Joel Aguirre · 4 de junio de 2026
Por Raúl Morales Castillo*
La pelota sí se mancha. En 1981, el futbolista mexicano Hugo Sánchez hacía su debut en un partido oficial de la Liga Española como jugador del Atlético de Madrid; este encuentro marcó el comienzo de la brillante carrera del mexicano en el futbol europeo.
El paso del futbolista por las canchas no solo estuvo marcado por la garantía de anotación que implicaba su presencia en el campo, sino también por actitudes racistas de parte de las aficiones y demás jugadores de la Liga.
Este caso es paradigmático en tanto nos permite hacer una reflexión; no importa cuánto talento tengas, cuando hablamos de racismo en el futbol, este suele ser impersonal y sistemático hacia cierto grupo en específico.
El racismo coloca en un lugar de poder manifestaciones de la identidad orientadas a ciertos fenotipos y prácticas coloniales; en este sentido, el desarrollo de este sistema de opresión implica una serie de mecanismos que vulneran a grupos que no cumplen con ciertas características físicas, geográficas y de origen.
Los estigmas y prejuicios que rodean a quienes juegan futbol en distintas ligas siguen siendo tema de conversación en la actualidad, desde las plataformas internacionales más visibilizadas, como la Liga de Campeones de Europa, pasando por los clubes profesionales de México, hasta llegar al llano, a la reta o a la cáscara, el racismo es sistemático y tiene consecuencias en la salud mental, así como en el tejido social.
Si bien la conversación del racismo ha tenido mucho revuelo en los últimos años, no es un tema nuevo. Los cánticos ofensivos a Lamine Jamal o Vini Jr. en la Liga, posturas islamofóbicas hacia ciertas selecciones de Asia Occidental en el marco del mundial varonil del 2026, así como conductas discriminatorias hacia familiares de futbolistas afrodescendientes en México, han dejado claro que estas manifestaciones no responden a casos aislados, sino más bien a un sistema donde la discriminación racial es habitual y pocas veces cuestionada.
Por ello, parte de las autoridades internacionales han desarrollado mecanismos para identificar y actuar una vez que el racismo se haga presente durante el juego. La seña que denuncia racismo implementada por el cuerpo arbitral es el punto de partida para el comienzo de un protocolo.
Este protocolo contempla que frente a estas conductas debe haber consecuencias, por ello también se contempla el inicio de investigaciones que busquen sancionar a quienes emitan comentarios o conductas discriminatorias durante un encuentro.
Dichas prácticas responden a la dimensión macro del racismo y cuentan con distintos alcances dentro de lo institucional. No obstante, los comentarios racistas no tienen sus orígenes en el futbol profesional e institucionalizado, más bien, parten de una cultura que los respalda y reproduce en distintos espacios.
Hacer frente a manifestaciones discriminatorias es reconocer que es en la vida cotidiana (a través de las narrativas que vemos en medios de comunicación y redes sociales, escuchamos en distintos espacios como en la familia, el trabajo y en la educación) donde los sistemas de opresión se refuerzan y nos afectan.
Hablar del proceso de desarrollo del racismo implica situarlo como uno de largo aliento, impersonal e histórico manifiesto en el día a día. Si bien es importante contar con dichos protocolos a nivel institucional, también vale la pena preguntarnos sobre el papel que juega la vida cotidiana cuando hablamos de la reproducción simbólica de la desigualdad.
Repensar nuestras prácticas cotidianas futbolísticas, como ver un partido o jugar una cáscara implica cuestionar qué tanto prejuicios y estigmas son puntos de partida al momento de participar, hablar, apoyar o consumir futbol. Es imprescindible tomar en cuenta que las causas antidiscriminatorias también van acompañadas de estrategias educativas encaminadas a la construcción de espacios donde la diversidad sea aceptada.
También es fundamental desaprender distintas conductas racistas que pueden llegar a ser justificadas por el calor del juego. Ningún comentario racista, lgbtfóbico o machista está justificado por ninguna pasión.
Mucho se dice que el futbol es un reflejo de la sociedad que lo contiene, que distintas manifestaciones culturales e identitarias también se muestran en el estadio, el llano o el campo. El futbol es un espacio simbólico, y cuando hablamos de dicho deporte no solo hablamos de habilidades técnicas, pases largos o metros recorridos por futbolistas: hablar de futbol es entender que, en este, al igual que en la mayoría de espacios de nuestra vida, se entretejen narrativas de poder y resistencia, de ahí que sea importante leerlo como un espacio en disputa.
Las manifestaciones del racismo en el futbol definitivamente tienen consecuencias, ya sea que nuestros equipos pierdan o que suspendan el partido por comentarios discriminatorios. También las hay a nivel micro, la mala jugada del racismo en el futbol implica frenar el camino de quienes desean patear un balón, atajar un penal o dar un pase porque así no debe ser o así siempre ha sido.
Uno de los aspectos más potentes y movilizadores del futbol va más allá del marcador, los títulos o los partidos profesionales. Es el correlato del futbol con la vida cotidiana el que nos permite explicar por qué seguir apoyando a quienes siempre pierden o nunca ganan.
En este también podemos encontrar un ímpetu por construir redes de apoyo basadas en la afinidad, así como un papel significativo en el desarrollo de la identidad de las personas. Entender la importancia de ciertas prácticas simbólicas que mucho tienen que ver con el goce, el apoyo y la pertenencia es el origen para desarrollar estrategias mediante las cuales se pueda cuestionar y combatir el racismo en clave de diferentes futboles.
El goce de la práctica futbolística en comunidad se torna en resistencia frente a la violencia que rodea a distintas realidades. Este es un argumento sólido para comenzar a construir e imaginar futboles en donde la diversidad siga siendo incluida y celebrada. ♦
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*Raúl Morales Castillo es asesor educativo del COPRED.