blogeditor · 10 de febrero de 2014
El ejercicio del poder requiere un plan. O la apariencia de un plan. O un guiño que sugiera un plan, aunque no se diga explícitamente que existe uno. Ya Maquiavelo recomendaba, palabras más o menos, que si no se tenía idea de lo que se estaba haciendo —más precisamente, si no se tenían el valor o la astucia necesarios para gobernar a los hombres— la única alternativa aceptable era fingirlo. Lo único peor que no tener idea de lo que se estaba haciendo era, bueno, que alguien se diera cuenta. Lo primero podía remediarse eventualmente quizá, lo segundo no, porque acabaría con la confianza que se pudiera tener en el líder, arruinándolo para todos los fines prácticos. ¿Y quién quiere eso?
Los méritos o detalles del plan son mayormente irrelevantes. Después de todo, es un plan. Se debe confiar en que funcionará. Y si de entrada parece perfectamente imbécil o peor, idéntico a otros planes que uno ya había escuchado antes y que uno recuerda habían fracasado de manera contundente, siempre está la posibilidad —la certeza necesaria, en realidad— de que o uno entendió mal los planes viejos o los planes nuevos o que sí, ciertamente, el plan nuevo sea prácticamente idéntico al plan viejo, pero debe apreciarse que ahora será ejecutado por manos más competentes.
Y de nuevo, los detalles del plan son irrelevantes. Hay un plan. Eso debería bastar y sobrar hasta que se pueda saber si funciona. Y sabremos que funcionó —porque este plan, se dijo ya pero al parecer no se entiende bien, no puede fallar— cuando el éxito sea evidente por sí mismo. No antes, no después. Y si algo en el camino hiciera pensar a alguien que las cosas no están saliendo, valga, como estaba planeado, la explicación es sencilla: no es momento de entender o evaluar el plan, hay que tenerle confianza. Hasta que sea demasiado tarde. O no. Porque de nuevo, el plan no puede fracasar, que se entienda de una vez. Toda proyección que diga que el plan podría fallar es mera especulación infundada. Confíen o quítense del camino. Dejen el pesimismo en la puerta.
¿Para qué es plan? Bueno, para cualquier problema que lo requiera, por supuesto. Siempre habrá un plan para cada problema. No hace falta entender o explicar a mayor detalle cuál es el problema. Está claro que si todos estamos de acuerdo en que hay un problema, aunque no estemos seguros de cuál es, todos estamos de acuerdo también en que debe haber un plan. Y que el plan debe atender de manera integral el problema, con una visión de largo plazo privilegiando la inteligencia y la coordinación y la buena voluntad entre las naciones. Y nadie en su sano juicio podría negar que, con voluntad, trabajo duro y un buen plan, no existe problema que no pueda resolverse. No debe detenerse uno a pensar demasiado en el problema, es tiempo que se está perdiendo para resolverlo.
Y, casi cansa repetir tanto esto pero al parecer es necesario, el plan funcionará cuando funcione. ¿Existe alguna alternativa? De ninguna manera. El plan es a la vez general y particular, atiende todas las eventualidades, porque no puede ocurrir nada que no pueda incorporarse en el plan conforme haga falta. A veces incluso, y esto no es algo que deba comentarse mucho, o en voz alta, o de preferencia reflexionarse en privado con mucho detenimiento, es posible que un plan diseñado para un problema termine resolviendo otro que ni siquiera sabíamos que teníamos—y en ese momento se haría bien en dejar de pensar en el problema original, que claramente fue superado por el nuevo problema que se resolvió. El plan ilumina el camino. Y quienes no estén a la altura del plan serán substituidos. Faltaba más.
Entregarse al poder del plan libera de la carga de esperar a ver qué pasa en el futuro. Hace algunos años Ronald Reagan, el “Gipper”, decía que las palabras más atemorizantes en el idioma inglés eran “soy del gobierno y vengo a ayudar”. Uno pensaría que no tenía un plan.