blogeditor · 11 de enero de 2021
¿A cuántas personas conoce usted que creen que existe en México eso que la teoría, las leyes y el discurso político llaman Estado democrático de derecho? No me refiero a esas personas que dicen creer en él para quedar bien con las y los amigos o con los grandes auditorios. Me refiero a cuántas personas tienen la auténtica convicción de que eso existe o puede existir en este país.
No sé si así ha sido siempre, pero estoy seguro de que hoy vivimos en una enraizada simulación colectiva. Decimos que existe coherencia entre las normas y las prácticas, pero en la inmensa mayoría de la convivencia cotidiana uno y otro plano están divorciados. Explicado desde la perspectiva de Antanas Mockus -exalcalde de Bogotá-, está rota la relación entre la moral (auto regulación), la cultura (regulación colectiva informal) y la ley (regulación colectiva formal). Así vivimos, creando discursos formales que ordenan una cosa y construyendo prácticas que enseñan otra. Somos personas y colectivos disociados.
Solo que en la simulación han venido ganando algunas personas y perdiendo muchas. Las prácticas dominantes han concentrado más y más poder político y económico en los menos y han excluido a la inmensa mayoría. El asunto se pone más complicado al comprobar que hemos creado un modelo de convivencia que desiguala de todas las maneras posibles, más allá de las abismales diferencias entre ricos y pobres.
Lo que hace diez años llamé la insoportable igualdad es un sistema de convivencia en el que se reproducen sin límite las desigualdades hasta en lo más banal, como hacer fila para esperar un turno. Tenemos un conflicto moral y cultural con la igualdad ante cualquier cosa y lo que hacemos en las prácticas es crear desigualdades que funcionan como oportunidades para que una persona o grupo se coloque por encima o por delante de otro. Así he entendido a la corrupción, como una oportunidad aprovechada en los ámbitos público y privado; la corrupción es una práctica disponible para el acceso a beneficios micros, medios y macros, por eso la censura a ella es pálida, precisamente porque es mucho más usada como una oportunidad y mucho menos entendida como un problema.
Así que todo el discurso formal, por ejemplo, el de la democracia, el Estado de derecho y los derechos humanos, cae por tierra en el terreno de las prácticas; reitero, lo que nos iguala no nos significa tanto como lo que nos desiguala. Calle por calle, esquina por esquina, en cada transacción, en todos lados y por todas partes si se asoma la oportunidad, entonces habrá una renegociación privada de las reglas formales que arrojará beneficios precisamente porque, en lugar de creerse en las leyes, se cree en la disponibilidad de la oportunidad para transaccionar en paralelo a ellas o incluso aprovechando la rentabilidad producto de las prohibiciones.
La impunidad parece ser una de las más evidentes consecuencias del dominio de las prácticas sobre las leyes. En medio de una crisis de violencia homicida, el homicidio intencional alcanza casi el noventa por ciento de impunidad nacional promedio. El nuestro es un país donde las normas prohíben matar y las prácticas lo autorizan.
En México y en muchos otros lugares del mundo, acaso el gran saldo estructural de todo esto es el vaciamiento de la confianza en todo aquello que representa un acuerdo formal que en realidad hace que ganen pocas personas y pierdan muchas. Descrédito que recae también sobre el conocimiento disciplinar experto asociado a la construcción de ese sistema político y económico hegemónico.
La mayoría piensa que la sociedad está rota, la economía beneficia a las personas ricas y poderosas, “a los partidos políticos y a los políticos tradicionales no les importa una persona como yo” y “las personas expertas no entienden la vida de personas como yo”.
Y la pregunta más inquietante es qué sigue. Si la promesa de la democracia, el Estado de derecho y los derechos humanos no prenden ni un cerillo, entonces hay espacio para que otra promesa, la que sea, merezca tracción social. Parece que las promesas más creíbles son las que logran vincularse mejor al descontento, independientemente de lo que ofrezcan.
La ventaja política la tiene quien mejor sabe sacar provecho del descontento y la desconfianza y tiene asegurado el fracaso quien es asociado con la promesa fallida del pasado.
Ya no se cree en nada y a la vez se puede creer en lo que sea. Algunos le llaman posdemocracia.