Procesando la tristeza de Ayotzinapa

blogeditor · 27 de noviembre de 2014

Procesando la tristeza de Ayotzinapa

Por: Xavier Treviño (@xtrevi)

Hay muchas cosas que me importan. Algunas son grandes y otras no tanto. Pero casi nunca la importancia es relativa al tamaño. Un beso es pequeño. ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto mide un recuerdo? Quizás lo que pasa es que algunas cosas encuentran su lugar en el universo y otras no tanto.

Entre las muchas de las cosas que pasan por este mundo hay algunas que parecen encontrar su lugar rápidamente y le dan sentido a muchas otras que andaban un poco perdidas. Una de ellas es la ejecución de los 43 estudiantes. Mi time line de twitter reafirma mi primera impresión. Y lo que pasa en estos casos es que se acomodan cosas.

Cada uno tiene su forma de entender el mundo y generalizar trae solo banalidades. A mi me llegó una sensación de abandono más allá de la rabia. No sé si esa sensación fue lo que sintieron los demás. Pero al menos fue algo parecido a lo que sentí yo. Un abandono blanco. Así de blanca como la tristeza. Ni para gritar me alcanzó. No fui a ninguna marcha y nada más me alcanzó para un tuit. Ni una palabra siquiera a mi mujer.

Sólo pensé en mi hija. No fue un pensamiento práctico de seguridad personal. Fue una auto evaluación instantánea del mundo que le estoy dejando.

Foto: Miguel Asa
Foto: Miguel Asa

 

 

 

Integrantes de la Red Nacional de Ciclismo Urbano (BICIRED) en solidaridad con las víctimas de Ayotzinapa. Más información aquí.

 

Cada uno enfrenta la vida como la entiende. Y yo la entiendo (al menos hasta donde tengo conciencia) en la calle, la movilidad urbana, el espacio público: ese maravilloso espacio entre edificios que hay en ese invento a su vez grandioso que son las ciudades.

Así que esa tristeza de los 43 estudiantes me llevó a su vez a esa mi pasión, a través del hilo conductor del casi nulo estado de derecho y la casi nula garantía de derechos que existe en mi país. Y vi a esos 43 estudiantes reflejados en los miles de muertos y heridos en “accidentes” de tránsito que parece que a nadie le importan, como si estuviera marcado en ellos ese destino al nacer.

También vi a las millones de madres y padres que tienen que luchar contra la ciudad para salir con sus hijos, para acompañarlos a la escuela, a la clínica o algún parque. Ciudades que no les dan a esos niños ni escuelas ni clínicas ni parques o que los envuelven en un entorno vial tan inaccesible que es como si no existieran para nadie. Como si desaparecieran. Vi a millones de personas con discapacidad que son orillados a la reclusión en sus casas por esa inaccesibilidad letal que nos parece tan normal.

No quiero parecer frívolo con esta aparente comparación. No comparo, proceso mi tristeza de forma que pueda dejar un mejor mundo del que recibí. Yo me siento corresponsable de la ejecución de esos 43 estudiantes. Los veo en cada coche estacionado en la banqueta, en cada intersección antipeatonal, en cada calle atestada de coches congestionados y voraces de espacio y aire, en cada peso gastado en pasos a desnivel, en cada peso no invertido en banquetas, transporte público, educación, salud, justicia, y en cada funcionario que omite aplicar la ley hasta en esas pequeñas cosas que parecen ser insignificantes.

Ese es mi sentir. Así veo mi aportación a este mundo. Y todavía no me he cansado.

 

@transeunteorg