Crónicas del exilio presenta: prohibido decir que “Interstellar” es una mierda

Joel Aguirre · 24 de agosto de 2026

Crónicas del exilio presenta: prohibido decir que “Interstellar” es una mierda

Cuando llegué a España descubrí una consecuencia de la migración que nadie menciona cuando explica cómo empadronarse, conseguir una cita en extranjería o cómo mierdas es factible abrir una cuenta bancaria sin DNI: también se muda tu algoritmo.

En mis dulces años de orgullosa mexicana, YouTube había aprendido quién era yo: conocía mis obsesiones, malos hábitos, mis madrugadas desperdiciadas y esa sucesión inexplicable de decisiones que termina llevando a cualquier persona razonable desde una entrevista con un escritor beodo hasta un documental de cuarenta minutos sobre un señor que restaura una tostadora soviética al ritmo de cumbia.

Pero llegué a España y algo empezó a cambiar. Primero tímidamente y después con bastante entusiasmo, YouTube comenzó a ofrecerme españoles (wink-wink). Conforme fui aceptando sus sugerencias y adquiriendo nuevos gustos, aparecieron otros canales, otros códigos y acentos. Hasta que el algoritmo decidió que necesitaba dos murcianos en mi vida. Fer y Toni tienen un canal llamado Idiocracia, dedicado a hablar de cine, series, cómics y cultura pop con una saludable ausencia de reverencia. Dentro de ese pequeño universo existe Ferflix, sección en la que Fer practica una actividad que considero indispensable para conservar la salud mental: cagarse en el mal cine. Y que no se confunda con la tibia práctica de opinar educadamente que una película «no terminó de conectar conmigo». Ferflix pertenece a una tradición crítica bastante más noble y que nos une como cultura a los mexas con los hispanos: la tiradera. La demolición. La bilis, pues. Ese placer culpable de encontrarte ante una película o una serie que ha costado cantidades obscenas de dinero y dedicar una cantidad igualmente obscena de tiempo a preguntarte cómo carajos consiguieron hacerla tan jodidamente mal, y saber que la puedes destrozar a placer en compañía de otros que piensan exactamente como tú.

Destrozar una película es una manera de tomársela muy en serio

Así fue como descubrí a Fer destrozar Los anillos del poder, la infame aberración de Amazon que dispone de cientos de millones de dólares y que demuestra que montañas de billullo no necesariamente garantizan disponer de un buen guion. Y así, con el paso del tiempo, Ferflix se convirtió en una especie de cantina digital en la que se reúnen un grupo de amigos para despotricar en conjunto, toda vez que mis cómplices habituales se encuentran del otro lado del mundo. Todo aquel que siga esta columna desde su génesis sabe que despotricar en conjunto es importante.

Nos hemos acostumbrado a pensar que nuestra relación más legítima con la cultura es el entusiasmo. Ahora existen los temerarios fandoms, homenajes, colecciones, estrellas, recomendaciones, convenciones, camisetas, funkos y personas adultas dispuestas a discutir durante horas y días sobre el orden correcto para fumarse la franquicia Marvel. Pero me resisto a perder de foco que detestar una obra también es una relación cultural con ella y, a veces, una extraordinariamente intensa.

Hace falta prestar atención para explicar por qué algo no funciona. Hay que mirar el montaje, escuchar los diálogos, reconocer los lugares comunes, entender la estructura, detectar cuándo un personaje hace algo porque tiene sentido dentro de la historia y cuándo lo hace porque al guionista le faltaban veintisiete minutos de película. O cinco gramos de materia gris.

A veces destrozar una película es otra manera de tomársela muy en serio. Y entonces llegó la crítica a Interstellar. Fer y Toni sostienen que el guion de Interstellar es una mierda. Casualmente, yo también.

¿Qué hacen las personas con un clip de una película?

Comprendo que son tiempos aciagos para escupir en la obra de un director consagrado, ganador del premio de la Academia a mejor algo. Aunque suene banal, también es una afirmación capaz de provocar la ruptura inmediata de familias, amistades y alguna que otra relación sentimental. Christopher Nolan posee una de esas feligresías cinematográficas ante las que cuestionar una de sus películas requiere aproximadamente las mismas precauciones que entrar a una iglesia y sugerir que quizá el nazareno pudo haber resuelto mejor el tercer acto e irse a follar como conejo con María Magdalena.

Ferflix subió dos videos hablando de por qué piensa que Interstellar es una mierda y Warner los reclamó. Por supuesto que YouTube los bajó. Y aquí conviene hacer una precisión importante: no tengo elementos para afirmar que Warner haya decidido silenciar a Idiocracia porque a un murciano se le ocurrió decir que uno de sus productos era una mierda. De hecho, sospecho que la realidad es bastante menos cinematográfica. En un ejercicio opioide, me encantaría imaginar a un ejecutivo de Warner viendo Ferflix desde un despacho en Los Ángeles, poniéndose de pie indignado ante un insulto a Nolan y gritando:

—¡Acaben con esos murcianos!

Pero todos sabemos que con sueños de opio solo se pierde el autobús.

Se han programado algoritmos extraordinariamente sofisticados para reconocer las obras y su propiedad intelectual, pero bastante menos sofisticados para comprender qué hacemos los seres humanos con ellas. Un algoritmo es capaz de localizar unos segundos de una película dentro del océano de videos que se suben diariamente a internet. Puede identificar la obra. Puede identificar a su propietario y, por supuesto, puede activar mecanismos de reclamación. Lo que resulta mucho más difícil es responder una pregunta bastante elemental: ¿Qué está haciendo esa persona con esos segundos? ¿Está distribuyendo la película? ¿La está parodiando? ¿La está enseñando? ¿La está analizando? ¿Está utilizando una escena para demostrar por qué considera que un diálogo es ridículo?

¡Para analizar cine necesitas mostrar cine!

Porque existe un problema particularmente hermoso para quienes hacen crítica audiovisual: la evidencia del crítico pertenece al objeto de su crítica.

Un crítico literario, por ejemplo, puede citar un párrafo para demostrar por qué considera que está mal escrito, y para analizar cine necesitas mostrar cine, obviously. Si quieres hablar del montaje, necesitas mostrar el montaje. Si quieres señalar un diálogo absurdo, necesitamos escuchar el diálogo absurdo, por muy vomitivo que parezca. Si quieres explicar por qué una escena fracasa, resulta bastante útil que el público pueda verla. De lo contrario terminaremos haciendo crítica cinematográfica de una manera fascinante: «Hay una escena que demuestra perfectamente mi argumento. No puedo enseñársela. Créanme, goeis».

Lo curioso es que la industria audiovisual lleva décadas desesperada por conseguir exactamente lo contrario: que todo el puto mundo miremos. Nos enseña trailers, teasers, pósters, entrevistas, junkets, alfombras rojas, making-of, escenas exclusivas, reacciones, premieres y cualquier otra cosa que consiga instalar una película durante unos minutos adicionales en nuestra cabeza. Hasta mi tía Josefina sabe que Hollywood necesita conversación, porque la conversación también es parte del producto. Pero provocar una conversación va más allá de controlar lo que la conversación dice. Amazon puede gastar una fortuna en producir Los anillos del poder y dos tipos en Murcia pueden encender una cámara para preguntarse durante una hora cómo demonios consiguieron gastar tanto dinero en aquello y a quién hay que reclamar tremendo desaguisado.

Ambas tesis pertenecen al mismo ecosistema cultural porque, bien mirado, la segunda existe porque existe la primera. Y aquí creo que pasamos a identificar una distinción que quizá deberíamos empezar a tomarnos más en serio: Warner hace obras, Amazon hace obras y Nolan (why?) hace obras. Pero cuando Fer y Toni escriben, seleccionan fragmentos, construyen un argumento, interpretan frente a una cámara, editan y desarrollan durante años una manera reconocible e icónica de hablar de cine, solemos decir que Idiocracia produce «contenido».

¿Cuánto cuesta tener razón?

Como si una cosa perteneciera a la cultura y la otra fuera el material de relleno que introducimos entre dos anuncios; y permítame discrepar, señor juez, pero Ferflix también es una obra. Tiene autoría, lenguaje, montaje, recurrencias, audiencia y hasta una poética propia, aunque sospecho que Fer me mandaría sin titubeos a la mierda por utilizar la palabra poética para describirlo. La bilis es su dispositivo narrativo y sin bilis no hay paraíso. Y sé que a ustedes les importa un bledo, pero a mí me importa cuando desaparecen dos videos de un canal oligofrénico, porque se interviene el archivo de una voz. Quizá por eso me resulta difícil observar lo que está ocurriendo con Idiocracia como una simple disputa entre un canal y el millonario emporio propietario de una película.

Tampoco sé quién tiene jurídicamente razón en las reclamaciones sobre esos videos. Y no necesito fingir que lo sé para reconocer algo que me parece aún más preocupante: existe una asimetría monumental entre defender una propiedad cuando eres una corporación y defender una voz cuando eres una persona común sin una agencia de RP detrás.

Para una gran compañía, proteger derechos forma parte de la operación y, ante ello, no tengo objeción. Para un creador, discutir una reclamación puede significar horas de trabajo, apelaciones, incertidumbre, ingresos comprometidos, videos perdidos y la posibilidad de poner en riesgo una obra que tardó años en construir. Por eso quizá estoy formulando mal la pregunta cuando pregunto quién tiene razón. Obvio que yo siempre tengo la razón.

Pero en serio: ¿cuánto cuesta tener razón?

Porque no hace falta prohibirle a alguien que hable para conseguir que termine callándose. Interstellar sobrevivirá y Warner sobrevivirá.

Necesitamos hacer críticas con bilis y mala leche

Christopher Nolan, sospecho, conseguirá sobreponerse emocionalmente a descubrir que un murciano considera que un porcentaje de su catálogo es una mierda. Lo que no sé es cuántas voces pequeñas, extrañas, incómodas, divertidas, vulgares, obsesivas y originales pueden desaparecer después de concluir que seguir hablando ya no compensa el desgaste. Probablemente ustedes son muy jóvenes para recordar, pero esas son precisamente las voces que hicieron interesante internet.

Antes, para convertirte en crítico cultural necesitabas que alguien te cediera un espacio en un periódico, revista, radio, televisión. Internet hizo algo extraordinario: eliminó buena parte de esos intermediarios, para bien y para mal. Y permitió que años después una mexicana recién llegada a España terminara encontrándolos porque un algoritmo decidió que probablemente le gustaría escuchar a un señor de barba, acento castizo y pelucas insultando películas.

Por eso sé perfectamente qué perdería yo si un día Ferflix desaparece porque Fer decide que está harto de vivir y termina en una sección con consejos prácticos para cosechar berenjenas. Perdería uno de esos lugares absurdos que construimos en internet para compartir cosas que, vistas desde fuera, parecen completamente intrascendentes. Atesoro muy pocos espacios en ese hoyo pestilente llamado YouTube; por lo que encontrar un sitio para indignarme porque alguien escribió mal un personaje ficticio, poder comprobar que otra persona también vio aquella atrocidad, lo analiza con hilaridad, y saber que puedo ser feliz odiando sin sentirme sola, como loquita del centro entre mis pausas de trabajo, escritura y maternidad subrogada de tres perros, tiene para mí un valor difícil de explicar.

No sé qué va a pasar con Idiocracia, pero seguiré apoyando ese y más proyectos que se sumen a continuar la conversación acerca del mal cine, porque, así como existe el derecho a amar las películas, estudiarlas, discutirlas, malinterpretarlas, defenderlas con argumentos ridículos y destrozarlas con argumentos brillantes, por supuesto que también necesitamos hacer críticas con bilis y mala leche.

Hollywood lleva más de un siglo intentando conseguir que hablemos de sus películas. No puede sorprenderse si, de vez en cuando, alguien decide hacerlo sin pedir permiso.

Incluso si es para decir que Interstellar es una mierda y que nos cargue la ídem por infringir derechos de autor.

Y lo dicho: haz patria. Odia a Nolan.

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