Redacción Animal Político · 25 de noviembre de 2025
Desde mediados de los 90, el Producto Interno Bruto (PIB) de México ha crecido a una tasa promedio anual de apenas 2.38 por ciento en términos reales. En los años más recientes, a partir de 2019, el ritmo de expansión económica ha sido todavía más reducido, de 1.02 por ciento en promedio anual. Si ajustamos este desempeño económico a la dinámica demográfica, el resultado es aún más preocupante: el PIB per cápita ha aumentado tan solo 0.8 por ciento anual entre 1995 y 2024 y, desde 2019, prácticamente no ha crecido (0.03 por ciento).
Las crisis económicas recurrentes han contribuido a este magro desempeño, comenzando con la crisis de 1994-95, la desaceleración de 2001, la recesión global de 2008-09 y, más recientemente, el severo impacto de la pandemia en 2020. Todas ellas han dejado efectos profundos y duraderos en nuestra economía. Sin embargo, el problema no empieza ni termina en estas perturbaciones; por el contrario, las crisis mismas —en su origen, en la magnitud de sus impactos, en su recurrencia y en otros aspectos— son expresión de un problema económico más profundo y permanente. La economía mexicana llegó a cada una de ellas con una fragilidad estructural preexistente y salió de todas sin haber resuelto sus fallas fundamentales de crecimiento. Después de más de treinta años, lo que observamos es una economía frágil y estancada.
Pero el estancamiento es, en realidad, un retroceso. La parálisis económica no solo impide atender los rezagos y recuperar lo perdido, sino que tampoco alcanza para satisfacer las nuevas demandas sociales. Esto se observa de manera directa, por ejemplo, en el empleo: no se generan suficientes trabajos estables, bien remunerados y con acceso a la seguridad social, ni para quienes se integran por primera vez al mercado laboral ni para quienes ya se encuentran en situación de desempleo, subocupación o informalidad. En consecuencia, estas formas precarias de empleo se reproducen y perpetúan, profundizando la desigualdad y manteniendo elevados los niveles de pobreza. Asimismo, el bajo crecimiento limita la capacidad del Estado para garantizar la seguridad, la salud, la educación, los servicios básicos y la infraestructura. Ante esta situación, la sociedad mexicana se ve empujada a recurrir a diversas “válvulas de escape” para sobrellevar la precariedad: transferencias del gobierno, migración a EE.UU., remesas, endeudamiento de los hogares o incluso la inserción en la delincuencia.
El crecimiento económico no es, pues, un problema menor, sino una condición material indispensable para el bienestar de la población. A pesar de su gravedad y urgencia, no parece ocupar el lugar prioritario que merece. Antes bien, nos conformamos con señalar los errores del pasado, sin atender la responsabilidad que tenemos en el presente. Por eso, examinar críticamente las causas históricas del bajo crecimiento económico es necesario, no para deslindar responsabilidades, sino para reconocer cómo esas condiciones siguen operando en el presente y en qué medida es posible superarlas. Este análisis debe servir como herramienta para asumir la responsabilidad que nos corresponde hoy y evitar que el deterioro económico se profundice.
El modelo de crecimiento económico que impera en México se basa en la doctrina económica neoliberal, que sostiene que la mejor manera de acrecentar la riqueza es promover la libre empresa y dejar que las fuerzas del mercado y la competencia operen plenamente. En la práctica, esto implicó reducir el tamaño y las funciones del Estado, privatizar empresas públicas, liberalizar el comercio y los flujos financieros, y cambiar el enfoque de la política económica de la intervención estatal directa en la producción a la prioridad de mantener la estabilidad macroeconómica, cuyos pilares principales son el control de la inflación, un tipo de cambio flexible y la disciplina fiscal.
Dentro de este marco, las exportaciones y la inversión extranjera directa (IED) se consolidaron como los principales motores del crecimiento. En 1994, las exportaciones representaban apenas el 11.5 % del PIB; para 2018 se habían triplicado, alcanzando alrededor del 36 %, y se mantuvieron en niveles similares, llegando al 37 % en 2024. Las exportaciones manufactureras son el componente predominante, representando cerca del 82 % del total en 1994 y aumentando su participación hasta el 89.9 % en 2024. De estas exportaciones manufactureras, el 85.9 % tiene como destino el mercado estadounidense. De manera similar, la apertura comercial y la desregulación financiera dieron un fuerte impulso a la IED. Su participación en la formación bruta de capital fijo (FBCF) pasó de alrededor del 6.7 % entre 1991 y 1993 a estabilizarse, durante 1996-2024, en un rango de entre 10 % y 13 %. Alcanzó un máximo histórico en 2001, cuando llegó al 19.2 % de la FBCF, nivel que no ha vuelto a alcanzarse desde entonces.
A pesar del acceso preferencial al mercado estadounidense y de la llegada de importantes flujos de IED dirigidos principalmente al sector manufacturero exportador, la capacidad de empuje de este sector ha resultado estructuralmente limitada. La industria se especializó en el ensamblaje de productos finales, con escaso valor agregado, alta dependencia de insumos y bienes de capital importados, y un margen reducido para elevar la productividad laboral. En estas condiciones, su rentabilidad y expansión dependen en gran medida de factores externos favorables, entre ellos, el crecimiento de la demanda en EE.UU. y las variaciones del tipo de cambio. Además, su concentración en las fases de ensamblaje impidió, desde el inicio, el desarrollo de encadenamientos productivos hacia el interior del país. Si a ello se suma la creciente competencia de China y de otros países manufactureros como Vietnam, así como la desaceleración de la economía estadounidense desde los 2000, las perspectivas de que el sector manufacturero exportador pueda, eventualmente, impulsar de manera sostenida la productividad y el crecimiento económico de México se vuelven cada vez más escasas. i
La primacía del sector externo en la estructura productiva del país constituye, más bien, una distorsión que debería superarse para generar un crecimiento más robusto, equilibrado y duradero. Con este propósito, convendría orientar la estrategia de crecimiento hacia el mercado interno y extender el dinamismo a otros sectores de la economía, no solo al sector manufacturero exportador. Sin embargo, en un contexto de apertura, producir para el mercado interno implica, al igual que para el exterior, que la productividad laboral alcance niveles internacionales para competir con las exportaciones de otros países y con los bienes de consumo final que se importan. En este sentido, la clave está en la inversión productiva.
La inversión en México está estancada. Entre 1990 y 2020, como proporción del PIB, la inversión ha oscilado entre el 20 % y el 25 %, sin registrar incrementos sostenidos que impulsen de manera significativa el crecimiento económico. Esta situación refleja dos tendencias: la inversión privada, que representa alrededor del 90 % de la inversión total y el 20.4 % del PIB, se ha estancado, mientras que la inversión pública ha caído de forma persistente y actualmente representa apenas el 10 % de la inversión total y el 2.1 % del PIB.
La caída de la inversión pública es doblemente contraproducente. No solo reduce directamente el volumen total de inversión, sino que también limita la inversión privada al debilitar el efecto crowding-in, mediante el cual la inversión pública en infraestructura, servicios y proyectos estratégicos genera condiciones que estimulan el gasto productivo del sector privado.
Pero para dimensionar con mayor claridad la situación de la inversión en México, es necesario analizar la FBCF, que mide el valor de los bienes duraderos adquiridos por empresas y por el gobierno para la producción, incluyendo maquinaria, equipo e infraestructura. Con base en este indicador, observamos que la acumulación de capital crece lentamente. En promedio, la FBCF ha crecido apenas un 2.45 % anual entre 1998 y 2024. Si descontamos la parte destinada a cubrir la depreciación y la amortización, tanto física como moral, de la planta productiva y de la maquinaria, obtenemos una estimación más precisa de la inversión neta, es decir, de la acumulación de capital efectiva. El resultado muestra que aproximadamente ocho de cada diez pesos de la FBCF se destinan a reponer el capital fijo, lo que implica que apenas el 4.8 % del PIB corresponde a la inversión neta efectiva. ii
La cuestión más importante para el crecimiento es, entonces, impulsar la inversión. Sin embargo, considero que la forma en que hemos intentado lograrlo ha terminado por imponer nuevos obstáculos más que ofrecer una solución. Ello se debe a que hemos concentrado los esfuerzos en mantener la “estabilidad macroeconómica”, bajo la premisa de que la disciplina fiscal y el control de la inflación, sus pilares centrales, constituyen la base indispensable para que la inversión y, con ella, el crecimiento, aumenten. Esta visión reduce el problema del crecimiento a mantener controladas ciertas variables macroeconómicas, como la inflación, el tipo de cambio o el equilibrio fiscal, y desplaza a un segundo plano la necesidad de impulsar deliberadamente la inversión, mediante una política industrial activa y fuentes alternativas de financiamiento de la inversión, por mencionar algunas medidas. Como bien lo ilustra Jaime Ros (2019), estas políticas funcionan como un trípode: estabilizan la economía, pero impiden que se mueva.
Además de constreñir directamente el volumen de inversión pública, la disciplina fiscal ha impuesto un dilema al gasto público, pues el Estado no tiene capacidad de atender simultánea y exitosamente sus responsabilidades sociales y políticas económicas; fortalecer un área implica reducir los recursos en la otra. Por ello, además de una mayor flexibilización de la disciplina fiscal, resulta indispensable avanzar en una reforma fiscal progresiva que permita financiar de manera sostenible la transformación y modernización de la estructura productiva, sin desatender tareas igualmente importantes como la salud, la seguridad, la educación y otros servicios esenciales.
Por su parte, la política monetaria, enfocada en controlar la inflación mediante la manipulación de la tasa de interés, ha redundado en la persistencia de altas tasas de interés reales y ha generado un sesgo hacia la apreciación del tipo de cambio, lo que ha encarecido el crédito interno, desincentivando la inversión productiva y erosionado la competitividad del sector exportador. Además, para mantener la estabilidad monetaria se ha recurrido a la emisión de deuda con fines de regulación monetaria, desviando recursos de la inversión productiva. iii
Priorizar la estabilidad ha limitado históricamente el crecimiento. Superar el estancamiento requiere intervenir sobre los factores reales de la producción mediante un aumento de la inversión pública y privada, el impulso al financiamiento bancario orientado a la producción, y políticas industriales que fomenten la diversificación productiva, la adopción de nuevas tecnologías y la inserción de México en las tendencias de transición energética. Solo con un enfoque integral que combine estabilidad con medidas que activen los motores reales de la economía será posible recuperar la capacidad de crecimiento sostenido y ampliar las bases materiales del bienestar de la población.
* Tania Rojas García es Licenciada en Economía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y maestra en Economía por El Colegio de México (COLMEX). Actualmente es estudiante de doctorado en Economía en la Universidad de Massachusetts Amherst, donde también se desempeña como asistente de enseñanza. Asimismo, es experta México, ¿cómo vamos?
i Moreno-Brid, J. C., & Ros, J. (2009). Development and growth in the Mexican economy: A historical perspective. Oxford University Press.
Palma, J. G. (2025). América Latina y su “gatopardismo a la inversa”: Para que todo pueda seguir igual, nada puede cambiar. ¿Trampa del ingreso medio o “trampa neoliberal”? El Trimestre Económico, 92(365), 7–74. https://doi.org/10.20430/ete.v92i365.2682
Ros, J. (2019). Los retos de la política económica. ECONOMÍAunam, 16(46), 16–23.
ii Sánchez, V. (en preparación). Inversión en México, sin motor para crecer. En Cemees (Ed.) Cuestiones actuales del desarrollo capitalista en México [Manuscrito no publicado].
iii Capraro, S., & Panico, C. (2018). Monetary policy in liberalized financial markets: The Mexican case. Review of Keynesian Economics, 9(1), 109–138. https://doi.org/10.4337/roke.2021.01.06