Jorge Avila · 27 de marzo de 2026
Ser mujer hoy —y a lo largo de la historia— ha sido económica y psicológicamente más caro en comparación con los hombres. Y no lo digo desde una narrativa victimizante, sino desde realidades tangibles, económicas y sociales. Y hablo desde la experiencia de una mujer cisgénero; si ampliamos la mirada hacia mujeres en contextos más vulnerables, los costos se multiplican.
De entrada, partimos de una desventaja: ganamos menos, enfrentamos más barreras y tenemos menos oportunidades. Pero a eso hay que sumarle una serie de costos adicionales que muchas veces pasan desapercibidos o se normalizan: el llamado impuesto rosa, que encarece productos básicos —muchos de ellos necesarios para nuestra higiene y salud—; el costo de menstruar, mes con mes; los gastos médicos de bolsillo, que suelen ser mayores; el dinero destinado al maquillaje, muchas veces ligado a estándares sociales más que a una elección libre. También pagamos más en transporte porque priorizamos sentirnos “seguras” frente al acoso en el transporte público. Y, además, cargamos con una mayor proporción de labores de cuidado y del hogar: trabajo no remunerado que se traduce en menos horas disponibles para generar ingresos.
A esto se suman otros factores que profundizan la desigualdad: maternar es caro, y las pausas laborales impactan directamente en nuestros ingresos y en nuestra trayectoria profesional. Debido a menores ingresos, interrupciones laborales y mayor presencia en la informalidad, las mujeres ahorramos menos. Somos más propensas a enfrentar violencia económica, lo que puede afectar nuestro patrimonio e incluso escalar a otras formas de violencia. Y, si decidimos emprender, nos encontramos con sesgos en el acceso al financiamiento: recibimos menos inversión.
Por todo esto, en el contexto capitalista en el que vivimos, simple y llanamente es más caro para nosotras existir. Pero claro, somos “exageradas” por nombrarlo. Por incomodar. Por reclamar espacios como propios y exigir soluciones que reduzcan estos costos que afectan directamente nuestra calidad de vida.
Aquí es donde me parece importante decirlo con claridad: así como no todas las personas vivimos las mismas 24 horas del día, tampoco a todas nos alcanza para lo mismo. Lo que muchas veces se percibe como un “lujo” para nosotras, en realidad son necesidades básicas. Necesidades que, con frecuencia, el Estado decide ignorar.
¿No resulta irónico? Se espera que las mujeres maternen, que sostengan la vida y que den origen a la fuerza laboral que impulsa la economía. Pero, con la misma firmeza con la que el sistema nos exige eso, también nos abandona. Abandona la construcción de un sistema de cuidados digno y sostenible. Ignora las necesidades reales de procesos como la menstruación y la menopausia. Falla en garantizar cuidado infantil de calidad, vivienda accesible para mujeres en situación de violencia y seguimiento efectivo a casos de violencia doméstica y vicaria.
Se necesita mucho más que discursos y despensas. Se necesitan cambios estructurales: en los productos, en los sistemas financieros y en las políticas públicas con perspectiva de género. Podría seguir enumerando todo lo que falta. Pero, como ya lo dije, cada minuto de escribir también cuesta.
Hoy, para mí, vale completamente la pena, porque callarlo nos ha salido demasiado caro y nombrarlo es el primer paso para cambiarlo.
Ana Karen Galván Bueno
Profesional en desarrollo de negocios y mercadotecnia, con experiencia en la creación de estrategias comerciales. Comprometida con los derechos humanos, la igualdad de género y la educación financiera con perspectiva de género. Su trabajo busca conectar el análisis estratégico con la acción cotidiana. Actualmente desarrolla proyectos vinculados a cultura, incidencia pública y fortalecimiento institucional. Redes sociales: Instagram: @asassy_girl @lasindocilesclub