Puto el que diga puto

blogeditor · 28 de junio de 2014

Puto el que diga puto

Por: Alejandra Isibasi

Ya. Ya se ha dicho todo sobre el nuevo grito mexicano. Ya está comprobada la capacidad de análisis, de crítica y de debate de la opinión publica; quienes decían que los mexicanos no saben discutir ni defender posturas ahora se tragan sus palabras ante el embate del concierto. Ya se han presentado argumentos serios de filología, semiología o etimología, de derechos humanos, el debate incluso ha trascendido fronteras, igual que el improperio. Y a pesar de que hay cierta claridad colectiva respecto de lo discriminatorio, degradante, y misógino que es este insulto –porque se sabe y se vive como un insulto que no diríamos a nadie que respetáramos– éste no sólo se sigue gritando con singular entusiasmo en los estadios sino que se defiende a capa y espada como deberían defenderse la soberanía nacional o la seguridad alimentaria. Y eso es lo que resulta más sorprendente de toda esta anécdota.

La defensa irracional y absurda de un insulto, enaltecido a los grados de tradición y folclor (a pesar de su relativamente reciente llegada a los estadios), no tiene sentido a primera vista. Se ha dicho que el puto pambolero no se refiere tanto a los homosexuales ni a los afeminados –aunque sí, si lo que se intenta es distraer al rival para meterle una, hasta el fondo–, si acaso entonces se refiere a los cobardes, pero tampoco. No es para tanto, se dice, es más bien un grito primigenio. Y lo creo.

En efecto, la expresión que se defiende no se contrapone a “heterosexual”, “valiente”, “audaz” o “masculino”, así solos, sino a una expresión igualmente arraigada en el lenguaje nacional y tan polisémica como su opuesto: puto se opone a cabrón. Esta última, al contrario, es un orgullo nacional, ser cabrón es algo propio del mexicano que se advierte igual en las playeras para turistas que en algunas canciones (¡Viva México, cabrones!); es una característica temida, respetada, emulada en el imaginario y que abarca todo lo demás: se puede ser homosexual y cabrón; mujer y cabrona, así como se puede ser heterosexual, rico y poderoso pero puto.

Lo interesante entonces es más bien preguntarse qué valor se está dando a este opuesto. Un cabrón, según su definición figurativa, es un hombre que consiente el adulterio de su mujer (RAE, María Moliner), es desde un cornudo hasta prácticamente un rufián, un proxeneta. En un sentido más laxo, el cabrón es quien hace o dice algo que ofende o molesta a otra persona. Paradójicamente, otra acepción es la de aguantar cobardemente los agravios o impertinencias de que se es objeto. O sea que, en términos mexicanos llanos, un cabrón es aquel que se lleva y se aguanta.

Lo que quiero decir con todo esto es que la afición, al hacer catarsis en la tribuna, no está tanto insultando al portero, como sí en un acto de autoafirmación personal ¿qué por qué gritamos puto? Pues por cabrones, por molestar y por ofender. Así nada más. Es un grito de guerra que no tiene cabida en los estadios y que, por su fuerza, podría ser usado en otras situaciones. No está mal ser cabrón, pero sí hay que saber cuándo.

Por otro lado, la banalización de la palabra puto es un despropósito. La violencia de la que son objeto los homosexuales (LGBT) hace intolerable la ligereza con que se discute semejante mecanismo de discriminación; una cosa es la corrección política –que consiste en “aligerar” las etiquetas sociales de su carga discriminativa– y otra cosa es la acción afirmativa –que es el conjunto de políticas que busca revertir la discriminación y la exclusión–. El hecho que directivos, técnicos, comentaristas, formadores de opinión y funcionarios se queden en el primer nivel de la discusión, como si el problema fuera filológico y no social, es de lamentarse. Cualquiera que se encuentre en la capacidad de revertir la exclusión y el maltrato y el dolor humanos, que lo haga en lugar de hilar fino sobre la etimología de una palabra, sobre todo quien está en capacidad de diseñar o inferir en una política. Con el ingenio que caracteriza a los colectivos mexicanos, no dudo que podamos producir una lista, como el ejemplo sajón, de insultos no opresivos. Por eso vale la pena lo que arriba señalo. Porque yo he escuchado a mucha gente vanagloriarse del grito en tribuna, porque se sabe decente; son muchos los que ni son homofóbicos ni misóginos y piensan seguir gritando. No sean cabrones, nada más no griten puto.

 

 

* Alejandra Isibasi es Socióloga de origen, maestra incluso en estudios políticos y sociales, analista social y política desde hace casi veinte años. Editora, escritora y bloguera de tiempo completo. Actualmente soy editora de publicaciones académicas para la Ibero, el Colegio de Posgraduados y Centro (centro de diseño, cine y tv)