blogeditor · 5 de diciembre de 2020
Los incómodos se llama el libro que publicó hace un año en Argentina la abogada Elizabeth Aimar, mamá de un joven con parálisis cerebral.
Lo interesante es que ella no solo habla de las personas con discapacidad (pcd) sino de la incomodidad que genera en las personas que no están relacionadas con esta condición y que deben lidiar con ella porque no la conocen. “Queremos a las personas, pero no queremos a la discapacidad, nadie quiere tener una discapacidad, o tener un hijo o familiar con discapacidad, simplemente debemos saber que es algo que nos puede suceder”.
Es verdad, no solo es complicada la vida de una persona con cualquier discapacidad sino que es una complicación para quienes no la conocen: uno teme lo que no conoce, uno discrimina lo que no conoce, uno se aísla de lo que no conoce, uno evita lo desconocido.
Y esa incomodidad compartida ha generado un enorme vacío: de un lado los que viven con la incomodidad y del otro los que se sienten incómodos al enfrentarla cara a cara.
Ese desfiladero que hay entre los dos solo se puede cruzar con un puente: el conocimiento, la educación. Conocer algo le quita misterio, entender de cierta condición quita el miedo a cómo enfrentarlo, aprender de otras realidades estimula la empatía, educar quita la incomodidad.
Hay muchos pendientes en cuestiones de inclusión (desde barreras físicas hasta laborales, leyes, preconceptos y tabúes).
Pero sigo convencida que todo empieza con la educación: un niño que convivió con alguien con discapacidad en su salón, el día que sea arquitecto tendrá incorporada la necesidad del diseño universal; un adolescente que compartió el club con un amigo con discapacidad, cuando sea policía sabrá que debe tener a la mano herramientas extras en alguna situación de peligro; una niña que jugó con una prima con alguna discapacidad no se sentirá incómoda cuando ella, convertida en doctora, la quiera revisar.
Es incómodo para el sistema educativo pensar en términos de inclusión -bajo el mejor modelo que le convenga a nuestros niños-, lo hemos visto sexenio tras sexenio.
Pero los efectos residuales a futuro son inmensos. Yo tengo aún fe en que podamos alguna vez dejar la incomodidad de todos a un lado para aprovechar al máximo quienes somos.
Este texto fue publicado originalmente en Yo También.