Príncipe y Príncipe

blogeditor · 4 de mayo de 2020

Príncipe y Príncipe

Mi familia es muy heterosexual. Ni un primo gay, ni un primo “they” ni una sobrina lesbiana. Nadie trans. Ni siquiera creo que haya alguien en el clóset. De niña escuché a algunos tíos referirse a quienes eran afeminados como “el maricón ése”, con un dejo de burla o desprecio, y a las niñas se nos decía: “No te sientes así que pareces marimacho”. Había sin embargo un señor adorable, compadre de mis tíos, cálido, amoroso, que nunca olvidaba un cumpleaños, que tenía más de cuarenta, era muy católico, muy femenino y aún vivía con su mamá. Con él, la familia aplicó la misma que los mexicanos aplicaron durante años con Juan Gabriel: hacer como que nadie se daba cuenta. Solo era soltero.

Mi primer contacto con un hombre abiertamente homosexual fue un lujo histórico. No solo era una persona encantadora y con un talento fuera de este mundo sino que era además- lo supe después- un ícono del movimiento gay y contracultura de México en los ochentas. Fue mi primer maestro de canto. Se llamaba Mario Rivas y era el vocalista del grupo MCC (Música y contracultura). Yo tenía 13 años y francamente no encontraba en Mario nada que ameritara burlarse de él o despreciarlo. Todo lo contrario. Era un gran tipo, un excelente maestro, respetuoso de los alumnos, y cantaba como un ángel. Nunca me cruzó por la cabeza que yo tuviera derecho a opinar nada sobre su vida privada. Y así, teniendo mi propia experiencia, fue que fui formando mi criterio, que no se parecía al de mis tíos, que solo tenían prejuicios.

Años más tarde me hice muy amiga de una chava divertidísima que mi familia hubiera descrito como “marimacho”. Realmente era muy masculina. También era generosa, culta, solidaria, buena hija, etc… Aunque mi mamá no lo expresó abiertamente, me di cuenta que le incomodaba esa amistad mía. Sobre todo porque yo la adoraba y me quedaba a dormir en su casa.

No le debo explicaciones a nadie y si me gustaran las mujeres lo gritaría a los cuatro vientos. Pero no. Porque no se pega. Si no está en tu naturaleza, nadie te convierte en homosexual o lesbiana. Así como ninguna terapia de conversión puede volverte heterosexual si no lo eres.

En estos días se armó un zafarrancho en redes sociales porque la Secretaría de Cultura presentó entre sus proyectos de “Contigo en la distancia” la obra infantil “Príncipe y Príncipe”. Voces llenas de prejuicios, que no habían visto la obra y el solo título les hizo mostrar el cobre, se dejaron ir como hilo de media:

¡¡¡Con los niños no!!!

Quiero decirles a esas personas que si su niño o niña tiene naturalmente una preferencia por las personas de su mismo género, eso no lo define el teatro, y no va a haber poder humano, ni divino, que cambie esa realidad. Lo que sí hay, por supuesto, son formas de hacerles daño a sus hijos obligándolos a vivir escondidos, sintiendo que son una basura, que decepcionaron a sus padres por sentir y ser algo que no pueden evitar. El error principal es creer que uno puede controlar los deseos, impulsos y decisiones vitales de sus hijos. No. Uno puede amarlos, enseñarles –sobre todo con el ejemplo- lo que uno considera bueno o malo, darles herramientas para tomar sus propias decisiones, hablarles sobre sexualidad con lenguaje sencillo y adecuado para las distintas edades, y soltarlos. Ninguna obra de teatro, por buena que sea, va a cambiar la educación de sus hijos ni su orientación sexual. Lo que sí puede pasar con el buen teatro es que sus hijos se vuelvan menos prejuiciosos, más respetuosos, más tolerantes con las diferencias y por lo tanto, mejores personas .

Y si se diera el caso de que algún niño, antes de ver la obra, se sintiera más atraído por los príncipes que por las princesas, lo único que le pasaría al ver la función es que se daría cuenta de que eso no cambia en nada su valor como persona y que tiene el mismo derecho que cualquiera a ser amado y feliz.

Si su preocupación es Dios, les suplico que recuerden las barbaridades que la Iglesia ha hecho en su nombre. Han quemado gente viva basándose en interpretaciones de las Sagradas Escrituras con el único afán de controlar, asustar, dominar y seguir sacándole dinero a los fieles. ¿De verdad creen que un padre amoroso va a mandar a sus hijos al infierno por amarse? ¡Si el infierno ya está más saturado que los hospitales mexicanos! ¡Hay tanta gente malvada! Tantas basuras humanas –mucho de ellos miembros de las iglesias o de las propias familias- que abusan de menores. Eso tampoco tiene que ver con la orientación sexual sino con la podredumbre del alma. La gente que odia es la que hace cosas horribles, no la gente que ama.

Termino diciéndoles que Príncipe y Príncipe es una obra de teatro realmente bonita. Que cuando se monte de nuevo vayan a verla. Que ningún niño sale traumado ni le ponen inyecciones de “ideología de género”. Solo se van a reír mucho, las niñas se van a reconocer en una princesa que quiere viajar y no solamente casarse. Entenderán con simpleza que a algunos príncipes les gustan otros príncipes, y lo mejor de todo: van a ver cómo la reina supera sus prejuicios por amor a su hijo.

@tiare_scanda