Protestas en Sudáfrica: ¿por qué la violencia xenófoba se ha vuelto una constante?

Joel Aguirre · 7 de julio de 2026

Protestas en Sudáfrica: ¿por qué la violencia xenófoba se ha vuelto una constante?

Sudáfrica vivió una serie de protestas masivas en las últimas semanas. Miles de personas marcharon en Johannesburgo, Pretoria, Durban y otras ciudades para exigir la expulsión de los inmigrantes indocumentados. Convocadas por una coalición de organizaciones nacionalistas y antiinmigrantes, las movilizaciones fueron justificadas como una defensa de las comunidades locales frente a la migración irregular y a lo que sus organizadores consideran la incapacidad del Estado para aplicar la legislación migratoria. 

Sin embargo, más allá de la retórica nacionalista y del rechazo a la inmigración, las tensiones en Sudáfrica reflejan problemas estructurales mucho más profundos. La xenofobia constituye el síntoma visible de una crisis económica y social que se ha acumulado durante décadas y que trasciende el debate migratorio.

Como tal, las manifestaciones distaron de ser una simple protesta política. En los días previos a las marchas, alrededor de 25,000 extranjeros abandonaron Sudáfrica por temor a nuevos episodios de violencia xenófoba. Ante la creciente tensión, los gobiernos de Nigeria, Zimbabue, Ghana y Malawi activaron programas para facilitar la repatriación de cientos de sus ciudadanos. Paralelamente, las autoridades sudafricanas desplegaron más de 3,000 militares en apoyo a la policía para prevenir disturbios. Las movilizaciones dejaron cerca de 900 personas detenidas y, según los gobiernos de Nigeria y Ghana, también se registraron varias víctimas mortales.

Cabe mencionar que no es la primera vez que sucede algo así. La xenofobia se ha convertido en un patrón recurrente de la vida pública sudafricana desde el fin del apartheid en 1994. Uno de los episodios más graves ocurrió en 2008, cuando ataques coordinados contra inmigrantes se extendieron desde Johannesburgo, hacia otras provincias del país. El saldo fue de al menos 62 muertos, cientos de heridos y más de 100,000 desplazados, uno de los mayores pogromos antinmigrantes de la historia reciente de África.

Las protestas antiinmigrantes no son un movimiento nuevo en la sociedad sudafricana

Siete años después, en 2015, una nueva ola de violencia sacudió ciudades como Durban y Johannesburgo. Los ataques dejaron al menos siete muertos, miles de desplazados y obligaron a varios gobiernos africanos a repatriar a sus ciudadanos. De igual forma en 2019, una tercera oleada de disturbios volvió a golpear Johannesburgo y Pretoria, en donde comercios propiedad de extranjeros fueron saqueados e incendiados y al menos 12 personas murieron.

De esta forma, las protestas recientes no representan algo nuevo en la sociedad sudafricana, sino que son la expresión más reciente de un ciclo de violencia xenófoba que se ha repetido de forma intermitente durante las últimas dos décadas y que refleja una serie de problemas estructurales mucho más profundos que la propia migración. Al mismo tiempo, estos movimientos han sido favorecidos por una respuesta estatal ambigua que, mediante actos de omisión, una aplicación discrecional de la ley y un discurso político que en ocasiones valida parte de las demandas antinmigrantes, lo que ha contribuido a legitimar entre la población este tipo de movilizaciones.

Sería un error concluir que las protestas son simplemente una reacción al aumento de la migración. Esa explicación resulta insuficiente. En realidad, la xenofobia que atraviesa a Sudáfrica habla mucho menos de los inmigrantes que del agotamiento de un modelo de desarrollo que, pese a los avances políticos alcanzados desde 1994 con el fin del apartheid, no ha logrado satisfacer las expectativas de crecimiento, empleo y movilidad social de una gran parte importante de la población.

Si bien es cierto que Sudáfrica es una de las economías más desarrolladas del África subsahariana y esto lo ha convertido en un importante polo de atracción para trabajadores provenientes de países como Zimbabue, Mozambique, Malawi o la República Democrática del Congo, entre otros, los inmigrantes representan alrededor del 4 por ciento de la población nacional, una proporción que resulta insuficiente para explicar las tensiones actuales en Sudáfrica.

¿Por qué Sudáfrica está tan enojada con los extranjeros?

El problema de fondo es realmente económico. La hostilidad sudafricana contra los extranjeros y los inmigrantes no puede entenderse del todo sin considerar que el país vive un contexto caracterizado por un crecimiento económico insuficiente, un desempleo persistentemente elevado y una de las distribuciones del ingreso más desiguales del mundo.

Tras el fin del apartheid, Sudáfrica heredó una economía profundamente fragmentada. Si bien el nuevo régimen logró ampliar el acceso a servicios básicos como la electricidad, el agua potable y la educación para millones de personas históricamente excluidas, la transformación económica avanzó a un ritmo mucho más lento que la transformación política. La estructura productiva continuó concentrada en sectores intensivos en la capital, mientras que la creación de empleos formales fue incapaz de absorber a una población joven en constante crecimiento.

Como resultado, Sudáfrica mantiene desde hace años una de las tasas de desempleo más altas del mundo. El desempleo general ronda el 30 %, mientras que entre los jóvenes se encuentra por encima del 45 %, lo que refleja la dificultad de la población para incorporarse al mercado laboral. 

A ello se suma un crecimiento económico estancado, afectado por distintos factores como el aumento del costo de vida, la crisis energética derivada del deterioro de la empresa energética estatal Eskom, los problemas económicos y logísticos derivados del manejo de la red de puertos y ferrocarriles administrados por la paraestatal Transnet, a lo que se suma la potencial perdida de hasta 70,000 empleos por la escasez de gas natural en las cadenas de producción de la industria sudafricana. Todo esto ha limitado la capacidad del Estado para generar oportunidades económicas y mejorar las condiciones de vida de amplios sectores de la población.

Respuestas eficaces para políticas de raíz compleja

En este contexto, la inmigración se ha convertido en un tema políticamente sensible. Aunque los inmigrantes representan una proporción relativamente pequeña de la población, diversos movimientos nacionalistas como March and March,  Operation Dudula y la Alianza Patriótica han construido una narrativa basada en mitos que los responsabiliza del desempleo, la delincuencia y la presión sobre hospitales, escuelas y otros servicios públicos.

Esta explicación resulta políticamente eficaz porque ofrece un responsable visible para problemas cuya verdadera raíz es mucho más compleja. Las dificultades económicas, la incapacidad del Estado para combatir el desempleo y el aumento del costo de vida y la persistencia de la desigualdad son fenómenos estructurales que requieren reformas de largo plazo. 

En contraste, responsabilizar a los inmigrantes proporciona una respuesta inmediata al descontento social y permite canalizar la frustración hacia un grupo particularmente vulnerable. Las marchas antiinmigrantes de la semana pasada, por tanto, no constituyen únicamente una reacción frente a la migración irregular; son también el reflejo de un país que no ha logrado cumplir con la promesa de prosperidad e inclusión económica para una parte significativa de su población.