Gire · 21 de junio de 2012
Por: Omar Feliciano, Medios Digitales
“El cuerpo es una bisagra que articula lo social y lo psíquico” Marta Lamas
Para Andy y Sambuka
Usualmente se usa este espacio para denunciar las violaciones a los derechos reproductivos de las mujeres, para mostrar las contradicciones de las personas involucradas en la política o para narrar las desavenencias legislativas en relación con la autonomía reproductiva. En esta ocasión, voy a realizar un abordaje desde los estudios culturales, sobre el discurso de género, tecnología y la retórica del feto en que refleja la película Prometeo.
La introducción del psicoanálisis y de los estudios de género en la crítica cultural, ha contribuido a que las películas sean vistas tanto como síntomas de una cultura como dispositivos reproductores de un sistema de representación y reproducción del género. En las películas no sólo se representa al género, sino que se reproduce a través de la adopción de imágenes, sentencias y estilos que se vuelven parte de la cultura popular. Teresa de Laurentis, en su obra clásica Tecnologías del Género, realiza una crítica del concepto del género como diferencia sexual biológica, y la perpetuación de la diferenciación en términos de oposición macho/hembra. Para ella, quedaba fuera de la conceptualización del género la mediación del lenguaje y las representaciones culturales: la experiencia de un sujeto atravesado por relaciones de raza y clase. De ahí que, según De Laurentis, el sujeto del feminismo resulta no sólo dividido y plural sino incluso contradictorio y en constante tensión debido a las otras diferencias: idioma, nacionalidad, casta, color de piel, discapacidad, fertilidad, orientación sexual, etc.
De Laurentis desarrolla la idea de tecnología de género inspirada por el concepto tecnologías del sexo del filósofo Michael Foucault: donde el género no es una propiedad inmanente a la materialidad de los cuerpo sino una traza de efectos producidos en el cuerpo, los comportamientos y las relaciones sexuales a través del despliegue de una tecnología política. Los sermones, el confesionario, los programas de sexología, el diván del psicoanalista, los manuales de autoayuda, los programas de políticas públicas y las sentencias de las cortes forman parte de estas “tecnologías” que producen discursos sobre sexo y género. Producto y proceso, el género es moldeado y troquelado por una esta serie de aparatos, dispositivos sociales y prácticas específicas. En el caso de Teresa eligió hablar de una tecnología de género ligada a la modernidad: el cine.
El cine de ciencia ficción ha sido un territorio de reproducción y resistencia del imaginario masculino tradicional: Un ejemplo es Barbarella en donde la representación esterotípica de la mujer convive con panfletos de la revolución sexual de la época. Para analizar Prometeo es preciso hacer referencia la obra de Ridley Scott, director que igualmente nos ha entregado el horror espacial con innuendos sexuales de Alien y Bladerunner, adaptación del cuento “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”. Prometeo comparte elementos de ambas películas, los humanos de la nave Prometeo, al igual que los replicantes de Bladerunner se enfrascan en un viaje espacial para encontrarse con sus creadores, para preguntarse sobre la vida. Alien, al igual que Prometeo, está cargada de elementos sexuales, entre ellos, la angustia de sufrir una violación a los límites del cuerpo y que éste se convierta en una incubadora para otra especie alienígena. Es el miedo de convertir al cuerpo en un objeto de reproducción para cumplir con deseos ajenos.
[Precaución A continuación se revela parte de la trama de Prometeo]
Las escenas iniciales de Prometeo presentan los procesos de creación y reproducción del género. Se ve a un miembro de esta raza de gigantes, bautizados como ingenieros, beber un líquido negro que lo disuelve a nivel genético. Al caer este líquido al agua, se convierte en el material que da inicio a la vida. Poco importa si esto ocurre en la Tierra, este mito de creación alienígena prescinde de una pareja primordial y de la reproducción a través del coito. Vale la pena mencionar que estos ingenieros presentan un tipo masculino y nunca se ve en toda la película a una “ingeniera” lo que hace suponer que hay o un tipo de división sexual del trabajo o la superación de la reproducción sexual a través de la tecnología. La escena siguiente presenta a David, un androide que a través de la observación y repetición de la película Lawrence of Arabia adquiere un género más allá de la apariencia que le ha dado su creador y de lo que la programación le puede otorgar.
David obtiene una muestra del líquido negro en la primera exploración al planeta destino de la nave Prometeo e infecta a Dr. Holloway, jefe de la expedición. La única escena sexual de la película sirve para explicar que la Dra. Shawn, jefa de la expedición, es infértil, y para mostrar que entra en contacto con el líquido negro vía su compañero el Dr. Holloway. El destino de esta pareja primordial queda sellado por el envenenamiento realizado por el androide: Eventualmente el androide informa a la Dra. Shawn que está embarazada de un feto singular, es decir no humano, mutante, alienígeno o híbrido, no queda claro, lo cual provoca que la Dra Shawn confiese al androide que es estéril y por lo tanto dicho embarazo no puede ser sino irregular. Ante la propuesta de ser puesta en hibernación para preservar al producto, se rebela, rompe sus ataduras y acude a una cámara de intervención quirúrgica con inteligencia para practicarse un aborto. La inteligencia artificial se niega a practicar el aborto al alegar que es una tecnología diseñada para hombres, la respuesta de la doctora, entre dolor y agonía, es la de hackear el sistema, hacerle creer a la inteligencia artificial que su cuerpo es de un hombre y que tiene un cuerpo extraño en las entrañas. El resultado de la extracción es un alienígena similar a un molusco que queda atrapado y es rociado por un spray esterilizante y sellado en la cámara quirúrgica.
La escena es muy perturbadora y pude ver a un par de mujeres salirse del cine durante y después de la escena. De inmediato me hizo pensar en el libro Decoding Abortion Rhetoric sobre el uso de las imágenes de fetos como retórica provida y en los recientes debates sobre aborto terapéutico en Chile y Brasil. En el caso de Chile hicieron uso de imágenes de fetos anencefálicos como parte de la estrategia para incitar al debate en las redes sociales. En Brasil a través de documentales y de la frase: “Los úteros no son ataúdes” hicieron visible el horror de absolutizar la vida humana inviable por encima de las mujeres, de convertirlas en cápsulas de petri. En el campo de las batallas culturales, que eventualmente tiene su reflejo en los debates políticos y legislativos, se ponen en juego imágenes y afectos (sentimientos nacidos directo de la entrañas). A mí me queda una pregunta ¿Es posible un debate aséptico sobre los derechos reproductivos de las mujeres que deje fuera los afectos explorados por el terror reproductivo de Riddley Scott?