Redacción Animal Político · 23 de agosto de 2023
“La heroína presenta dolores, depresiones, dolores sociales, morales, rechazos familiares. La heroína en mí ha surgido de esta manera, pero también ha sido un medicamento en estos veinticinco años usándola. Si no la hubiese usado, tal vez estuviese muerto. No la uso para andar de maloso, de ratero o algo. No. La uso para que me dé ese incentivo (porque vienen los traumas), que me quite ese dolor, ese vacío, que me quite todo ese malestar. Me da esa fuerza para seguir adelante y seguir como un payaso con la careta de risa y atrás de esa careta de la heroína viene la tristeza. La soledad es bonita, sabiéndola tratar, yo necesito ayuda, no psiquiátrica, necesito despojarme de todo, olvidarme de todo y tomar un nuevo aire, ya estoy harto de esto, ya estoy viejo, me siento cansado, le he dado duro a la vida”.
Testimonio de usuario (38 años)
Quisiera dar comienzo al ensayo compartiendo una de las frases que Antonio Escohotado nos regala en su libro Historia de las drogas. Esta frase nos muestra la posibilidad de entender el mundo de las drogas desde un lugar de complejidad, es decir, donde se promueve la conjunción y no la disyunción. Es provocativa su metáfora y, a la vez, permite que el lector reflexione y se pregunte si es que han existido otras concepciones o son las actuales las únicas posibles. Dice:
“Desde la antigüedad, los griegos definieron el concepto de phármakon que indica ‘remedio y veneno’. No una cosa u otra, sino las dos inseparables. Cura y amenaza se solicitan recíprocamente en este orden de cosas. Unos fármacos serán más tóxicos y otros menos, pero ninguno será sustancia inocua o mera ponzoña. […] Hablar de fármacos buenos y malos era para un pagano tan insólito, desde luego, como hablar de amaneceres culpables y amaneceres inocentes”.
El epígrafe, testimonio de un usuario de “chiva”, de alguna manera sustenta lo que Escohotado describe anteriormente. Es decir, la chiva –phármakon– ha sido la cura y el veneno para este hombre de 38 años que ha pasado la mayoría de su vida usando la sustancia, cuqueando la chiva. Anestesiando los traumas y el dolor.
Las distintas formas de relación que tenemos con las drogas y sus usos son complejas, multidimensionales y multicausales. Por ello es indispensable saber que para poder entender el fenómeno en su complejidad hay que considerar que éste se relaciona necesariamente con el narcotráfico, la crisis de valores, la miseria económica, la injusticia social, la discriminación, el racismo, la historia, la cultura, la migración, el tiempo, el espacio, el COVID-19 y muchos otros factores más.
El consumo de las llamadas “drogas”, ya sea medicinalmente o por mero placer, se presenta en otras especies animales. Lo particular en el homo sapiens demens es que “entra en juego un elemento que va a ser determinante en la codificación social de tipos y modos de consumo: la cultura”.
Escohotado (1999) menciona que es indudable que los valores mantenidos en cada sociedad y con su historia particular, han influido en las ideas que se han formado y se tienen acerca de la droga y de su consumo. Se les ha considerado fantásticas por su poder para afectar el ánimo del ser humano al potenciar momentáneamente la serenidad, la energía y la percepción, permitiendo así, reducir del mismo modo la aflicción, la apatía y la rutina psíquica. Y, por otro lado, se ha interpretado el consumo de drogas como una forma de pecado, que hoy en día en algunas culturas se le ha definido como “delito”.
La concepción del consumo como una conducta desviada, dice Licón: “tiene que ver con la administración y poder sobre los cuerpos de los individuos, específicamente sobre los placeres y sobre la percepción y el ánimo”.
El mismo Escohotado describe claramente el lugar que han ocupado, en las últimas décadas, quienes vulneran las reglas impuestas socioculturalmente y desde el bio-poder, es decir, quienes consumen drogas ilegales, donde se les incluye en la banda de los enfermos mentales, los pecadores y los delincuentes.
Pienso que las diversas formas de relacionarnos con las drogas son por demás complejas. Donde en efecto, los componentes socioeconómicos y políticos han tenido y tienen un gran peso en el auge de los usos problemáticos que se han visto en los últimos años. El estrés, el trauma y el dolor son factores que se entrelazan y asocian con el contexto que, a su vez, depende de múltiples factores que lo crean y definen. Los sujetos que vivimos en una cultura en la que se ha normalizado la violencia, su identificación y denuncia es profundamente dolorosa. Hemos sido poco enseñados a reconocer nuestras emociones y a validarlas, así como a utilizarlas como herramientas protectoras y necesarias.
Vivimos en una sociedad donde privan los pensamientos disyuntivos y no conjuntivos, es decir, explicamos lo que sucede en nuestro mundo aceptando “algo” y descartando lo “otro”, en vez de poder pensar que ese “algo” y ese “otro” –aunque contradictorios–, coexisten.
Entendiendo que “el problema” NO son las drogas sino la utilización que el homo sapiens demens ha venido haciendo de ellas, es decir, desde las posturas ideológicas, socioculturales, desde el biopoder, donde el “problema de la droga” no es sólo un problema de salud, sino de poder, de control.
Quienes pensamos desde la perspectiva de reducción de riesgos y daños, cuestionamos la imposición del paradigma prohibicionista de los usos de sustancias, que es pilar de la mirada moralista y punitiva que impera en la guerra contra las drogas. Como bien dice Gabor Maté, en realidad no es contra las drogas sino más bien contra de los usuarios, de los más vulnerables y castigados dentro de este sistema.
Como psicóloga, terapeuta familiar sistémica, especialista en la atención psicoterapéutica de las personas que presentan algún uso problemático de sustancias, concuerdo con Paulo Egenau, en que “El modelo de (psicoterapia de) reducción de daños abraza los más tradicionales principios psicoterapéuticos de aceptación incondicional y empatía. Para muchos, el uso de drogas es un intento de autocuidado que revela la intención de hacer frente a vidas cargadas de dolor; promueve la participación de los afectados en el establecimiento de los objetivos y metas del tratamiento; descansa en una concepción ética respetuosa de los derechos individuales; ofrece una amplia gama de alternativas para ayudar a las personas a resolver sus problemas; rechaza la presunción de que la abstinencia es la única meta aceptable en los tratamientos, y se acerca a las personas para brindar apoyo desde donde ellas se encuentran”.
Quienes pensamos desde la perspectiva de reducción de riesgos y daños afirmamos el pragmatismo, entendiendo que esta corriente filosófica considera que “lo bueno es lo que da resultados positivos y sirve a los intereses de individuos, grupos o sociedades (y se concentra) sólo en las consecuencias prácticas de las decisiones, sin importar los debates ideológicos sobre el fondo de la decisión”.
También nos aproximamos desde la compasión y la aceptación del derecho total de las personas usuarias de sustancias a decidir. Desde el modelo de reducción de daños y riesgos, la persona usuaria de sustancias es conceptualizada como un ser humano (des-etiquetado, des-estigmatizado) que tiene derecho a un trato equitativo e igualitario y, por ende, tiene derecho a ser entendido y atendido siempre respetando los derechos humanos.
Las personas que sufren de algún trastorno por uso de sustancias tienen derecho a tomar decisiones en función de su cuerpo, del posible tratamiento a seguir (incluyendo o no la abstinencia como objetivo terapéutico). Las personas tienen derecho a ser atendidas aunque no estén preparadas o listas para tomar la decisión de reducir el consumo o de abstenerse. Por esta misma razón, las personas que están en situación de calle que “cuquean la chiva” y la inyectan en su cuerpo para “curarse”, tienen derecho a que el Estado las atienda e implemente políticas de salud. Sin embargo, las asociaciones civiles como Prevencasa, Verter y Programa Compañeros son las que han tenido que proveer de estos servicios porque el Estado no ha querido invertir en ellos.
Para concluir, quisiera cerrar con la frase de Michelle Bachelet, quien fuese Alta Comisionada Adjunta de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos: “… en un mundo que debe ser más inclusivo y donde nadie debería quedarse atrás, a las personas que usan drogas no se las deja atrás. Se las deja fuera”.
* Yael Maya Rosemberg es participante del curso “Estrategias de reducción de riesgos y daños frente a sustancias. Un diálogo con América Latina”, impartido por Angélica Ospina-Escobar / Programa de Política de Drogas (PPD), del 3 de febrero al 18 de marzo de 2023.
Referencias:
Comisión Global de Políticas de Drogas (2018). Regulación: el control responsable de las drogas.
Escobar-Picasso, E. et al (2010). “Principales corrientes filosóficas en bioética”, medigraphic.com.mx.
Escohotado, A. (1999). Historia general de las drogas, España, Espasa.
Fleiz, C. et al. (2019). Cuqueando la chiva: contextos del consumo de heroína en la frontera norte de México, México, Frontera Norte de México. Editores Buena Onda, S.A. de C.V, Ciudad de México.
International Drug Policy Consortium (2018). Balance de una década de políticas de drogas: informe sombra de la sociedad civil. Printech Europe.
International Centre on Human Rights and Drug Policy, UNAIDS, WHO, United Nations Development Programme (2019). Directrices internacionales sobre derechos humanos y políticas de drogas.
Ospina-Escobar, A. (2017). “¿Para cuándo habrá programas de reducción de daños por consumo de drogas en México?”, Nexos, México.
Tatarsky, A. (2002). Psicoterapia de reducción del daño, Jason Aronson Inc., EUA.