Redacción Animal Político · 7 de noviembre de 2024
Chiapas. Llena de vida, de historia, de historias, de selvas, jaguares, ríos y ritos. De doce idiomas dulces, de café reconfortante, de hilos de colores entretejidos como las vidas de quienes lo habitan. Chiapas, que hace treinta años despertó al país entero una mañana de enero, sacudiendo nuestras tambaleantes certezas de desarrollo, bienestar y prosperidad.
Chiapas. Hoy llena de zozobras, de miedos, de zapatos gastados de polvo de migrantes, de desplazados que, como el título de Herta Müller, todo lo que tienen lo llevan consigo. Llena de muertos, de pugnas entre cárteles peleando por plazas, recursos y migrantes, de políticos indistinguibles del crimen organizado, dispuestos a empeñar a sus pueblos por pesos o salvoconductos, de gobiernos, ejército y guardia nacional incapaces de garantizar la vida en los territorios.
En uno de los libros de Georges R. R. Martin un hijo le pregunta a su padre:
-¿Puede un hombre ser valiente si tiene miedo?
-Es el único momento en que un hombre puede ser valiente.
Chiapas, que el domingo tomó las calles de San Cristóbal con alrededor de veinte mil personas que caminaron por la paz, una paz que, los chiapanecos saben bien, no será si no es con justicia, verdad y dignidad. Caminaron por su Jtatic Samuel, que hubiera cumplido 100 años el 3 de noviembre. Caminaron por Marcelo que, con sus cincuenta años cumplidos, fue asesinado quince días antes, por no callar. Caminaron entre cantos y consignas, con las manos aferradas a banderitas blancas que habían hecho con varas y pedazos de plástico; caminaron miles y miles de personas, inundando las calles con la valentía que solo puede brotar del miedo, de la rabia, o de la mezcla de ambos.
Una y otra vez gritaban suavecito: “el pueblo callado jamás será escuchado”. Porque, los chiapanecos lo saben, el silencio también mata.
Gritaban “no tenemos miedo”, aunque ellos saben y nosotros sabemos, que tienen razones de sobra para estar aterrados; pero el miedo se diluye un poco cuando se acompasan los pasos marchando entre miles.
Cantaban pidiendo un México feliz. Yo no pido un México feliz. Ve a saber qué cosa es la felicidad, ambigua y acomodaticia. Yo pido un México que se avergüence de sus índices de impunidad y que se le pare el corazón de pensar en entregar la vida de un solo niño, de una niña, al crimen organizado.
Menos de un kilómetro separaba el inicio de la caminata del templete junto a catedral. Cuando ya éramos miles en el atrio y en la plaza, otros miles seguían en el punto de arranque sin lograr siquiera empezar a caminar. De ese tamaño fue su valentía en el miedo.
Antes de la misa se leyó el comunicado.
De nuevo el reclamo de una paz inimaginable sin justicia, verdad y dignidad. Hablaron de comunidades y gobiernos secuestrados por grupos criminales. Llamaron a su gente a no permitir que les adormezcan la conciencia y les animaron a continuar en resistencia activa. Pidieron un alto total a la violencia y a la complicidad, la impunidad, la negación y la minimización que se ha hecho del problema desde el gobierno federal.
Cuando empezó la misa, me senté en el piso a un costado de la reja de la catedral. La mayoría de la gente permanecía de pie ocupando el menor espacio posible. Entre faldas de colores se asomó una niña de unos tres años con su traje chamula, zapatitos rosas y un sombrero de paja en la cabeza. Se asomaba y nos veíamos como jugando al escondite. Sonreía con sus ojos inmensos y yo le sonreía de vuelta.
Se fue acercando entre las faldas hasta que llegó a sentarse muy cerquita. Su mamá, también en un traje chamula elegante, no la perdía de vista. La niña y su sonrisa abarcaron de pronto todo el espacio, la plaza, los pájaros y el cielo azul azul.
-Ana, le dije, soy Ana. ¿Tú cómo te llamas? Se reía y repetía, Ana.
No me entiende, pensé, dejando ver toda mi extranjería en tierras chiapanecas, no debe hablar español. Aun así, repetí, ahora gesticulando con las manos exageradamente. -Me llamo Ana, ¿tú quién eres? –Ana, repetía entre risas.
Puso sus manitas diminutas en mi cabeza que estaba caliente como un sartén. Miró a su mamá y caminó hacia ella. La mamá, como la mayoría de las mujeres, tenía la cabeza cubierta del sol y una bolsa grande bajo el brazo. La niña empezó a revolver ese territorio conocido que era la bolsa de su mamá y sacó un suetercito rosa.
Tendrá frío con este calor, pensé, demostrando de nuevo mi mirada fuereña incapaz de entender la realidad ajena.
Se abrió paso entre las faldas, con su sonrisa grande y ahora con suéter en mano. Cuando llegó lo extendió y lo puso en mi cabeza para protegerme del sol. Y con ese acto de ternura y cuidado infinitos, asintió sin dejar de mirarme sonreída.
Tuve que apretar un músculo que sé que existe entre mis ojos y mi garganta, lo aprieto cuando quiero llorar y no debo. Tomé sus manitas entre las mías y le dije muy quedito “gracias”. Y me echó los brazos al cuello. Ahí el músculo que casi siempre me funciona bien, no funcionó más.
Pasamos juntas el resto de la misa. Iba y venía buscando en el piso palitos de madera de paletas heladas ajenas, algunos todavía húmedos de dulce. Y construíamos cosas: casas, estrellas, corazones esquinados.
Hacia el final de la misa se acercó su mamá.
-¿Cómo se llama?- le pregunté.
-Ana -me contestó-. Ana Regina.
Ana, se llama Ana. No estaba repitiendo mi nombre, me estaba diciendo el suyo. Me entendía infinitamente mejor que yo a ella, recordándome lo poco que entiendo, lo lejos que están mis interpretaciones acerca de una realidad que me duele, pero se me escapa, que me apremia, pero no abarco.
La cargué. Nos dimos un último abrazo y nos despedimos. Yo, agradecida del encuentro, triste de la despedida, pero, sobre todo, temerosa de su porvenir. ¿Qué será de Ana Regina y del millón doscientos mil niños y niñas que en Chiapas tienen hoy menos de 9 años y son el grupo etario más numeroso del estado? ¿Les quitarán la ternura y sus ganas de cuidar? ¿Huirán a Guatemala, los reclutará el crimen organizado cuando crezcan, les robará la vida una enfermedad por la falta de acceso a medicamentos, se abrirán las escuelas que llevan meses cerradas en sus poblados, intentarán probar suerte cruzando la frontera norte?
La situación de violencia en Chiapas y en otros estados del país es una emergencia humanitaria que necesita acciones extraordinarias por parte de todos los niveles de gobierno, acciones extraordinarias que requerirán de inteligencia, sensibilidad y amplia capacidad de escucha y consenso. Los chiapanecos tuvieron el domingo el aplomo de vencer el miedo con su valentía y peregrinar de la mano. ¿Tendrá el gobierno el aplomo que se necesita para vencer sus propios miedos, las inercias, los pactos y plantear una estrategia sólida que ponga fin a la violencia en estos territorios? Por Ana Regina y por los 20 millones de niños y niñas en México que hoy no han cumplido ni diez años, ojalá que así sea.
* Ana Paula Hernández Romano (@ensusmarcas) es coordinadora del Diálogo Nacional de Paz.