blogeditor · 2 de abril de 2021
Este año parece estancado en el tiempo, mas no en nuestro cuerpo. Las jacarandas han florecido dos veces mientras algunos de nosotros nos encontramos encerrados, un tanto marchitos, faltos de tierra, de sol y de agua.
Por mi parte, he ido y venido de un lado a otro, de arriba a abajo. A veces durante el mismo día. Me siento agradecida, pero también cansada y derrotada. He llegado al punto de impedirme reconocer que todavía soy capaz de desear, de sentir un hueco en el estómago por la emoción y no por la ansiedad. Ni por la incertidumbre de no poder contarlo. O por la angustia de querer contarlo todo y que no me salga ni una puta palabra.
Me he sentado en la orilla a mirar al vacío y me he abrazado por el triunfo que representa mi resistencia. Siento ternura por mi vulnerabilidad y soy amable con mi fortaleza, por mínima que sea. Intento no recriminarme, creo que cualquier ataque a mí misma resultaría insoportable. Soy una presa fácil de mis malas mañas.
Estos últimos meses ha sido fácil reconocerme en los reflejos opacos y desgastados que veo en los otros. Amanezco con la necesidad de realizar un ejercicio personal para redimensionar lo que pienso, lo que siento y quién soy. A estas alturas, sobrevivir ya no me suena al mínimo requerido sino al máximo alcanzado. Cada jornada parece tener su propia lucha, que a veces solo se gana llorando y otras se gana, precisamente, por no llorar.
Hace una semana pasamos la tarde en urgencias porque Nicolás se lastimó la planta del pie derecho. El doctor nos advirtió que la curación sería dolorosa. Entre la enfermera y yo envolvimos a mi hijo en la sábana blanca y rígida para inmovilizarlo: lo abracé con todo el cuerpo mientras el doctor lo suturaba. Nunca imaginé que un gesto de dolor de mi hijo pudiera recordarme lo frágil que es mi vida y lo delgado que es el hilo que la sostiene.
Fue un segundo, quizá. No más. El médico terminó, salimos de ahí y lo primero que vimos fue la luna. Nicolás asocia la luna llena con la noche desde que comenzó a hablar. Cree que todas las noches hay luna llena. Y esa noche la luna pactó con mi hijo algunas de sus creencias. Su papá lo cargaba mientras yo intentaba digerir lo que acababa de pasar. ¿Tuve que haber sido más fuerte? Estoy segura de que se me escaparon algunas lágrimas cuando lo abrazaba. ¿Dónde está mi valentía? ¿Fallé esta prueba?
¡Qué bonita noche!, dijo Nicolás.
Siempre he pensado que el dolor ajeno, cuando nos duele, reafirma nuestra humanidad; pero no me imaginaba que lo viviría a través del dolor de mi hijo. La vida es rara: tal vez la única manera que existía para reubicarme en este año que avanza y no avanza, sería observando a un niño de tres años con la capacidad de encontrar belleza más allá de su dolor e incluso más allá de la luna. Qué ambivalencia: por un lado, estoy devastada y, por el otro, siento emoción y un profundo deseo por vivir. Estoy segura de que mi resistencia nos llevará, a Nicolás y a mí, hasta la siguiente temporada de jacarandas.