Preferir la cárcel que la libertad

Redacción Animal Político · 19 de octubre de 2022

Mitzy tiene 34 años de edad, creció en Chiapas en una familia de escasos recursos. Desde que era niña, su madre y padre la impulsaron para que se mudara a la Ciudad de México en busca de una mejor vida. Estudió hasta tercero de secundaria, después tuvo que abandonar la escuela porque sus padres ya no pudieron pagar su educación, y como muchas otras historias de nuestras jóvenes, se vio obligada a dejar los estudios por salir a buscar trabajo y aportar a la economía familiar.

A los 17 años y muy ilusionada por encontrar una mejor vida, Mitzi llega a la Ciudad de México donde una amiga le consigue trabajo de mesera en un restaurante. Al principio todo iba bien, pero después la comenzaron a obligar a trabajar doble turno por el mismo sueldo. Había semanas enteras que trabajaba turnos de 20 horas sin descanso. Desde luego Mitzi comenzó a fallar en el trabajo porque estaba muy cansada y débil, apenas dormía y comía, pero no lo podía dejar, era la única oportunidad que tenía para obtener un ingreso con el que vivir y apoyar a su familia.

Un día, su amiga le ofrece cocaína para el cansancio. Mitzi la probó y se dio cuenta que efectivamente rendía mucho más, y podía aguantar muchas horas trabajando. Al poco tiempo se convirtió en una adicción, pero ya no le alcanzó para seguir consumiendo cocaína. Comenzó a consumir lo que sea que estuviera a su alcance: mariguana, piedra, cristal, o cualquier solvente químico que le alivianara el cansancio y el hambre.

Mitzi comenzó con brotes psicóticos, ataques de pánico, y fuertes depresiones. Así fue como la conocimos en el penal de Barrientos, donde ni siquiera recuerda cómo llegó. No sabía qué había pasado, solo sabía que había consumido de más, y que de pronto estaba en una patrulla, y posteriormente privada de su libertad.

Pero el cómo llegó a la cárcel no es ni siquiera la parte más triste de su historia, lo que realmente debe alarmarnos es que Mitzi, cuando faltaban semanas para que compurgara su pena y saliera libre, comenzó a sufrir de graves ataques de ansiedad porque no quería salir de la cárcel.

No quería salir, no porque estuviera en un lugar cómodo o pacífico, sino porque el simple hecho de salir libre y pensar en enfrentarse al mundo sola, sin una red de apoyo, sin un ingreso económico, le provocaba un pánico paralizante. Mitzi le rogaba a la directora del penal que la dejara quedarse más tiempo.

Le rogaba que al menos no la sacara en sábado, porque en fines de semana no trabajaba La Cana y que sin nosotras no tenía a nadie más. No tenía siquiera un cambio de ropa, mucho menos tenía dónde dormir o qué comer.

La historia de Mitzi me rompe el corazón porque pienso, ¿qué tan sola y desamparada debe sentirse una mujer para preferir la cárcel que la libertad? Todo en su historia está mal. Alguien que desde niña se ve obligada a abandonar sus estudios para salir a trabajar, únicamente conseguir un trabajo donde la explotan y la orillan a una adicción por la que termina en prisión, donde vive en terribles condiciones y no se le brinda ningún apoyo para superar su adicción. Una niña vulnerable que vino en busca de mejor vida, pero lejos de brindarle oportunidades para superarse, la criminalizamos y sentenciamos a que la calle y la cárcel sean su mejor opción de vida. Como sociedad, le hemos fallado de tantas maneras a Mitzi, que debería darnos vergüenza.

El desenlace de la historia de Mitzi, aunque lleno de retos, hasta ahora ha sido uno esperanzador. El día que salió de la cárcel la recibimos en La Cana con los brazos abiertos y le pedimos su comida favorita para comer, le conseguimos un lugar donde dormir y un trabajo digno. Pero desde luego esta no es la historia de las más de 87 mil personas que salen de prisión al año. 1

La gran mayoría de los estados no cuentan con programas de reinserción social o atención post-penitenciaria. La gente sale de la cárcel después de décadas, sin ningún tipo de apoyo, y esperamos que mágicamente consigan un empleo, regresen con sus familias, y sean personas productivas para la sociedad. En este contexto, no debe sorprendernos que 1 de cada 5 personas regresen a prisión nuevamente por el mismo u otro delito. 2

El trabajar por la reinserción social de las personas privadas y ex privadas de la libertad, no debe limitarse al trabajo de unas cuántas organizaciones de la sociedad civil. La reinserción social debe ser un eje fundamental en las políticas sociales de los estados. De lo contrario, seguiremos contando historias de delincuencia, reincidencia, y vidas rotas. Y seguiremos fallándole a las miles de mujeres y hombres que salen en búsqueda de una mejor vida.

* Daniela Ancira (@daniancira) es abogada. Maestra en Derechos Humanos y Democracia por @FlacsoMx. Cofundadora de @lacanamx.

 

 

1 (INEGI) Censo Nacional de Sistema Penitenciario Federal y Estatales 2022, disponible aquí.

2 (INEGI) Encuesta Nacional de Población Privada de la Libertad 2021, disponible aquí.