¿Por qué muere la ballena gris?

Gonzalo Ortuño · 1 de noviembre de 2023

¿Por qué muere la ballena gris?

En mi artículo anterior “Ballenas: su aporte para combatir el cambio climático y conservar los océanos” describí al océano como un sistema vivo, con un equilibrio delicado que depende de la correcta interrelación de sus componentes; el desequilibrio (imbalance) produce estrés ecológico. Los cetáceos, en general, y las ballenas, en particular, están consideradas como especies centinelas ya que nos indican el estado de salud y equilibrio de los ecosistemas; es decir, son importantes bioindicadores. Los impactos de la actividad humana sobre la salud marina ya son evidentes; nuestra huella ecológica se materializa.

Un ejemplo de ello es la ballena gris (Eschrichtius robustus), una especie que se reproduce de diciembre a marzo y cada año da a luz a sus crías en las tibias aguas de las lagunas del Pacífico de Baja California Sur. Una vez que las crías pueden viajar emprenden la migración más grande hasta hoy conocida: 9,000 kilómetros dirección norte hasta el Mar de Bering, considerado uno de los más productivos del mundo y donde, de mayo a octubre, se abre una ventana de tiempo con la mayor abundancia y densidad en los parches de plankton de los fondos marinos donde este cetáceo se alimentan de pequeños crustáceos, ricos en proteína, que aportan la energía para la larga travesía que realizan. Esta energía se acumula en la grasa subdérmica de las ballenas y se utiliza el verano siguiente cuando emprenden el retorno a Bering.

Los hábitos costeros de estas ballenas las expone a todo tipo de impactos: en la tierra con los crecientes desarrollos urbanos, las descargas de aguas residuales, los contaminantes orgánicos persistentes y los escurrimientos de agua proveniente de la agricultura; pero también a las actividades humanas en el mar, ya que su ruta es un corredor costero. Atravesar las costas de tres países implica riesgos e impactos que pueden ser mortales.

Si bien las orcas son su único predador natural, los daños de origen antropogénico son cada vez mayores. Las ballenas grises atraviesan inevitablemente zonas de muelles y de alto tráfico marítimo cerca de puertos, con el riesgo de colisionar con las embarcaciones con daños graves e incluso la muerte, fenómeno que se agrava por el ruido intraoceánico emitido por motores y propelas de las embarcaciones que impiden que las ballenas puedan reconocer la ubicación de la fuente y escapar de su ruta.

Igualmente, en un océano con una enorme biodiversidad, donde la pesca ribereña y comercial es intensa, son susceptibles de quedar atrapadas en las redes de pesca, que las inmoviliza hasta la muerte por agotamiento y asfixia al luchar por liberarse.

La información sobre salud y morbilidad de esta especie es escasa, y mucho de lo que se sabe se debe a los hallazgos en ballenas cazadas. Se han descrito diversos agentes infecciosos, desde virus, bacterias y hongos, además de parásitos que afectan diferentes órganos, así como la piel de las ballenas.

La ballena gris fue intensamente cazada durante los siglos XIXy XX en toda su ruta de migración para obtener su grasa que era usada como combustible y aceite para maquinarias. Fue el cazador Charles Scammon quien descubrió y alertó a los demás cazadores que las ballenas grises se apareaban y daban a luz en las lagunas de México, en la hoy conocida como “Laguna ojo de liebre”, que durante muchos años llevo el nombre de su descubridor. Fue entonces cuando la ballena fue llamada “pez diablo ya que las hembras atacaban ferozmente a los barcos balleneros intentando proteger a sus crías, que eran arponeadas justamente para atraer a sus madres.

La cacería de ballena gris fue tan intensa que la población disminuyó a unos 2,000 individuos. Tan sólo de 1846 a 1874 se documentó la caza de cerca de 6 mil ballenas en las lagunas mexicanas. México permitió la caza de ballenas en mares mexicanos hasta 1937. Posteriormente, en 1982 se prohibió toda cacería comercial de ballenas. La ballena gris se recuperó lentamente y para 2016 la población llegó a ser de unos 27,000 individuos, aún después de un evento de mortalidad masiva en 1999-2000, en la que se perdió 24 % de la población.

Un fenómeno reciente ha llevado a la población de ballenas gris a una drástica disminución. En tan solo seis años disminuyó 38 % de su población, con una estimación de 14,626 individuos, para el invierno 2022-2023.

A finales del 2018 se empezaron a documentar varamientos masivos de ballenas grises en toda su ruta de migración. Sabemos que las ballenas al morir se hunden, aunque algunas llegan a vararse y mueren en tierra o en el mar y las corrientes marinas las arrastran a tierra. En situaciones normales son una o dos ballenas.

Un fenómeno de mortalidad masiva es diferente, inesperado y se conoce como “Evento de mortalidad inusual”. Estos varamientos sucedieron de manera importante en 2019 y 2020 y ahora siguen, aunque en menor cantidad. Hasta el 8 de julio de 2023, se contabilizaron 315 ballenas grises varadas en los sitios de nacimiento, lo que representa 47 % de todas las ballenas varadas reportadas oficialmente.

Más preocupante es el hecho de que los cetáceos que llegaban a las lagunas mostraban diversos grados de adelgazamiento corporal, llegando incluso a la emaciación. Es decir, una gran disminución de la grasa corporal que es la reserva de energía para realizar esta larga travesía a los sitios de nacimiento. Ante la ausencia de alguna condición patológica que lo explique, la hipótesis de varios científicos es que esta pobre condición corporal puede deberse a la disminución de la disponibilidad de alimento, en los mares de Bering probablemente debido al calentamiento del mar. Muchas de las ballenas muertas y varadas tenían señas claras de adelgazamiento y mala condición corporal. El adelgazamiento hasta la emaciación significa que la muerte fue resultado de inanición, de no comer. Otra hipótesis de gran peso es que la disminución de alimento puede ser consecuencia de la intensa cacería que diezmó a esta especie, y que hoy sabemos es tan importante en su aporte de nitrógeno, y de hierro indispensables para la alimentación del zooplankton, que a su vez constituye su alimento. Sin embargo, el Comité Centífico de la Comisión Ballenera Internacional considera que la causa más probable de la alta mortalidad es que los campos de alimentación han llegado al límite de su capacidad de carga, lo que sería un mecanismo ecológico autorregulatorio. Este argumento científicamente neutro ignora los fenómenos climáticos y de cacería previa de las ballenas.

Como consecuencia de estas altas mortalidades se ha señalado una disminución en el número de crías observadas en las lagunas, que disminuyó de 380 en 2021 a 217 en 2022, lo que representa una disminución de 57 % en sólo un año, la más baja en un decenio. Sin embargo, se han reportado menos varamientos lo que pudiera indicar que pueda empezar la recuperación de esta especie y el fin del evento de mortalidad inusual.

Ningún estudio científico menciona las implicaciones que morir por inanición significa para el individuo. Hay un enorme sufrimiento. Sin alimento disponible las ballenas van consumiendo su propio reservorio de energía de grasa corporal hasta sucumbir. Las ballenas son seres sintientes, capaces de sentir dolor y placer, de sufrir, con intereses propios e incluso se les reconocen pautas culturales que son transmitidas a nuevas generaciones. El otrora “pez demonio”, que enfrentaba a los barcos balleneros, nos ha perdonado y en esas mismas lagunas se desarrolla una relación de acercamiento y confianza mutuas que permiten a las crías acercarse a las pangas y jugar con los humanos.

Concuerdo con Martha Nussbaum en el sentido de que los animales silvestres tienen derecho no sólo a la vida, sino a la libre utilización de su espacio natural y social en su propia evolución, y más allá, donde cada individuo se esfuerza (thrive) en conseguir sus objetivos para realizarse plenamente. Éste es el llamado derecho a “florecer” en su propia naturaleza. El caso de la ballena gris constituye la antítesis de tal experiencia. Una a una languidece y con ello la población muestra una gran vulnerabilidad al enfrentar obstáculos ambientales, pero también antropogénicos, que superan su capacidad de control y recuperación. Ignorar o minimizar el papel que nuestra especie juega y consecuentemente tomar medidas urgentes de prevención y de mitigación de todos los impactos que generamos sería no sólo inmoral, sino un acto de injusticia por negligencia.

Bio de autora: Yolanda Alaniz Pasini es médica cirujana. Cursó las maestrías en Salud Pública y en Antropología Social, así como los posgrados en Bioética y en Desarrollo Sustentable. Fue profesora de las asignaturas de Epidemiología y Antropología Médica en la unam, y de Bioética y Ética Ambiental en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Se desempeñó como secretaria técnica de las comisiones de Medio Ambiente y Recursos Naturales, tanto en el Senado de la República como en la Cámara de Diputados, y ha sido observadora y parte de la delegación mexicana ante la Comisión Ballenera Internacional y en la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres. Actualmente es consultora para Conservación de Mamíferos Marinos de México.

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Lectura recomendada

Martha C. Nussbaum (2023). Justice for Animals. Our Collective Responsibility. New York. USA. Simon & Schuster.