blogeditor · 28 de abril de 2021
El confinamiento provocado por la pandemia de coronavirus ha restringido la libertad de movimiento buscando el bien común como objetivo principal, como comenta la doctora Victoria Camps, Catedrática Emérita de Ética de la Universidad de Barcelona. Se están dando situaciones que requieren una mirada desde la ética, como el conflicto de intereses individuales frente a la protección de la salud colectiva; el principio bioético de justicia es la base para las decisiones públicas en el manejo sanitario de la actual crisis a nivel mundial. Las implicaciones que conlleva el insólito hecho del encierro, además de la de limitar la movilidad de las personas, también han ocasionado el desarrollo de un sentimiento de preocupación por padecer o contraer alguna enfermedad grave.
El confinamiento conlleva una serie de restricciones severas a la población, suprimiendo los derechos establecidos en la Declaración de los Derechos Humanos de la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948, como lo señala el doctor Luis Azpurua, entre los que se encuentran el derecho al trabajo, a la socialización, a la educación o al libre tránsito. Estas restricciones, aunadas a las consecuencias psicológicas ocasionadas por el encierro, han ocasionado un importante aumento en los niveles de estrés y preocupación. En un estudio sobre las consecuencias psicológicas de la COVID-19 y el confinamiento, el 67.9 % de los encuestados informaron sentirse preocupados por contraer una enfermedad grave; concretamente, un 28.5 % habían experimentado un gran incremento en esta preocupación.
Más del 38 % de las personas sentimos preocupación, según un estudio llevado a cabo por Davey Graham, Frank Tallis y Nicola Capuzzo en 1996. Pero si el porcentaje se ha elevado durante la pandemia, es importante distinguir entre la preocupación adaptativa y la preocupación desadaptativa o excesiva.
Según un artículo publicado en la Revista Interamericana de Psicología, (Interamerican Journal of Psychology), un estudio cualitativo sobre las preocupaciones vinculadas con la COVID-19 obtuvo las siguientes conclusiones: la preocupación por la salud propia es una respuesta que se repite en la mayoría de los entrevistados; la ansiedad es una de las principales reacciones psicológicas ante la cuarentena, relacionada tanto con la enfermedad como con el posible contagio, así como la limitación en el tiempo de movilización; los encuestados también se preocupan por la salud de los familiares y por el ámbito económico, respecto al cual existe incertidumbre ya que se han cerrado fuentes de trabajo y se ha reducido el salario a los empleados en algunas empresas. Todo esto se ha visto reflejado en los hábitos alimenticios y del sueño, así como en los tiempos de ocio. El impacto psicológico de la cuarentena puede incluir sintomatología de insomnio, irritabilidad, ansiedad, angustia y sensación de pérdida de la libertad.
En la declaración de Barcelona y los nuevos principios de la Bioética, la doctora Luisella Battaglia menciona que una de las categorías más significativas es la vulnerabilidad, definida como la susceptibilidad a ser herido. En esta época de pandemia, gran parte de la población se encuentra en una situación de debilidad y fragilidad, momentos en los que existe una percepción de estar expuesto al riesgo de contraer el virus.
Así las cosas, en este confinamiento ocasionado por la pandemia es importante discriminar el grado de preocupación que estamos sintiendo, definir la utilidad de ésta o en su caso descubrir si se está convirtiendo en un problema que requiere atención especializada.
La preocupación es una respuesta relativamente normal ante situaciones hipotéticas, tiene un componente de anticipación que surge en el intento de evitar sucesos negativos o dañinos, y se centra en las posibles circunstancias futuras y no en la acción, debido a que el peligro no está presente; entonces, puede ocasionar un bloqueo de la conducta, o una huída y evasión anticipadas. En algunas ocasiones la preocupación se vuelve excesiva y buscamos evitar cualquier inconveniente o dificultad, bloqueando un adecuado ajuste psicológico ante una realidad próxima; cuando la preocupación es desproporcionada puede incrementar el malestar emocional, convirtiéndose en la principal causa del problema.
La preocupación adaptativa nos hace enfocarnos en la acción y se basa en algo concreto que reclama nuestra atención y prioridad, nos lleva a ocuparnos de los aspectos necesarios para enfrentar la posible situación, preparándonos con anticipación, sobre todo en lo que se puede controlar. En la preocupación desadaptativa, en cambio, la intensidad de la respuesta ante un escenario posible está desbordada, y uno se enfoca en aspectos ante los cuales no tenemos el control, ocasionando mayores efectos negativos sobre la persona que el propio evento angustioso: se convierte en la amenaza principal. Las emociones tienen una función adaptativa; la preocupación excesiva o desadaptativa deja de ser útil para la autoconservación, e incluso puede resultar contraproducente, ya que ocasiona sufrimiento y activa reacciones emocionales displacenteras cuando en realidad no existe un motivo real y presente para ello.
Algunos consejos para regular la preocupación excesiva pueden ser: centrarnos en las circunstancias que sí podemos controlar; no evadir nuestras reacciones emocionales; ampliar la perspectiva de la situación; y no pensar sólo en el peor escenario. Las emociones displacenteras tienen una función adaptativa, por lo que una vez superadas nos darán autoconfianza.
* Adriana Ramos de Miguel es fundadora de Capacitación y Bienestar, licenciada en Pedagogía y maestra en Educación. Está certificada como coach sistémico por la European Menotring and Coaching Council, y como Qualified Learning Facilitator por la École Hôtelière de Lausanne, Suiza. Actualmente está a cargo de procesos de capacitación, coaching y asesoría en la implementación de programas de mentoring a empresas y líderes a nivel nacional en diferentes ámbitos laborales.