Protestas y happenings: nada personal, maestros

Redacción Animal Político · 8 de febrero de 2023

Protestas y happenings: nada personal, maestros

En el museo del Louvre, París, la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia y la Mona Lisa o Gioconda de Leonardo Da Vinci son puntos de concentración masiva para los visitantes, que se aglutinan a su alrededor celular en alto. En medio de tal devoción, ¿quién, aparte de André Breton, hubiera imaginado que alguien se disfrazaría de “viejita inofensiva” y entraría al museo en silla de ruedas, forzando su turno al frente en la sala donde, tras una vitrina, reposa la pintura más famosa del mundo, para… darle un pastelazo?

Como si eso no sonara suficientemente surrealista, el perpetrador culminó su acto arrojando rosas por la sala hasta que aparecieron los agentes de seguridad del museo. La pintura, obviamente, no resultó dañada, debido al vidrio antibalas que la resguarda. Después de su detención, sólo se supo que el hombre fue enviado a una evaluación psiquiátrica; la única información que tenemos para entender el suceso son las palabras que gritó mientras era escoltado fuera: fue un acto de protesta para llamar la atención sobre el cambio climático.

Este incidente, más propio de una caricatura de los Looney Tunes que de la vida real, tuvo lugar en mayo del año pasado. Meses después, en octubre, ocurrió algo muy parecido en la National Gallery de Londres: dos activistas de la organización ambientalista Just stop oil arrojaron el contenido de una lata de sopa de tomate a Los girasoles de Vincent Van Gogh, lienzo también escudado por un vidrio y que, por ende, salió igualmente intacto. Una diferencia importante es que en este caso el “atentado”, al ser planeado por todo un colectivo, fue acompañado de un manifiesto en redes sociales explicitando sus razones. A finales de ese mismo mes, la susodicha organización repitió el acto en la famosa Joven con arete de perla de Johannes Vermeer, también resguardada y por lo tanto impoluta ante las “pintas” que realizaron los activistas. Mientras tanto, en Alemania, otra organización reprodujo esta nueva forma de protesta lanzando puré de papa en otra pintura protegida, en este caso de Monet. Y así se ha seguido replicando.

Tales protestas han causado diversas reacciones, tanto de aprobación como de indignación o desaire (siendo quizás más abundantes las segundas, siguiendo la preferencia que últimamente parece tener la sociedad por las respuestas negativas); ha habido desde manifestaciones de solidaridad del propio medio artístico hasta escépticas y desprestigiantes acusaciones. En cualquier caso, dentro de las críticas menos viscerales, las principales parecen ser tres: que nada justifica semejante vandalismo hacia la cultura; que pinturas y pintores ninguna culpa tienen, y que dichas acciones no ayudan en nada. Mi intención aquí es invitar a una reflexión no superficial de los hechos y los mencionados argumentos.

En lo personal, estoy totalmente de acuerdo con que el vandalismo no es un medio correcto para hacer avanzar una causa (sobre todo porque suele ser contraproducente) y con que las riquezas artística y cultural deben ser protegidas. Sin embargo, en este caso es posible cuestionarse si en verdad estas acciones constituyen actos vandálicos y si en verdad se está atentando contra las obras en cuestión.

Para empezar, pienso que debe considerarse que hasta ahora se ha tratado de agresiones, si bien escandalosas, materialmente inocuas, salvo quizás por un par de desperfectos en los marcos. Tras el incidente de la Mona Lisa, mucha gente pareció dar por sentado que el atacante pretendía expresamente dañar la obra maestra, pero eso implicaría que ignoraba la existencia del cristal que la protege, cosa bastante improbable; por el contrario, lo lógico es suponer que sabía que la Gioconda saldría indemne. En el caso de Los girasoles tenemos certeza: si bien las activistas manifestaron en voz alta la dolorosa pregunta de “si importa más proteger una pintura o proteger la vida”, 1 la asociación aclaró en su comunicado que la pintura en sí misma “no tenía nada que ver con el cambio climático” y sólo fue escogida por su fama. Y, de nuevo, forzosamente sabían, y así lo dieron a entender en su sitio web, que la obra en sí quedaría intacta.

En resumen, el hecho de que hasta ahora se hayan escogido como blanco piezas que a todas luces iban a resultar ilesas sugiere que el objetivo no ha sido, en ningún caso, causar daños materiales, cuando esta intención es lo que define al vandalismo. Me parece razonable concluir que estos “happenings de protesta” son más bien simbólicos y buscan llamar la atención, lo que de hecho han logrado, ya sea poniendo a la gente a pensar o indignándola. Entonces, dado que la destrucción no ha sido parte ni de las intenciones ni de los resultados, hay bases para argumentar que estos actos no pueden considerarse “vandálicos” ni “atentados a la cultura”. El caso parece asemejarse al del movimiento contra los feminicidios en México, cuyas integrantes han recurrido a dejar pintas (lavables) en monumentos nacionales, en el entendido de que hay mucha diferencia entre hacer pintas temporales y, por ejemplo, quemar libros y banderas.

Ahora consideremos la afirmación de que este tipo de protestas no consiguen nada, y que los activistas deberían dedicarse exclusivamente a las acciones directas. Una vez más, dado que no se ha divulgado nada sobre el hombre que lanzó el pastel a la Gioconda, su caso está sumido en la oscuridad; en cambio, la organización Just stop oil fue bastante explícita: su intención era precisamente llamar la atención, con lo cual se hacen presentes en la conciencia colectiva y dan a conocer sus causas, irrumpiendo también, por cierto, en la ociosidad de quienes permanecen atentos a las tendencias de Internet, para recordarles que el reloj sigue su marcha. Además, el incidente no fue sólo un reclamo general sino que se produjo en un contexto específico: habían protestado durante semanas contra las intenciones del Parlamento inglés de dar nuevas licencias de extracción de petróleo.

Esto es de resaltarse: antes del así llamado atentado contra Los Girasoles, dicha organización estuvo abocándose a los medios habituales de protesta, a los que sus críticos dicen que deberían restringirse, pero evidentemente su esfuerzo fue en vano. El incidente del Van Gogh fue, pues, una acción extrema para hacer que la queja fuera escuchada por todos. El acto de públicamente arrojar comida a una pintura mundialmente famosa (que no salió dañada), para luego soltar a voz en cuello ciertas consignas está destinado a convertirse al instante en una escena “viral” difundida internacionalmente, garantizando la propagación del mensaje. En retrospectiva, la realidad pareciera darles la razón: desafortunadamente, sus supuestos ataques al arte han visibilizado las malas decisiones que combaten mucho más que las manifestaciones tradicionales. En ese sentido, los activistas podrían alegar que sí han logrado algo.

Así que quizás valga la pena preguntarse si es adecuado considerar estas protestas ataques vandálicos contra la cultura y si es verdad que no han logrado nada. Acaso no sea necesario traer a colación el debate de si “el fin justifica los medios”, dado que los medios no han causado auténticos daños. En cuanto a la idea de estarse desquitando con grandes pintores que no tienen culpa alguna, me parece ya bastante obvio que las protestas no tuvieron “nada personal” contra los artistas.

Ahora bien, también es razonable ponderar posibles imperfecciones. Es probable que este recurso se desgaste demasiado pronto, por ejemplo. Pero, sobre todo, se puede vislumbrar una “pendiente resbaladiza”: individuos hartos y resentidos por el negro futuro climático podrían acabar ejecutando actos similares, pero sin la especificidad y precaución mostradas hasta ahora; es decir, podrían atacarse obras de arte sin protección, únicamente para demostrar una frustración generalizada, lo cual sí constituiría azarosos atentados vandálicos contra la cultura.

En todo caso, considero que incluso quienes defendemos a capa y espada el poder iluminador y la necesidad del arte y la cultura debemos meditar con detalle antes de desdeñar este tipo de protestas. Sobre todo porque, aunque podemos argüir que de nada sirve que la especie sobreviva si pierde lo poco realmente valioso que ha hecho, es definitivamente cierto que de nada sirve conservarlo si al final no queda nadie para disfrutarlo.

* Rodrigo Ruiz Spitalier es Licenciado en Letras Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y actualmente trabaja en el área editorial del Programa Universitario de Bioética. También ha sido colaborador para varias revistas literarias digitales y es autor de la antología El gran traidor.

 

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1 Disgusta la injusticia que hay en la protección del arte cuando “una pintura está mejor asegurada que una persona”. Pero esto no debe interpretarse como desdén al cuidado de nuestros tesoros culturales, sino como un llamado a cuidar más debidamente de nuestros congéneres, lo cual no debería estar peleado con lo anterior. Llama la atención que, al hablar de estos eventos, museos y noticieros no dejan de mencionar el valor monetario de las obras en cuestión (de varios millones de dólares), cuando, si bien tal valuación podría ser necesaria para fines prácticos, su verdadero valor es el artístico: no importa por cuánto dinero esté asegurada una pintura; si se arruina más allá de todo remedio, se pierde para siempre.