El pueblo venezolano detrás de las ficciones de izquierda y derecha

Redacción Animal Político · 18 de agosto de 2024

El pueblo venezolano detrás de las ficciones de izquierda y derecha

Venezuela una vez más es noticia. Las elecciones presidenciales del 28 de julio detonaron nuevamente una oleada de protestas protagonizadas por venezolanos dentro y fuera del territorio y, a su vez, desató como respuesta una represión exponencial por parte del gobierno de Maduro, quien advirtió un “baño de sangre” si no ganaba.

Para dar pista, sólo en los dos primeros días postelectorales se documentaron 915 protestas ciudadanas en el país (Observatorio Venezolano de Conflictividad Social) y, dos semanas después, al 13 de agosto se han cometido al menos 1393 detenciones arbitrarias verificadas por la ONG Foro Penal, aunque se estiman que son muchas más, sumando a esto, también 24 asesinatos ocurridos en dicho contexto (Efecto Cocuyo).

“En América Latina, desde los tiempos de Augusto Pinochet, no se había dado una razzia represiva de tal magnitud como la corrida en Venezuela”, declaró Marino Alvarado, activista de Provea (Programa Venezolano de Educación Acción en Derechos Humanos), para  El País.

¿Qué personas están detenidas? No sólo dirigentes políticos de oposición, también ciudadanos por haber sido miembros de mesa en dichas elecciones, activistas, periodistas, manifestantes e incluso personas que simplemente estaban en zonas aledañas a las protestas.

Los cargos elegidos para acusarles son el terrorismo y la incitación al odio. Les califican de “fascistas”, “grupos de extrema derecha”, “traidores a la patria”, “escuálidos”, los motes que tradicionalmente se asignan en el discurso chavista a todo aquel que disienta o sea crítico de su gestión.

Se cuentan entre ellos 117 adolescentes, 17 personas con discapacidad, 14 indígenas y 177 mujeres (Foro Penal). Son hechos comprobados, reales, están siendo reportados por distintos medios y organizaciones los últimos días. Y aunque ha persistido la cobertura de la situación venezolana, sobreviviendo contra todo pronóstico al volumen de noticias, trends y conflictos que inundan las redes y los medios, sigue cierta confusión sobre el tema.

Las protestas masivas en Venezuela no son nuevas. Las últimas oleadas fueron en 2017 y 2019, pero ésta ha sido un punto culminante en la erosión de las bases de apoyo popular del chavismo que han resentido las carencias sociales y económicas de no tener garantizados derechos básicos como el de la alimentación, la salud, la seguridad, el acceso a una vida digna. Tampoco son novedad las violaciones a derechos humanos; el gobierno venezolano tiene abiertos varios expedientes por crímenes de lesa humanidad ante la Corte Penal Internacional (CPI) por prácticas que lleva a cabo desde hace mucho tiempo:

“El gobierno reconoció 455 casos de desaparición forzada registrados desde 2015, que en su mayoría no se habían resuelto”, como cita Amnistía Internacional, una de las organizaciones que ha denunciado la situación de Derechos Humanos en Venezuela. Las elecciones sólo son la punta del iceberg.

La tentación de la dicotomía

Y aún así, la ciudadanía de a pie sigue reaccionando ante la larga crisis sociopolítica y económica de dicho país con cierta dubitación y duda. No sólo por ser una realidad foránea, sino porque Venezuela se ha convertido en un personaje de las narrativas tanto de izquierda como de derecha, una especie de fetiche, y esto también se ha traducido en limitada cobertura periodística, en estigmatización y desinformación sobre la realidad venezolana.

En este punto, los hechos dejan de ser sólo hechos y se convierten en relatos. Entendiendo el relato como el mecanismo más efectivo de nuestro cerebro para hilar y traducir nuestro entorno. Bien lo explica Oscar Vilarroya, investigador y profesor de Neurociencias, en su libro “Somos lo que nos contamos” cuando acuña el término Homo Narrator, o dicho en palabras de la escritora Anaïs Nin: “no vemos las cosas como son, las vemos como somos nosotros”, lo que remite a la idea de que proyectamos en el otro nuestras ideas, tendencias y convicciones.

Nos contamos cosas sobre el mundo, sobre los otros, sobre nosotros… sobre la realidad y, sobre todo al tratarse de política, la tendencia del mundo actual  globalizado, digital y en crisis tiende a la radicalización, a historias de villanos y héroes que resultan convenientes y apasionantes, abundan: Chávez vs el imperio, Maduro vs María Corina / Edmundo, Estados Unidos vs Rusia, etc.

Las opiniones se suman a modo de  equipos, como una especie de alienación parental que exige fidelidad, que anula los argumentos opuestos y que relativiza la indignación. Una forma de traducir la realidad política que es popular pero que deja afuera muchos

Esto no hace más que profundizar la ya compleja situación del pueblo venezolano que está atrapado entre las narrativas de una radicalización que fue sembrada desde adentro en los orígenes de la era chavista y que, como primera consecuencia, dividió al país y profundizó el largo proceso de fractura del tejido social que ha evolucionado hasta la actualidad.

Basta ver, en recientes hechos, las casas de vecinos opositores en zonas populares grafiteadas con una X a modo de marca bíblica, posiblemente por colectivos chavistas o la app mediante la cual el gobierno instó a denunciar a los conocidos opositores. Son culminaciones del tono del discurso en el chavismo.

Fuera de sus fronteras, Venezuela se convirtió en un símbolo de izquierda que por muchos años fue incuestionable también; ser autocrítico significaba automáticamente ser “pro-yanqui”, sospechoso. Mientras que para las narrativas usadas por dirigentes de derecha la historia de Venezuela encarna al “coco”, esa premisa, ese cuento de terror que alecciona sobre el futuro.

Una de las preocupaciones más repetidas por la opinión pública es la del intervencionismo, la advertencia de que USA se pueda llevar el petróleo venezolano, pero la realidad es que a pesar de frases lapidarias como “Ayer el diablo estuvo aquí. Huele a azufre todavía” de Chávez en 2008, ante la Asamblea de las Naciones Unidas, y la retórica constante de “la guerra contra el imperio”, el país del norte nunca dejó de ser un socio comercial para Venezuela, incluido el sector energético.

Ni siquiera en los puntos más bajos de la relación con Maduro. Sólo en 2023 el intercambio comercial entre ambos países alcanzó los 6000 millones de dólares, según VenAmCham (Cámara Venezolana-Americana de comercio e industria). Sin contar con la paradoja de que las hijas de Chávez, María Gabriela y Rosinés, viven una vida millonaria en Nueva York y París, respectivamente.

También ha sido el gobierno de Maduro el que ha abierto la puerta para que se extienda la minería que ya está en zonas protegidas declaradas Patrimonio Natural de la Humanidad por la UNESCO y se ha consolidado la presencia de mineras canadienses en territorio venezolano.

Lo que nos recuerda la realpolitik o el término alemán utilizado en diplomacia para referirse al pragmatismo que tienen las acciones políticas, muchas veces más orientadas hacia objetivos de negocios o al servicio del poder que a la defensa de las ideologías. Un buen recordatorio de que los discursos funcionan muchas veces sólo en el plano simbólico.

Tampoco debería olvidarse que otras potencias como China y Rusia, con sus propios intereses y el lobby, han adquirido una influencia importante en Venezuela. Hay que tener presente que para 2019, por ejemplo, la petrolera rusa Rosneft  había “canalizado más de 17.000 millones de dólares en préstamos al régimen chavista durante la última década”, o  también que “en términos monetarios, la caída de Maduro podría significar pérdidas aún mayores para China, que tiene inversiones en Venezuela estimadas en alrededor de 60.000 millones de dólares, al menos tres veces más que la de Rusia”, como reseña El Tiempo.

Es difícil que se reporte o, si se hace, se narre sin minimizar o demonizar a los protestantes venezolanos en medios como RT (financiado por Rusia) o Telesur (con base en Venezuela y apoyo de los gobiernos de Nicaragua y Cuba). Los medios siempre tendrán una línea editorial, aunado a que vivimos en un mundo de redes con mucho contenido no verificado, anonimato y bots, lo que exige más que nunca que miremos y comparemos información con ojo crítico antes de hacer juicios.

El tema debería ser:  derechos humanos

El problema es que, en medio de las narrativas, de los personajes hechos leyenda, de las agendas políticas locales que capitalizan la historia “Venezuela” para bien o para mal, se encuentra el pueblo venezolano con una diáspora 7. 7 millones de personas migrantes y refugiadas en el mundo (más del 20% de la población).

“La actual situación en Venezuela representa el mayor éxodo en la historia reciente de la región y una de las mayores crisis de desplazados en el mundo”, de acuerdo con datos de ACNUR .

Mientras, internamente, la emergencia humanitaria ha sido la realidad de la sociedad venezolana por años. Human Right Watch cita con datos de la ONU que el país “ tiene la mayor prevalencia de subalimentación de Sudamérica” y que “en agosto de 2023, más del 72 % de las personas no podían acceder a lo servicio sanitarios públicos cuando lo necesitaban”.

Carencias severas respecto a acceso a la salud, alimentación, servicios básicos y un incremento en la no escolarización y deserción escolar son núcleo del panorama cotidiano. Para noviembre 2023, más del 70 % (20.1 millones) de la población en Venezuela “se encontraban en necesidad, con privaciones en una o varias áreas de acceso esencial para sus vidas, seguridad y bienestar” (HumVenezuela).

En principio, los Estados están obligados a respetar, proteger y hacer cumplir los derechos humanos de los ciudadanos y a considerar que estos derechos deberían ser inalienables, indivisibles e interdependientes, lo que significa que tendrían que ser universales y garantizados porque dependen unos de otros, pero la realidad es que ser venezolano en las últimas décadas ha significado partir de una realidad compleja en la que la mayoría no tiene las garantías para una vida digna y libre.

Los derechos humanos deberían ser valorados por encima de afiliaciones y preferencias por gobiernos, ideas o tendencias. La discusión sobre Venezuela tendría que considerarse primordialmente en estos términos.

Reapropiarse de la narrativa

Sin embargo, el problema comunicacional parte de origen de un bloqueo y criminalización de la prensa libre en Venezuela que ha desaparecido o ha tenido que reinventarse, y de la omisión de cifras y la constante propaganda del gobierno que minimiza y ridiculiza la disidencia. El esfuerzo de ejercer periodismo en esa nación es una misión que se dificulta año tras año. Desde la resistencia del oficio han nacido proyectos como la plataforma Efecto Cocuyo, como  Bus Tv con periodistas que se suben en buses a dar noticias offline o como la reciente iniciativa de Operación Retuit de una docena de medios independientes en conjunto, en la que los reportes de noticias postelectorales las narran avatares creados con inteligencia artificial como recurso final para que evitar el cerco de la censura y que se apresen a más periodistas.

También, con el tiempo, muchos ciudadanos han aprendido las claves del reporte ciudadano y cuando graban alguna situación citan la fecha y el lugar para evitar las campañas de desinformación. Desde la diáspora muchos creadores de contenidos y personas desde sus cuentas particulares no sólo han hecho eco de las noticias postelectorales como un intento de que no se olvide lo que ocurre en Venezuela, sino que también han grabado videos y comentarios para tomar voz activa en las narrativas sobre lo que ocurre en el país.

Todo este esfuerzo habla de resiliencia, de un intento de venezolanos por recuperar la narración de su propia historia, de generar la conciencia y la empatía de la opinión pública internacional sobre este tema. Este texto se suma a ello; como venezolana espero que mi voz y mi historia, como la de millones de congéneres, sea escuchada. Venezuela más que un relato, es un pueblo.

*Ida Vanesa Medina Padrón es estratega en LEXIA (@LexiaGlobal), autora de la columna digital “La Teoría del Todo”, en Milenio. Comunicadora Social  egresada de la UCAB- Venezuela, con experiencia en documentales audiovisuales, periodismo en medios, marketing y trabajo con asociaciones civiles.