El portafolio energético que Washington está armando sin preguntarle a México

Joel Aguirre · 31 de agosto de 2026

El portafolio energético que Washington está armando sin preguntarle a México

Donald Trump lo llamó “el mayor acuerdo petrolero de la historia”. La frase suena a hipérbole, pero las cifras obligan a tomarla en serio: una participación operativa estadounidense anunciada de 55 % en la nueva estructura, 17 campos petroleros, cerca de 100,000 millones de dólares de inversión prevista y derechos sobre activos que concentran más de 65,000 millones de barriles de reservas probadas. Venezuela dice que el acuerdo tendrá una duración de 25 años. Muchos detalles jurídicos y operativos siguen sin conocerse.

Leído literalmente, es un acuerdo petrolero. Leído estratégicamente, es otra cosa: Washington está construyendo un portafolio hemisférico de seguridad energética, y lo hace bajo presión real, no teórica. La gasolina promedio en Estados Unidos ronda los 4.09 dólares por galón, casi 30 % más que hace un año, mientras el conflicto con Irán mantiene bajo presión las rutas energéticas de Medio Oriente.

Trump anunció además que parte del petróleo venezolano servirá para rellenar la Reserva Estratégica de Petróleo, que ronda los 290 millones de barriles, su nivel más bajo desde 1982. No es un detalle. Es probablemente la mejor pista para entender el acuerdo.

México debería estar haciendo las cuentas. No porque Venezuela posea las mayores reservas probadas del planeta, ni porque una mayor oferta venezolana pueda mover precios o flujos comerciales. Lo importante es lo que el acuerdo revela sobre cómo Estados Unidos entiende hoy su vulnerabilidad energética: no basta tener petróleo. Importa dónde está, quién lo controla y qué distancia geográfica y política existe entre el recurso y la economía que depende de él.

Venezuela acaba de adquirir, desde esa lógica, un valor distinto. No está en el Golfo Pérsico. Está en el hemisferio occidental. Eso cambia el mapa.

Y cambia algo más. Durante años, China y Rusia encontraron en Venezuela no solo un socio energético, sino un punto de entrada estratégico al hemisferio occidental. Si Washington logra reinsertar una parte sustancial del petróleo venezolano dentro de su propia arquitectura energética, no solo reduce exposición a Medio Oriente: recupera espacio económico y geopolítico en su propio vecindario. Visto así, el acuerdo deja de ser una respuesta al precio de la gasolina y empieza a parecer una pieza dentro de una estrategia mayor: acercar recursos críticos, reducir dependencias externas y limitar el margen de sus principales competidores.

El crudo pesado no llega solo

Buena parte del petróleo venezolano es pesado o extrapesado. No se extrae, se carga y se convierte sin más en gasolina. Exige diluyentes, transporte especializado, almacenamiento y refinerías capaces de procesar crudos complejos.

Estados Unidos tiene ventaja. Parte de la capacidad de refinación de la costa del Golfo fue diseñada precisamente para ello. Chevron ya negocia incorporar dos yacimientos adicionales, mientras SLB y Hunt Oil han avanzado acuerdos en Venezuela.

La cadena se está armando ahora. Y cuando México termine de decidir si le conviene, puede descubrir que otros ya decidieron dónde se encuentra el valor.

México conoce ese mundo también. Hemos extraído y procesado crudos pesados como el Maya durante décadas. Tenemos puertos en ambos océanos, experiencia petrolera, infraestructura petroquímica y una red de refinerías concebida para procesar crudos complejos.

Pero hay que ser honestos sobre el estado real de esa capacidad. La refinería Olmeca en Dos Bocas, diseñada para procesar 340,000 barriles diarios de crudo pesado tipo Maya, operó en junio a apenas 41 % de esa capacidad. El sistema nacional de refinación procesó ese mes 1 millón 117,000 barriles diarios. La ambición de integrarnos a nuevas cadenas petroleras choca, por ahora, con infraestructura que todavía no cumple su propia promesa de diseño.

Esa brecha no es razón para abandonar la ambición. Es razón para dirigirla mejor. México podría competir donde ya posee capacidades: almacenamiento, logística, puertos, mezclado de crudos, ingeniería especializada, mantenimiento industrial y transporte. Pero la oportunidad más interesante empieza después.

Una refinería no produce solamente gasolina. Produce diésel, combustibles de aviación, gas licuado, naftas, coque y azufre. De ahí nacen otras cadenas: cemento, fertilizantes, químicos, plásticos y manufactura. El petróleo se vende una vez. La molécula transformada genera valor varias veces.

Competir por lo que viene después del barril

Durante demasiado tiempo hemos discutido soberanía energética como si la pregunta central fuera quién posee el recurso. En la economía industrial del siglo XXI importa también quién captura las cadenas que nacen de él.

Si Venezuela recupera producción con capital estadounidense, alguien financiará infraestructura, transportará crudo, asegurará cargamentos, suministrará maquinaria y convertirá subproductos en bienes de mayor valor.

México no tiene por qué observar ese proceso desde la frontera. Tampoco debe fingir que se convertirá en estación intermedia obligatoria: buena parte del crudo viajará directamente a refinerías estadounidenses que ya poseen capacidad instalada.

La oportunidad está en identificar los eslabones donde podemos volvernos difíciles de sustituir.

México tampoco parte de cero institucionalmente. La revisión del T-MEC ofrece una oportunidad política para colocar esta discusión dentro de una conversación mayor sobre seguridad económica regional: infraestructura energética, almacenamiento, petroquímica, logística, electricidad y nuevas cadenas industriales. No necesariamente todo tendrá que resolverse dentro del tratado. Pero sería extraño revisar la integración de América del Norte mientras se reorganiza su mapa energético sin poner ese mapa sobre la mesa.

Otros países observarán este reordenamiento desde fuera. México tiene una condición excepcional: ya ocupa un asiento estructural dentro de la economía norteamericana. Tener asiento, sin embargo, no equivale a tener estrategia.

Después del petróleo viene la electricidad

Existe además una paradoja que México debería anticipar. Mientras Estados Unidos asegura hidrocarburos, su economía entra en una etapa extraordinariamente intensiva en electricidad. Centros de datos, inteligencia artificial, semiconductores y manufactura avanzada están convirtiendo la energía confiable en una variable de competitividad nacional.

Ahí se abre un segundo espacio. Si Venezuela ayuda a Washington a asegurar parte del petróleo que necesita, México puede definir qué producir para la siguiente fase de esa estrategia: solar en el norte, eólica en el Istmo, geotermia, redes de transmisión, almacenamiento e interconexión fronteriza. Eventualmente, hidrógeno y otras tecnologías. No como una colección de proyectos verdes, sino como política industrial.

La ventaja mexicana podría dejar de medirse solamente en salarios competitivos y proximidad para empezar a medirse en algo que será cada vez más escaso: manufactura cercana alimentada por energía abundante, confiable y competitiva.

Leer lo que Washington está haciendo

El error sería preguntarnos si el acuerdo beneficia o perjudica a México. Esa pregunta nos coloca como espectadores.

La pregunta correcta es qué está anticipando Washington que México todavía no ha puesto en su agenda.

Petróleo venezolano, manufactura, minerales críticos, energía, puertos y cadenas de suministro no son expedientes separados. Son un portafolio. Y México ya está dentro de su arquitectura económica más importante.

Una respuesta seria comenzaría por mapear ahora qué capacidades mexicanas pueden insertarse en esa cadena: puertos, almacenamiento, ingeniería petrolera, petroquímica, fertilizantes, coque, logística, transmisión eléctrica y manufactura intensiva en energía. No para subsidiarlas todas, sino para identificar cuáles pueden convertirse en ventajas regionales antes de que el mercado las asigne a otro país. Porque las cadenas de valor, una vez construidas, desarrollan geografía propia.

La noticia es que Washington acaba de asegurar petróleo venezolano. La pregunta para México es qué vamos a construir alrededor de él.

El futuro no pertenece necesariamente al país que posee el barril. Pertenece al que construye más valor alrededor de él. 

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