Qué fue primero: ¿la TV o la realidad?

blogeditor · 2 de noviembre de 2015

Qué fue primero: ¿la TV o la realidad?

A propósito del penoso escenario que se transmitió en el canal de Chihuahua de Televisa, hay un debate interesante que ronda los pasillos de la sociología y la comunicación: qué fue primero: ¿el contenido de la televisión o la realidad a la que pretende retratar?

Es decir, en una sociedad tan mediatizada como la nuestra, ¿es la tele la que define los valores que son socialmente aceptables? ¿O son las preferencias e ideas de las audiencias las que establecen los contenidos que deben inscribirse en un programa exitoso?

Permítanme poner un ejemplo.

En la década de los años noventas, Friends, una de las series más exitosas en Estados Unidos y en el mundo occidental entero, retrataba a un grupo de amigos que se reunían todos los días en un café. Una década después, la serie How I Met Your Mother surgió como una nueva versión de comedia situacional muy similar, pero con la gran diferencia de que sus protagonistas no tomaban capuchinos sino alcohol entre semana. Nadie se ofendió ni se sorprendió por ello.

Quizás el detalle es menor, pero esto cobra mayor relevancia conforme aumenta lo que está en juego.

Segundo ejemplo. GLAAD es una organización que en 2015 cumplió 30 años de defender los derechos de personas LGBT en Estados Unidos, particularmente en referencia no sólo a cambios legislativos, sino a la transformación de actitudes y de cultura.

Cada año, desde el 2005, GLAAD publica un reporte sobre la aparición de personajes gays, lesbianas, bisexuales o transgénero en los principales programas de televisión de Estados Unidos.

Cuando inició este reporte, hace diez años, menos del 2 por ciento de los personajes que aparecían en programas estelares eran LGBT y en su mayoría, eran estereotipados, discriminados o en el mejor de los casos, eran secundarios que desaparecían después de uno o dos episodios.

El reporte de este año demuestra que, una década más tarde, esta cifra se ha duplicado y además, ahora existen protagonistas gays, lesbianas o bisexuales en algunos de los programas con mayor rating.

No es casualidad que esto se dé en un contexto político que también ha cambiado durante esos diez años. En el 2005, según la casa encuestadora Gallup, prácticamente 6 de cada 10 estadounidenses estaban en contra del matrimonio igualitario; diez años después, esta tendencia se revirtió: ahora 6 de cada 10 lo aprueban.

Y esto, desde luego, ha tenido consecuencias también en materia legislativa y de política pública: este mismo año, el matrimonio entre personas del mismo sexo se legalizó por decisión de la Suprema Corte en toda la Unión Americana. En México sucedió algo similar unas semanas antes.

[contextly_sidebar id=”1A7Q6rRvGevVw9neYeWm50lHZmB88Vxi”]Pero volvamos a la pregunta: ¿fue la televisión la que poco a poco incorporó a personajes LGBT y provocó un cambio de actitud de una generación de norteamericanos? ¿O fue más bien el estudio de grupos focales de quienes deciden la programación, la que decidió aprovechar la ola de aprobación que había hacia minorías sexuales para atraer rating?

Regresemos nuevamente en el tiempo: hace seis años, la cadena FOX emitió por primera vez un capítulo de su serie Glee, enfocada a adolescentes y que promovía la tolerancia y la diversidad sexual. Se trata de la primera vez que se destinaba un presupuesto de esta magnitud (alrededor de 3 millones de dólares por episodio) a un programa de esta naturaleza, y que dos años después había vendido más de 36 millones de sencillos digitales.

Ese mismo año vio la luz también otra serie, Modern Family, una que además tiene una peculiaridad: una pareja gay es retratada en un contexto heteronormativo. Es decir, no dentro del estereotipo polígamo, sexualizado y casi morboso en el que muchos situaban a este tipo de personajes, sino en el de una pareja tradicional, que vive en los suburbios y que más allá de sus preferencias es casi conservadora en muchos aspectos.

También en 2009, Lady Gaga recibió su primer Grammy y se convirtió poco tiempo después en un ícono de la comunidad gay por las letras de sus canciones.

Es decir, parece que toda una ola de cultura pop ha acompañado la transformación social que ha vivido Estados Unidos, y muchos países occidentales junto con él, y que ha derivado en la transformación de una institución que por siglos había permanecido estática. El mismo Vaticano flexibilizó su posición al respecto en estos años.

Los ejemplos podrían seguirse analizando: con el empoderamiento de la mujer, con la identidad racial, con el consumo de drogas o la portación de armas, con el aborto o la eutanasia. Y más allá de este breve escrito, hay analistas que han dedicado su vida a entender de qué manera sucede esta transfusión entre los medios y la realidad.

Mi hipótesis es la siguiente: la relación es de simbiosis. No existe una causalidad propiamente formada, ni podemos atribuir a los medios la capacidad de realizar transformaciones que la misma sociedad no está dispuesta a llevar a cabo por sí misma.

Y es muy importante, además, entender también que la lógica de la mayor parte de los medios –al menos en países democráticos- no es política sino comercial; es decir, el contenido no está definido por objetivos de evolución social, sino por la ley de la oferta y la demanda.

Pero en un mundo en el que la pantalla es cada vez menos la televisión, y cada vez más la de un dispositivo móvil; en una realidad en la que un estudio de filmación está cada vez menos en Hollywood y cada vez más en el bolsillo de cada persona, vale la pena hacer una reflexión de esta naturaleza.

Porque los contenidos se democratizan. Estamos pasando de la “sociedad del espectáculo” de McLuhan a la “sociedad del escándalo”.

Y entonces las escenas de violencia, de racismo, de acoso sexual o de bullying, dejan de ser ficción y se convierten en pequeñas ventanas de una verdad que más allá del deber ser, existe aquí y allá en la realidad de todos los días.

 

Daniel Berezowsky es Licenciado en Ciencias Política, especializado en comunicación política y análisis de discurso. Su experiencia incluye el Poder Legislativo, la Administración Pública Federal, la prensa escrita y el cine.