Lady Mossad · 13 de mayo de 2011
Para mi abuela mexicana y muerta hace unos meses,
que por ella nos venimos a meter a este yonke*.
Postal 1.
El camino del tren ligero que atraviesa San Diego siempre me evoca a las repercusiones de la teoría de Heckcher-Ohlin-Samuelson, del cómo la disparidad entre ambas naciones va allanando el camino hasta hacerlas converger.
Hay un vox populli fronterizo que reza: sabes que te vas acercando a México porque las casas se empiezan a ver madreadas. Y es verdad, el tramo hacia el sur luego de pasar el centro de San Diego que concentra algunos “barrios chicanos”, empiezan a tomar su propio colorido, una abismal disonancia con el resto de las edificaciones que se ven hacia el norte. Lo interesante del recorrido desde la parte norte hasta la parte sur es como la línea va desdibujándose por sí misma de un modo paulatino que te va mostrando los distintos rostros de una realidad que se abre más cruda cada vez. Desde el tren se pueden ver muchos patios traseros con naranjos o limoneros rodeados de acumulación, de desechos guardados: “es mi patio yo guardo lo que quiero, porqué lo voy a tirar si son cosas viejitas pero están buenas, nomás les hace falta una limpiada lo puedo vender en el swap meet”.
Cuando uno cruzaba caminando la frontera de San Ysidro a Tijuana había -hasta hace unos meses- que atravesar un puente que conectaba las dos avenidas principales de San Ysidro. Este puente era en realidad un pasaje a través de todas las oficinas de distintas dependencias fronterizas; por la parte superior uno veía tras los ventanales las oficinas de las agencias estadounidenses trabajar como lo que era, burócratas: reían, hacían papeleo, se perdían a la distancia en sus computadoras y casi se contaba una cafetera por cada escritorio y una estancia afuera para salir a fumar; pero que ni se le ocurriera a las señoras detenerse a agarrar un segundo aire con el montón de bolsas de la compra semanal, porque por altavoces la seguridad del puente indicaba que ahí no te podías detener; y si no podías agarrar aire, menos hacer otras cosas. El sobresalto de la gente sorprendida por las cámaras y los altavoces, deja en la mente la sensación de que aunque fuera a unos pasos de México las –muchas- reglas del “american way of living” nos seguían hasta llegar abajo y alcanzar las puertas de salida.
Abajo del puente se alcanzaba a distinguir el cruce vehicular de norte a sur y de sur a norte, la inspección secundaria norteamericana, la aduana mexicana y ya casi llegando a la rampa para bajar a la salida a México se abría a la distancia una Tijuana llena casitas encajadas entre los cerros que lucen como en obra negra luego de venir contemplando el espectáculo anterior desde el tren.
Hablo en pasado porque este puente está en reconstrucción junto con toda la infraestructura de oficinas y controles internos, la necesidad de más espacio y de mayor seguridad tienen a la zona en un proceso de reedificación que va a involucrar a ambos países y por varios años. Sé cómo pretenden que luzca San Ysidro, han indicado fechas y tienen una maqueta, el proyecto del lado de Tijuana, (ejem), pues por ahí va saliendo…
Postal 2.
Al bajar el puente lo primero que uno se topa son inspectores de ICE y agentes de la patrulla fronteriza, la banqueta camino a la salida tiene dibujada todas las Misiones de las Californias, como un esfuerzo de remitir a la idea de que alguna vez California fue solo una. Poca gente se detiene a reparar en que uno camina sobre las misiones hacia el sur, por lo regular poca gente se detiene a nada porque entre los agente de la ICE, las compras, ir arrastrando infantes de edad escolar o los pies del cansancio luego del trabajo e incluso todo junto, poco te dan pocas ganas de ir contemplando el piso.
Entonces llegas a unas puertas giratorias de tipo rehilete: oxidadas, ruidosas, pesadas y tan poco prácticas para cuando van las doñitas hasta la madre de compras y de chiquillos, obligan a pasar uno por uno, forzando con todo el cuerpo el camino de regreso o el camino de ingreso. Esa es la primer impresión, un sonido seco y constante como de rejas que se abren o se cierran, según se vea o se sienta. He visto las imágenes más tristes entorno a esa puerta, antes era usual ver familias por ambos lados “visitándose” a través de la reja, el rostro de la miseria humana desde todos sus ángulos, el dolor plasmado en los ojos de los hijos sin sus padres, de padres sin sus hijos que son arrastrados de regreso a una jaula o a otra; dije antes, ahora el reforzamiento de seguridad no les permite que se acerquen tanto.
Si traspasas esa puerta no hay vuelta atrás a menos que se dé toda la vuelta hacia el lado opuesto de la garita, un mundo se abre, dar dos pasos y se empieza a reconocer Yonkeland, con sus carritos de mandado robados de algún centro comercial o diablitos adaptados con cajas para “ayudar” por dos o tres dólares a las señoras hasta el camión o el estacionamiento, esto es una forma de vida, los cargadores están sindicalizados y ¡ay! del que se meta en la zona sin gafete del sindicato.
Si voltea a su lado derecho, incluso sin dar paso luego de la puerta, la escena es más triste aún; el sueño frustrado se plasma en el rostro de un sinnúmero de paisanos que haciendo fila contra la pared, van de uno por uno dando sus datos al Instituto Nacional de Migración, los bajan indistintamente: indocumentados que cruzaron en busca de una vida mejor y delicuentes que estaban purgando alguna pena en Estados Unidos y luego son deportados porque pierden todos sus derechos de estancia legal.
¿Cómo se pueden distinguir? Porque los ex convictos vienen vestidos con camiseta blanca, pantalón de mezclilla azul oscuro y muchas veces en chanclas o tenis blancos, con una bolsita de plástico donde guardan sus pertenencias. A veces cargan cosas que traen acumulando de las “vacaciones” y no las quieren tirar; pero llegando aquí, por puro instinto, se dan cuenta que es mejor salir de ellas, venderlas para segunda mano. Se desconoce la cifra exacta de ex convictos que se han deportado a México desde las cárceles de Estados Unidos, pero entre 2005 y 2008, se sabe que han entrado más de 38000 sólo por Tijuana. El INAMI es bastante receloso en soltar esa información, aún cuando existen evidencias de que gran parte de los ex convictos de cárceles de Estados Unidos terminan en México siendo reclutas del crimen organizado. Los indocumentados, eso por lo regular no traen nada, si acaso los zapatos llenos de lodo y los sueños rotos.
El camino indica que hay otra puerta de salida, en realidad son dos, una en cada extremo, so pretexto de desahogar el tráfico peatonal pero antes tiene que pasar por el semáforo de aduana y la caseta de inspección militar. De ser honesta, a quienes pasan a presionar al semáforo o son requisados por el ejército son personas con maletas, quienes llevan muchas bolsas y las chicas con minifalda.
En ese trayecto que separa una puerta de entrada a la zona de aduana y la puerta de salida a Tijuana, fácilmente puede encontrar gente que le vendía el boleto diario del tren ligero en San Ysidro por dos dólares (cuesta cinco y tuvieron que cambiar el sistema de boletaje por la reventa sobretodo en la línea); gente que vende golosinas, terrenos para invertir en quintas de la chingada casi dando la vuelta a la ciudad y seguro ni drenaje tienen, una oficina turística que siempre parece estar cerrada con su perenne: bienvenido paisano, y un montón de mendigos pidiendo para alguna necesidad… El carácter del vivir en la metáfora del yonque se hace presente desde ahí, los que vienen caminando traen dólares o algo que les sobre y puedan regalar…
Postal 3.
La segunda puerta giratoria nos lleva a otro golpe de realidad, dicen los que cruzan que saben que han llegado a Tijuana por el olor fétido mezclado con el humo del asador de los tacos, sí es verdad, apesta y la gente se detiene a comer ahí, con avidez o desesperación de sentir “comida mexicana real”, y no chingaderas del Taco Bell.
La cosa no para, una vez pasada la puerta se te acercan a venderte de todo, desde mexican curious hasta fundas para celulares, hay una línea entera de farmacias de descuento que alguna vez tuvieron mejores días antes de la regulación de las recetas y un mundo de taxis que cobran desde un dólar hasta lo que les dé la gana por sacarte de ahí, sin faltar un McDonalds a la mecsicana.
Esa zona siempre me ha parecido como un agujero negro o dimensión desconocida; hay bares, tiendas, farmacias, médicos, hospitales, casas de cambio, agencias aduanales, carritos con tortitas de nata y verdura en bolsita, no sé, lo que se venda, hasta perfumes piratas.
Salir de ese hormiguero para pasar a otro, al de la ciudad que marcha en pleno, moverte a otros escenarios y por donde vas pasando la ciudad flota entre ambulantaje de segunda mano y gente sin mucho oficio que está esperando fugarse o hacerse de una vida mediocre mientras logra ir a algún lado, una vida prestada para luego encontrar su camino. Muchas veces esa vida no llega a ningún lado, complace vivir aquí, así, en la suspensión sobre lo que es no es ni de ellos ni suyo, que no es nuevo, no es desecho, no es del todo reciclado.
Cuando salgo a hacer jogging por las tardes o cuando voy a hacer compras al mercado, las voces se mezclan en mi cabeza lo mismo que los idiomas. En este lugar hasta el repartidor de agua me platica en inglés sus aventuras en los campos o los empleados del municipio que repavimentan las calles son ese montón de hombres repatriados que deambulaban sin qué hacer, alguna vez obreros de la construcción en Estados Unidos o ex convictos, todos empleando la estructura de organización laboral que aprendieron una vez y aquí los “capataces” no entienden, no saben poner orden; lo que aún no descubro es porqué les quedan las calles tan mal parchadas. Esa es otra vocacion del yonque, su infinito parchado de calles, colección de retazos para hacer de la vida un algo medianamente transitable.
Ahora tengo muchos vecinos afroamericanos y caucásicos que vinieron a dar aquí luego de la recesión, muchos ciudadanos estadounidenses de segunda o tercera clase, los que no alcanzan a pagar con su cheque mensual una renta en San Diego o vienen buscando un lugar donde puedan disfrutar de sus adicciones sin tantas reglas, a veces pienso que tanta alerta de no visitar México porque el narcotráfico lo ha vuelto peligroso no es que ahuyentó al turismo como se dice, sino más bien mutó el carácter del turismo. Nos hemos llenado de turismo indeseable, de adictos que para la sociedad norteamericana ya no son funcionales, sus rednecks que viven de la asistencia, sus desechos tóxicos.
Hasta hace unos meses, seis para ser exacta, que dejé casa y empleo para venirme a meter a este lugar, apostando por vivir el 99% de humanidad que los libros no me van a enseñar, mierda idealista o romanticismo pedorro, no lo sé, pero cada que veo estrellarse una puerta que se me cierra como diciendo este no es tu lugar, la sensación de inadecuación, de frustración, de saberme capaz de tantas cosas y no encontrar un lugar para mí, donde me sienta útil, productiva y me dé un sustento, de haber observado que aquí las cosas suceden no para vivir sino para sobrevivir, que nada está hecho y parecen no tener ganas de hacerlo, que en las pancartas de sus marchas nos ponen una flecha indicando el camino de regreso, que no nos bajan de pendejos porque la forma de vida que conocemos simplemente obedece a otra estructura o a una estructura; y sobretodo mucho más allá de todos los líos burocráticos en los que estoy metida, cada mañana que abro los ojos y me siento como el ratón vaquero me repito que las hojas que se caen nunca vuelven a los árboles, a lo mejor recicladas sirven como abono… y yo misma me encuentro que atrapada en otra postal de Yonkeland.
Epílogo.
*Yonke refiere a lo que en castellano llaman deshuesadero o lugar donde encuentras partes para carros viejos y chatarra. Viene del verbo junk en inglés, pero en los barrios pochos un yonke más que deshuesadero refiere a desechos. Ejemplo: mueve tu yonke de mi yarda, que se entiende como: quita tu basura de mi jardín. La palabra yonke describe mucho la vocación patio trasero mexicana. Así con todas sus letras: YONKE, es hacer de los desechos del vecino los hechos propios, una forma de reciclaje constante.