible de ser disfrutada requiere de la vida para serlo. Esta aseveración nos conduce a un curioso relativismo por cuanto la vida no siempre está ofreciendo disfrute. De esta suerte, quedan comprendidas todas aquellas situaciones en las que morir, lejos de representar una tragedia, se tiene por un alivio, un descanso o, incluso, un milagro.
Ocasionalmente, las personas prefieren morir. Es célebre el alegato de Albert Camus según el cual justificar por qué no cometer suicidio era la cuestión de mayor relevancia para la Filosofía. Así, se ha planteado diferenciar unas formas de muerte voluntaria y deliberada de otras, asociadas a trastornos del pensamiento. Inspecciones psiquiátricas y de salubridad pública han reportado que ciertos antecedentes de salud mental, elementos de la historia personal, y la situación psicológica, social y económica, entre otros, son factores involucrados en que una persona incurra en el acto suicida; como resultado, desde su enfoque se considera al suicidio algo prevenible. Entretanto, la bochornosa cobertura sanitaria con la que se cuenta en Latinoamérica sigue cobrando vidas.
Hay secuoyas rojas que han vivido 3 mil 200 años, mientras que ciertas mariposas no pasan de los 24 días. En ocasiones, el ritmo de la muerte se define por razones naturales, pero en otras por nuestros trastornos sociales: genocidios, guerras, masacres, crímenes de odio. Ejemplo vergonzoso es que en lo que va del año se han documentado 64 masacres en Colombia, mientras que de enero a abril se contabilizaron al menos 150 en México. Hemos hermanado muerte y violencia, al punto de que América Latina y el Caribe son la región del mundo en la que ocurren más homicidios intencionales.
La muerte ha sido una vía para aterrorizar, hacer política e infundir miedo. Numerosos regímenes —de calaña (ideológica) diversa— se han servido de escuadrones, hornos y campamentos de la muerte, así como de exilios bajo amenaza de morir, al punto de que, el día de hoy, se habla de “necropolítica” como una categoría de análisis social. El filósofo camerunés Achille Mbembe acuñó el término para caracterizar las formas de violencia mortal que configuran estructuras de poder, permitiendo análisis valiosos de cara a la situación latinoamericana.
No sería éste el primer caso en el que una faceta de la vida humana, aunque perfectamente natural, se vincule con los peores (d)efectos de nuestro ser. Aun cuando cumplen roles determinantes en el bienestar humano, dolor, sufrimiento y muerte se han (con)fundido con las más cuestionables prácticas humanas, con esos yugos —a veces inenarrables— que nos hemos impuesto las personas a las personas, las unas sobre las otras.
Aunque la muerte sea natural, no siempre está justificada. La muerte indiscriminada de humanos, animales, y plantas —y de nuestros ecosistemas, en general— es un motivo genuino de indignación y movilización política. Nos conduelen las muertes tempranas, la muerte infantil y las muertes de quienes quisieran vivir más, no porque la muerte no sea natural, sino por el desfase de los ciclos. Que haya un final, marcado indeleblemente por la muerte, sólo se debe a que antes hubo un inicio, seguido de nudos y desenlace.
No es que fantaseemos con un mundo donde la muerte no tenga cabida. Antes al contrario, si alguna fantasía albergamos, es la de una utopía donde ocurra, efectivamente, el florecimiento. ¿Sería vida la vida sin la muerte? Doble contra sencillo que no: nunca habría primavera.
* David Fajardo-Chica es doctor en Filosofía. Estudió en la Universidad del Valle de Cali, Colombia, y en la UNAM, donde también realiza una estancia de investigación posdoctoral (DGAPA-UNAM) en el Departamento de Psiquiatría y Salud Mental. Colabora con el Seminario de Estudios sobre la Globalidad y el Seminario Universitario de Afectividad y Emociones. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores de México.
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