Redacción Animal Político · 20 de agosto de 2025
Hace poco más de cinco años, cuando aún estudiaba mi primera carrera, tuve la oportunidad de ir en una brigada de apoyo a un municipio muy pequeño al sur de mi estado, Nuevo León. Ya ahí, se acercó una mujer a pedir ayuda. Yo no la vi, esto me lo contaron en el camino de regreso y, aun así, dejó una marca profunda en mí.
La mujer estaba secuestrada por su esposo. Cuando él salía a trabajar, dejaba la casa con candado por fuera, ella no tenía manera de salir, el único que tenía otra llave era el vecino. Si necesitaba ir a la tienda, tenía que hablarle al vecino para que le abriera y él le medía el tiempo para ver que no se desviara de su camino. Con esa excusa —la de ir a la tienda— fue que logró salir aquel día. Había escuchado que andaban algunas personas de fuera que llevaban apoyo y pensó que sería su oportunidad de escapar.
La persona con la que llegó no sabía qué hacer, así que le habló a quien organizaba la brigada. Él tampoco tenía idea, platicó la situación con el alcalde del pueblo y él, muy tranquilo —ni enojado ni sorprendido ni triste— respondió: “Así es aquí”.
Para el alcalde —la máxima autoridad y probablemente la única—, un esposo no podía secuestrar a su mujer, porque era suya. Porque en los municipios como este, una mujer no es una persona con derechos, sino una propiedad. Y quien es dueño, decide.
En un país donde nos vimos en la necesidad de añadir un artículo extra al Código Penal para aclarar que la violación es violación, así violes a tu esposa o concubina, la verdad, no me sorprende. Pero sí me indigna.
¿Será que también tendremos que agregar que el secuestro es secuestro, aunque la víctima sea tu esposa? ¿Y qué pasa con los demás delitos? ¿Cómo hacemos que México entienda, de una vez por todas, que las mujeres somos personas y tenemos derechos?
Tres palabras que se me quedaron marcadas para siempre y que me prometí cambiar. No fue un caso aislado. Era un reflejo brutal de lo que pasaba —y sigue pasando— en muchos otros lugares. Mi ciudad natal, menos pequeña y menos lejana, es igual.
Yo crecí en un municipio pequeño de esos donde no pasa nada o, más bien, pasa lo mismo una y otra vez. Uno de esos municipios atrapados en el tiempo. Diría mi padre: un lugar para pasar una vejez tranquila, una infancia agradable, pero no para crecer. Aunque claro, mi padre es hombre. No sé si una mujer diría lo mismo.
Crecí creyendo que la violencia de género era normal; claro que le puse nombre hasta mucho después, en ese entonces, era solo mi cotidianeidad.
Después de varios años especializándome en temas de género, un día me di cuenta de que podía narrar toda mi vida en episodios de violencia y desigualdad.
Desde antes de nacer, mi madre le dijo a mi padre que sería niña y él se decepcionó por no tener un primogénito varón. En la primaria, cuando no me permitían correr o jugar con un balón porque me iba a ensuciar o me podía caer, pero no importaba si los niños se ensuciaban o se caían: ellos sí podían correr y jugar. En la secundaria, cuando pasaban hombres mayores acosando a mis amigas a la hora del recreo, y el director nos regañaba por “fáciles” en lugar de protegernos. Cuando el profesor de música nos dijo en clase que, así como nadie quiere un pan manoseado, tampoco nadie quiere a una mujer manoseada. Porque, para ellos, una mujer no vale por ser persona: vale su virginidad. Y si la pierde, pierde su valor. Como si fuéramos una mercancía que caduca.
Cuando le prohibieron a mi maestro de biología enseñarnos cómo se usa un condón. Cuando una alumna se casó embarazada con un hombre que le doblaba la edad y mis tías se alegraron porque “se casó bien” (él tenía dinero). A los quince pensaba que lo mejor que podía lograr una mujer era justamente eso: casarse bien, es decir, ser elegida por un hombre que le asegurara estabilidad. No importaba si no había amor, si él te doblaba la edad o si tú seguías siendo adolescente, mientras tuviera dinero, estaba bien. De hecho, era “lo mejor que te podía pasar”.
No era una idea mía. Era lo que se escuchaba en las casas, en las reuniones familiares, en las aulas y los pasillos de la escuela. Una forma de pensar tan repetida que no parecía una de las opciones que teníamos, sino la única. Todas pensábamos en con quién nos íbamos a casar, en lugar de pensar en quién nos íbamos a convertir. No se esperaba de una mujer que soñara un futuro para sí misma.
Tan es así que en 2017, cuando salí de la preparatoria, pregunté en el municipio sobre la casa que tenían en Monterrey para los jóvenes que se iban a estudiar. Me dijeron que la casa era solo para hombres, que no había casa para mujeres. No era solo una omisión: era un mensaje. Uno muy claro: Las mujeres no estudian, las mujeres se casan.
Te lo repetía tu familia, tus profesores y el gobierno mismo a través de su política pública: casarte no solo era lo único que podías hacer, era también una condena. Una que te reducía a un objeto con fecha de caducidad, cuyo valor dependía de ser elegida, no de elegir.
Y, aun así, yo me fui. Tuve la gran dicha de tener referentes. Dos de mis primos están casados con ingenieras civiles. Si ellas dos no existieran, quizá yo ni siquiera habría considerado estudiar. Solo verlas tiró un poco de la venda que, por tantos años, el municipio me había amarrado a los ojos. Me di cuenta de que había otras realidades, aunque todavía no dimensionaba lo abismalmente distintas que eran.
A los diecisiete —sin el apoyo del municipio, por ser mujer— emigré para estudiar. A los dieciocho, por casualidad, fui a un evento del Día Internacional de las Mujeres. Llevaba una bufanda rosa. Alguien me dijo que ese día no era rosa, era morado. A los veintiuno me enteré de que existía una ley llamada Ley de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia y, por raro que suene, me sorprendí. Sentí algo parecido a “¿tengo derechos?”.
Fui a mi primera marcha del 8M y se movieron mil cosas dentro de mí. Quise entender más, aprender más, hacer algo. Sentía el mundo avanzar a mil por hora. Conocí mis derechos e imaginé para mí misma un futuro brillante. Agradecí estar viva en este momento de la historia. Agradecí a todas las que lucharon antes.
Y luego… volví a mi pueblo. Un municipio pequeño, de esos donde no pasa nada o, más bien, pasa lo mismo una y otra vez. Las mujeres creen que deben quedarse, aunque las maltraten. Porque en este sistema, no son compañeras: son propiedad. Y lo más cruel es que, aun siendo tratadas como carga, son ellas quienes lo cargan todo. Lo hacen en silencio, como si ese fuera su deber. Como si fueran responsables de sostener todo lo que las oprime.
Mientras tanto, los gobiernos creen que atender a las mujeres es enseñarles a hacer un pastel. La violencia familiar se considera “tema privado”. Cuando hablas de género o de derechos, te tachan de problemática. Aquí, nombrar la injusticia se vuelve casi tan incómodo como vivirla. Se cree que la palabra “revolución” es peligrosa. Y las propuestas revolucionarias, incómodas.
Si hablas, te ignoran, para que parezca que hablas sola, aunque muchas otras quieran decir lo mismo. Esa es su estrategia: el silencio. Y con el silencio, la condena. La falta de transformación.
Desde las ciudades grandes se preguntan por qué el gobierno federal reparte cartillas con los derechos de las mujeres. Piensan —como yo lo pensaba antes de volver— que eso ya no es necesario. Que las mujeres ya conocen sus derechos, que ya están empoderadas.
Pero a mí jamás se me va a olvidar esa sensación la primera vez que vi la Ley de Acceso. Ese sentimiento primero de sorpresa, después de esperanza y, finalmente, de una digna rabia al entender lo mucho que te han violentado y cómo nunca te habías dado cuenta. Y ese momento mágico en que decides decir: no más.
Por eso, que el gobierno federal reparta cartillas con los derechos de las mujeres no es poca cosa. Es sembrar la posibilidad de ese momento en cada mujer que aún no lo ha vivido. Ese instante en que algo dentro de ti se enciende y ya no puede apagarse. Para mí, como mujer de un municipio pequeño, fue como un rayo de sol inesperado. Pero ese rayo no cae del cielo: viene de alguien que enciende la luz en una habitación donde nos tenían encerradas a oscuras.
El silencio puede parecer eterno, pero incluso la noche más larga termina con un primer destello. A veces ese destello es una cartilla. A veces, una conversación. A veces, una mujer que decide decir: “no más”. Porque el cuerpo, la voz y el destino de una mujer no le pertenecen a nadie más. Ni al marido ni al Estado ni a la costumbre ni a la tradición.
Aunque aquí lo olviden, las mujeres no somos propiedad, no somos objetos. Somos personas y tenemos derechos. Conocerlos es el primer paso para hacerlos valer. Cartilla a cartilla, mujer a mujer, se van encendiendo pequeños destellos que lo iluminan todo.
* Victoria Mireles es una mujer sabinense y defensora de los derechos humanos, especializada en violencia de género desde una perspectiva amplia e interseccional que también contempla el trabajo con hombres. Fue fundadora de la primera Unidad de Masculinidades e Igualdad de Género en el municipio de Monterrey. Actualmente, se desempeña como asesora legislativa en el H. Congreso del Estado de Nuevo León. Es egresada de la Facultad de Ingeniería Civil de la UANL y cursa su segunda licenciatura, Sociología en la UNAM, así como la Maestría en Gobierno y Administración Pública en la misma universidad que la formó como ingeniera.