blogeditor · 21 de septiembre de 2015
Los profesionales del conflicto tienen muchos apodos, algunos mejores que otros, pero se les reconoce fácilmente: no hay forma de darles gusto y nos lo hacen saber a la primera oportunidad —y a la segunda, y a la tercera. Cada paso que da la autoridad, la que sea, es sujeto de escarnio. No hay idea que no resulte ridícula, propuesta que no pueda ser enviada a la basura tal y como llegó, funcionario al que no se pueda denunciar por incompetente, corrupto o incompetente y corrupto. Y entre ellos, los vividores de tragedias como vanguardia leninista: no hay causa a la que se no puedan sumar al sonoro rugir de sus teclados y, si es logísticamente conveniente, tomando las calles con consignas viejas y nuevas, algunas recicladas, otras más bien ocurrentes. Destruyen, unos y otros, instituciones y reputaciones a golpe de memes, videos, columnas, tuits, peticiones en change.org, vigilias, fotos, audios, marchas, videos de celular.
Nunca fue tan fácil mentarle la madre al poder sin moverse de casa. Nunca fue tan difícil ser funcionario público. Nunca habían sido tantos y tan virulentos y organizados los críticos. Nunca habíamos tenido, pues, una mejor democracia.
[contextly_sidebar id=”bI7PvvWxCjBeitG2xgGDSVM15ZUCxrh4″]Debe decirse en voz alta para que lo entienda el que quiera y el que pueda: la crítica al poder, visceral o fundada, innovadora o setentera, es la democracia. El conflicto permanente es la democracia. El enojo, la frustración, el temor, el malestar, son la democracia. Nunca se ve mayor armonía, mayor consenso que cuando hay menos democracia. Son las dictaduras las que son expertas en producir masas de niños cantando, sin perder la nota, las loas del régimen. Son las dictaduras las que provocan —por un tiempo, en cualquier caso— la mayor e incuestionable lealtad al líder, el mayor optimismo sobre la dirección del país, la mayor armonía entre las élites y la plebe. Mientras más personas están de acuerdo sobre lo que se debe de hacer, de dientes para afuera o en las tinieblas de sus corazones, menos democracia existe.
La democracia es desordenada, caótica y francamente irritante. Exige que toleremos a completos imbéciles y dediquemos horas a refutar las idioteces que les tomó minutos expresar. Exige que respetemos a personas con las que no nos sentaríamos a comer en paz, a las que no invitaríamos a nuestras casas, a las que les escupiríamos en la calle si todavía se estilara eso. Y peor, exige que vivamos en la incertidumbre permanente: sin soluciones fáciles y obvias, sin edictos científicos incontrovertibles —nadie cree más en la contundencia de la ciencia que el que no la conoció ni en la primaria— ni soluciones elegantes de ingeniería social. Para quienes ven el mundo como un problema a resolver con el poder de sus sobrados intelectos, no hay peor cosa que la democracia. Para quienes viven convencidos de haber encontrado una verdad que no había encontrado nadie antes que ellos, la democracia es el infierno. Para quienes piensan que nunca pueden equivocarse, la democracia es la némesis que explica sus enormes fracasos y que los persigue hasta el final de sus días, dedicados a rumiar que todo hubiera funcionado perfectamente si tan sólo pudieran haber hecho las cosas a su manera, si no se les hubieran atravesado los que no comprendían el genio de sus grandes planes.
La democracia es también, por supuesto, caldo de cultivo de oportunistas de poca monta. Premia a los que pueden explotar la coyuntura, a los que miden el tiempo en el número de adversarios que pueden arruinar. La democracia celebra a los más carismáticos y hunde a los que se pretenden más reflexivos pero al final, simplemente resultan insoportablemente tediosos. La democracia no espera a que una idea se debata hasta la muerte. Como la fortuna, la democracia favorece a los atrevidos —incluso si son completamente idiotas— y hace un lado a los que pregonan cautela ante peligros reales o imaginarios. Incluso en sus mejores días, la democracia puede condenar a inocentes a muerte y entronizar sociópatas.
Y nada de eso importa. No en realidad. Quienes imaginan el mundo como un jardín ordenado a su gusto, quienes se lamentan de que el mundo no aclame junto con ellos el genio de sus amigos y patronos, olvidan que el paraíso de unos es el infierno de otros. Peor, en su ingenuidad ignoran que los muros que levantaron para escudarse de las críticas los convierten en un blanco más grande, más obvio. No entienden que en sus diatribas y sus lamentos se lee el temor profundo e ineludible que sienten de ser rebasados por los que no tienen tiempo ni paciencia ni ánimo de que les expliquen en 800 palabras o menos por qué deberían estar contentos y productivos, en lugar de molestos e inquietos. Encuentran la corriente en contra y maldicen al río, pero al río no podría importarle menos.
Es posible que los profesionales del conflicto, los vividores de tragedias sean tan oportunistas y tan peligrosos como declaran sus enemigos jurados, los grandes sacerdotes de la estabilidad y la confianza en las autoridades y en la suprema ciencia que nos está vedada al resto de los mortales. Sea. En realidad no importa. Mientras tengamos la oportunidad de elegir a nuestros propios pequeños y oportunistas tiranos y podamos derribarlos cuando cambiemos de opinión; mientras podamos denunciar a los héroes de otros y defender a los nuestros; mientras no haya un ganador permanente, inamovible, estaremos tan bien o tan mal como se puede estar en la vida real.
La fantasía de la democracia armoniosa y unida no es solamente ingenua: es muy peligrosa. Nunca un líder ha sido digno de toda la confianza. El recelo, el malestar, la indignación, los debates idiotas, inútiles e interminables son el precio que se paga por tener el derecho a tener una opinión y cambiarla cuando a uno le plazca. Al final del día, ser ciudadano es ser profesional del conflicto, aunque sea de medio tiempo, aunque sólo sea en su cuenta de twitter.