blogeditor · 19 de septiembre de 2016
Por: Julio J. Copo Terrés (@juliocopo)
En cumplimiento de su mandato y en un gesto más bien romántico, pero claramente poco afortunado en tiempos, el 15 de septiembre el jefe de gobierno de la Ciudad de México presentó a la Asamblea Constituyente el proyecto de Constitución Política de la Ciudad de México, noticia que pasó prácticamente desapercibida en medios ante lo inminente y relevante de otros temas, como la marcha para la renuncia de Enrique Peña Nieto y la celebración del grito de la Independencia.
Reconozco que desde su inicio el proyecto hacia “la CDMX” ha estado plagado de críticas y desinterés, particularmente porque los ciudadanos vemos en él más un capricho político para convertir al Distrito Federal en la Ciudad de México, que el potencial en cuanto alcances de cristalizar en un documento fuente los temas jurídicos de mayor vanguardia y relevancia para nuestra ciudad. Reconozco también que entre ese grupo de disidencia y desinterés me encontraba yo hasta el mismo 15 de septiembre, cuando me di la oportunidad de leer la exposición de motivos del Proyecto de Constitución.
Es cierto, el proceso de selección para participar como “Constituyente” de la Ciudad de México se vivió más bien como una especie de hunger games, en el que vimos la rebatinga de intereses de toda clase de políticos -desde viejos dinosaurios hasta candidatos independientes- afanosos en comprar boleto a la historia e imprimir su nombre en un documento que pasará a la posteridad por cambiar para siempre el curso de la Ciudad de México (esperemos que para bien).
Mediáticamente, todo con respecto a esta propuesta ha sido motivo de escándalo y discordia. Que si Miguel Ángel Mancera nombró como asesores a Sopitas y Rulo, que si el costo de la propuesta es demasiado alto, que si el Gobierno Federal ve que la Ciudad de México “se le está saliendo del corral”, que si el Constituyente realmente nos representa, que se trata de una lucha de poderes, etcétera, etcétera, etcétera. No le resto mérito a nada de ello; reitero, hasta ayer, lo compartía plenamente. ¿Qué fue entonces lo que me hizo cambiar de opinión? ¿Por qué tomarse la molestia de sentarse a escribir de un tema que aparentemente no fue del interés de nadie?
Como abogado dedicado al derecho administrativo en México y al derecho internacional de los derechos humanos, considero que hasta el día de hoy no hay documento comparable en comprensión (de abarcar) y ambición para abordar los temas que nos preocupan como colectividad, no solo desde la ciudad, sino también frente al país, e incluso a nivel internacional. Personalmente veo un documento progresista, al ritmo de los tiempos (¡Posición que espero sea abiertamente debatida para por lo menos generar un diálogo!).
Es importante referir que el proyecto de Constitución no empieza de cero. El Constituyente no se va a sentar a redactar, sino a decidir si las propuestas contenidas en el documento presentado el 15 de septiembre son meritorias o no del proyecto de Ciudad al que aspiramos los capitalinos. Entre los redactores del Proyecto se encuentran mentes jurídicas privilegiadas, especialistas capaces que han dedicado su vida y su carrera a formarse en lo jurídico, pero también en lo público y en lo político; expertos en cada una de sus materias que abrevaron del anhelo colectivo por medio de foros, documentos, iniciativas y reuniones con organizaciones de todos los sectores de la sociedad, para redactar los 76 artículos y 21 artículos transitorios que se proponen como norma fundante para la Ciudad de México.
Lo sé, estamos hartos del ruido político, saturados de una sobreinformación oportuna y superficial derivada en gran medida de los abusos y descaros constantes de nuestra autoridad. ¡Pero esa es precisamente la razón por la que tenemos que ir hoy a la fuente! Tenemos el deber de leer la propuesta de Constitución porque de ella dependerá en gran medida la cristalización de nuestros afanes comunes y sociales, por lo menos, de las próximas décadas. Todo aquello por lo que estamos marchando hoy puede quedar o no plasmado en un nuevo sistema del que emanarán el resto de las normas para regular nuestra convivencia en la ciudad; hablamos nada más y nada menos que de un nuevo pacto social.
Por ello es que me encuentro absorto ante el silencio con respecto a este proyecto. Entiendo que el jueves fue día de fiesta y el viernes día de asueto, pero necesitamos fomentar la discusión constructiva de este documento. El viernes la única noticia relacionada que escuché fue la discusión bizantina entre Luis Cárdenas y Armando Ríos Piter, de si el promedio de edad del constituyente era o no de 80 años como argumentaba Gil Gamés en Milenio. ¿En serio? ¿Esa es la profundidad con la que queremos discutir un tema que alterará por siempre la trayectoria de nuestra ciudad?
Reitero, no se está cambiando una ley o un reglamento, se está proponiendo crear, desde la raíz, una nueva ficción jurídica que será el cimiento del resto del ordenamiento de nuestra ciudad.
El proyecto de Constitución presentado el pasado jueves para la CDMX en principio contempla, por referir algunas:
¿De verdad se trata de discutir la edad de los constituyentes (error que por cierto se debe, según entiendo, a no distinguir entre la mesa directiva de los constituyentes y el grupo de constituyentes en su integridad)?
¡Chilango, haz patria! ¿Quieres realmente incidir en el devenir social de México? Lee el proyecto de Constitución, aunque sea la exposición de motivos, y elevemos el debate a donde debe de estar… ¡pero léelo!
* Julio J. Copo Terrés es abogado por la Universidad Iberoamericana, Maestro en Derecho Internacional y Derechos Humanos por la Universidad de Notre Dame, candidato a Maestro en Derecho Administrativo por la Universidad Panamericana. Actualmente se desempeña como abogado de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.