¿Por qué cometen delitos las mujeres?

blogeditor · 9 de abril de 2022

¿Por qué cometen delitos las mujeres?

Hace 10 años que visito las cárceles de nuestro país. Hace 6, cofundé una organización maravillosa llamada La Cana, para implementar programas de reinserción social que permitan a las mujeres privadas de la libertad construir un proyecto de vida lejos de la violencia y la delincuencia.

En cada una de mis visitas, he encontrado historias desgarradoras de violencia e injusticia. No hay un solo día de estos últimos 10 años, en el que haya visitado una cárcel y no haya salido con el corazón roto. En todo este tiempo, hay varias preguntas que han rondado en mi cabeza sin cesar: ¿Por qué están todas estas mujeres en prisión?, ¿qué las llevó a cometer un delito?, ¿en qué momento su vida dio un giro hacia la delincuencia? Para encontrar respuestas, desde La Cana decidimos poner en marcha una investigación cualitativa a nivel nacional con el objetivo de entrevistar a mujeres en prisión y conocer sus historias.

El último año lo he dedicado a realizar estas entrevistas. A la fecha hemos visitado 14 reclusorios en los estados de Nuevo León, Coahuila, Quintana Roo, Oaxaca, Querétaro, Nayarit, la Ciudad de México y el Estado de México, y entrevistado a 33 mujeres de manera aleatoria. Tristemente las historias que he escuchado, en el fondo, bien podrían ser la misma una y otra vez.

Historias como la de Jessica, que a los 12 años se la robó un hombre de 45 años, jefe de una banda de secuestradores. Ella sospechaba que su pareja se dedicaba a “cosas ilegales” pero el solo hecho de pensar en preguntarle por qué se mudaban constantemente de casa, la hacía temblar de miedo ante la reacción que él pudiera tener. O Violeta, a quien entrenaron para que se le enfriara el corazón. A los 9 años la reclutó la delincuencia organizada, su primera prueba de lealtad ante el cártel fue darle a cuidar un cachorrito. Todavía entre lágrimas me contaba que, al año, ya que el perrito se había convertido en su única compañía, los jefes la obligaron a matarlo. Años después, la prueba final fue matar a su mejor amiga. Solo así podían saber que ella era de las suyas.

O Fabiola, que ante la desesperación de mantener a sus hijos después de que su pareja la abandonó, decidió prostituirse. Eventualmente ella quiso dejar a su proxeneta, pero la golpiza que recibió al intentarlo, le recordó que esa era una misión de la que era imposible salir viva. O Melany, que toda la vida le dijeron que ella no servía para nada más que lavar y cocinar, por eso no se atrevió a dejar a su esposo cuando se enteró que era ladrón, pues cómo una mujer iba a poder ganarse la vida sola.

Adriana, una mujer que los celos de su pareja lo llevaron al extremo de encerrarla en un cuarto para que ella no se fuera con nadie más. Y aun cuando él dejaba la puerta abierta, el miedo la paralizaba al pensar en salirse de esa casa y enfrentar el mundo sola. Miranda, que fue acusada del homicidio de su bebé ante la omisión de cuidarlo. Al condenarla, el juez ni siquiera cuestionó la responsabilidad del papá, pues dio por hecho que la mamá siempre es la encargada del cuidado de los niños, sin importar que era el papá quien se quedaba todo el día con el bebé mientras ella salía a trabajar. O Diana, que a los 14 años fue violada por un hombre (delincuente) de 50, y sus papás la obligaron a quedarse con él porque quién iba a querer a una mujer que no fuera virgen.

Conforme pasan los días realizando esta investigación, llego con más desesperanza a los reclusorios, sabiendo que la historia que me contarán será preocupantemente similar a las narradas en este texto. Esta hazaña y los años que llevo trabajando en cárceles me permiten atreverme a decirlo con todas sus letras: la gran mayoría de las mujeres que hoy están en prisión, lo están a causa de un hombre, no importa el delito. Desde mujeres que asaltan un Oxxo, hasta mujeres sicarias, mujeres acusadas de homicidio, o mujeres que se han visto envueltas en un secuestro, terminan en prisión a causa de las relaciones de violencia estructural de género. A causa de la violencia machista y de las relaciones asimétricas de poder entre hombres y mujeres.

Las mujeres terminan envueltas en la delincuencia porque nadie les dijo que su vida es igual de valiosa que la de cualquier hombre, nadie les dijo que ellas pueden solas. Crecieron pensando que el amor duele y que todo lo debe soportar. Que una mujer debe entregarse a su hogar, que trabajar es para hombres, y que siempre van a depender de uno, ya sea su padre o su pareja. Que la mujer debe seguir al hombre sin cuestionarlo. Que las mujeres no pueden opinar, no pueden alzar la voz, no pueden porque su voz no cuenta.

Las mujeres están en prisión porque no se juzga con perspectiva de género, las y los jueces no toman en cuenta la situación de desigualdad estructural que vivimos las mujeres. No toman en cuenta el miedo con el que vive una mujer violentada, y en cambio las sentencian por no atreverse a denunciar a sus agresores, tachándolas de cómplices.

En México, los delitos por los que hay más mujeres privadas de la libertad son los de homicidio (2,300 mujeres), secuestro (2,127 mujeres), y delitos contra la salud (1,642 mujeres), respectivamente. Sin embargo, las mujeres reciben penas más altas que los hombres por el mismo delito: en el caso de homicidio, según información de la CNDH, la pena más alta promedio en los hombres es de 50 años, a comparación de 87 años, en el caso de las mujeres. Por lo que hace a la delincuencia organizada, la pena más alta en hombres es de 160 años, y 167 años en el caso de las mujeres. Existen delitos, como el filicidio, donde la pena promedio más alta en hombres es de 50 años, mientras que en el caso de las mujeres, es de 95 años, reforzando aún más el rol de cuidado que se espera de la mamá respecto de los hijos, y por ende, la severidad del castigo al no cumplir con ese rol. 1

Las mujeres son sentenciadas como responsables con la misma o mayor responsabilidad que los hombres en los delitos, cuando de tomar en cuenta la perspectiva de género, y de contar con una defensa adecuada, podría observarse que realmente se encontraban en condiciones de control y sometimiento por parte de sus parejas. 2 Esto, en el caso de ser sentenciadas, pues es importante recordar que actualmente el 46.1% de las mujeres que están en prisión no tienen una sentencia. 3

No podemos hablar de justicia para las mujeres, si no comprendemos el contexto en el que viven las mujeres privadas de la libertad, y si no reflexionamos sobre la violencia de género que atraviesan sus vidas. En el país tenemos a 12,568 mujeres privadas de la libertad, quienes representan el 5.7% de la población penitenciaria total. 4 Más de la mitad de la población penitenciaria femenil (el 51%), tiene menos de 35 años, 5 el 68.1% tienen dependientes económicos, 6 39.6% de ellas manifiestan haber sufrido algún tipo de violencia en su vida, 68.9% de ellas, la han vivido por parte de sus parejas. 7 ¿Realmente es la cárcel la mejor opción para estas mujeres y sus hijos e hijas?, ¿realmente es la mejor solución para evitar su reincidencia, mejorar su calidad de vida, y lograr su reinserción en la sociedad?

La investigación de La Cana aun está inconclusa, pues todavía quedan varios estados que recorrer durante este 2022. Pero desde ahora me temo que los resultados no cambiarán. Lo que sí puede cambiar, es la forma en la que miramos y tratamos a las mujeres privadas de la libertad: más allá de verlas como delincuentes y números de expedientes, debemos comenzar a verlas como personas, como madres, como mujeres violentadas, como niñas abusadas. Y desde esa mirada, trabajar en programas que permitan empoderar a las mujeres de tal manera que nunca más vuelvan a ser utilizadas como el instrumento de un hombre.

No se trata de ninguna manera de justificar la comisión de un delito, y desde luego existen (muy pocos) casos donde la mujer termina en prisión por razones ajenas a la violencia de género, aunque desafortunadamente son la excepción. Sino que se trata de comprender el contexto de la comisión de un delito, entender los factores de la delincuencia femenina, para así prevenirla.

Las mujeres en prisión me cuentan sus historias y me la cuentan con vergüenza. “Haz de pensar que soy una tonta por no haberlo dejado antes,” me comentaba una de ellas. Y no, para nada lo pienso. Lo que sí pienso es que estas mujeres, como miles más que han vivido estas circunstancias, son mujeres que han crecido en contextos de tanta violencia, que en sus propias familias vieron esas dinámicas tóxicas de pareja, que piensan que vivir así es normal. Pienso que de haber tenido las herramientas y la educación sobre violencia de género que todas las niñas merecen tener, quizás sí se hubieran atrevido a salir de estas relaciones que las llevaron a prisión.

Pienso que terminaron envueltas en éstas dinámicas de violencia y codependencia, porque no tenían otras armas para salir de ellas. Pienso que si de niñas les hubieran dicho que ellas son valiosas, que merecen amarse y ser amadas, que pueden salir adelante solas, que tienen la capacidad y la inteligencia de hacer cualquier cosa que se propongan, su historia definitivamente sería otra.

Estas mujeres ya están en prisión, no podemos cambiar su pasado. Pero me consta que podemos cambiar su futuro y el de miles de niñas y mujeres más, para que nunca más sean las víctimas quienes terminen en prisión.

* Daniela Ancira (@daniancira) es abogada. Maestra en Derechos Humanos y Democracia por @FlacsoMx. Cofundadora de @lacanamx.

 

 

 

1 CNDH, “Informe diagnóstico sobre las condiciones de vida de las mujeres privadas de la libertad desde un enfoque interseccional”, pag. 244, disponible aquí.

2 Idem, pag. 245,

3 INEGI, ENPOL, disponible aquí.

4 Idem.

5 CNDH, “Informe diagnóstico sobre las condiciones de vida de las mujeres privadas de la libertad desde un enfoque interseccional”, disponible aquí.

7 Idem, pag. 90