blogeditor · 4 de agosto de 2021
En los últimos dos meses se han desarrollado las competencias deportivas programadas inicialmente para 2020 y que fueron suspendidas a causa de la pandemia de COVID-19. Entre ellas, se encuentran las copas regionales de fútbol y, por supuesto, los Juegos Olímpicos. Ante esta exposición tan marcada hacia el deporte, consideramos que es un buen momento para reflexionar sobre las narrativas que se concentran alrededor de las personas migrantes y su relación con el deporte, así como las posibilidades de éste como forma de inclusión y desarrollo.
En principio, habrá que señalar que las competencias internacionales de cualquier disciplina deportiva parecen estar concebidas inicialmente para “medir” la capacidad deportiva de cada una de las naciones que participan. Así, es común que al ver estas competencias y hablarse de ellas se ponga por delante el llamado orgullo nacional, con el objeto de que el país propio sobresalga frente a los demás. Tal vez derivado de esta narrativa devenga una de las primeras cuestiones a discutir: las y los atletas que son naturalizados.
En efecto, ante noticias en donde se da a conocer que tal atleta es naturalizado y competirá por un país, al menos en México, las reacciones son variadas, pero sobresalen aquellas basadas en el rechazo. Así, no es raro escuchar, como sucedió con la reciente incorporación de Rogelio Funes Mori a la Selección Mexicana de fútbol, comentarios que decían “le quitaba el lugar a un mexicano” o que “la selección solo debería de jugar con personas nacidas en el país”.
Sin extenderlo mucho, estos comentarios no se alejan de la narrativa que se suscita con la llegada de personas migrantes al territorio que señalan, por ejemplo, “vienen a quitar el trabajo a los mexicanos”, sin que reconozcan la trascendencia y contribuciones que la migración aporta a todos los países. Siguiendo en el fútbol, puede servir de ejemplo señalar que la selección italiana que ganó la última edición de la Eurocopa contaba en su equipo con tres jugadores naturalizados, dos de los cuales fueron titulares en la final.
Ahora bien, esta narrativa tiene un reverso igualmente cuestionable, ya que se denuesta a aquellas personas que optan por participar en las competencias con otro país, en este caso, considerándolas como “traidoras”. Este caso se dio en la presente edición de los Juegos Olímpicos en donde tres atletas de origen mexicano competieron por otros países.
No obstante, frente a esta situación también hay ejemplos en donde el deporte sirve para visibilizar e incluir a las personas migrantes. Particularmente destacable es el Equipo de Atletas Refugiados que participa en los Juegos Olímpicos de Tokio, conformado a iniciativa del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados y del Comité Olímpico Internacional.
Este equipo participa por segunda ocasión en las olimpiadas y en esta ocasión está integrado por 29 atletas hombres y mujeres que por alguna situación tuvieron que huir de su país de origen y que encontraron en el deporte la forma de seguir adelante. La misma iniciativa se ha extendido a los Juegos Paralímpicos a desarrollarse, en los cuales participará un equipo de 6 personas refugiadas. Cada una de estas personas tiene una historia que contar y es útil para visibilizar una situación que afecta a más de 82 millones de personas en el mundo.1
Considero que todo lo anterior nos brinda un marco para repensar las concepciones que existen alrededor del deporte. En primer término, es necesario reconocer que en el deporte como en la vida misma, la migración es una constante y que forma parte de la naturaleza misma del intercambio cultural. Por ello, debería apoyarse el desarrollo de las personas que han tomado al deporte de alto rendimiento como forma de vida y brindarse el apoyo y respaldo con independencia de su lugar de origen.
Como segundo término, si la apuesta es la tan válidamente reclamada inversión en el deporte, dicha inversión debería enfocarse particularmente en generar estructuras, instalaciones y apoyos para aquellas personas que se encuentren en una situación de vulnerabilidad, dejando de lado la meritocracia que, contrario a generar desarrollo, mantiene estructuras de desigualdad vigentes. Así, el deporte se puede consolidar como una forma de integración de, por ejemplo, las personas migrantes, revalorizando sus capacidades y aportaciones, así como generar espacios comunitarios a través del deporte.
Finalmente, tal vez debería pensarse también en la concepción de las competencias deportivas, en las cuales, en lugar de una justa en la que se aprecie solo lo nacional, el objetivo sea la congregación, la unidad, la muestra del esfuerzo y el compañerismo. Un ejemplo de esto puede ser el que se mostró en la final de salto de altura masculino, en donde al empatar en el resultado del primer lugar Tamberi (italiano) y Barshim (qatarí), este preguntó “¿Puede haber dos oros?” y ante la respuesta afirmativa los atletas decidieron fundirse en un efusivo y emotivo abrazo que reconocía el compañerismo y el esfuerzo mutuo. Por esto creo que, si repensamos el deporte y la migración, en algún momento podrá haber más de dos oros.
* Gerardo Salinas Camarena es Abogado de Sin Fronteras IAP (@Sinfronteras_1).