Joel Aguirre · 26 de mayo de 2026
El lenguaje político de nuestra discusión pública está plagado de palabras vacías y palabras vaciadas. Las primeras no expresan nada ni demuestran un vínculo con acontecimientos o ideas concretas sobre la vida política nacional o internacional, como politizar o polarizar. En cuanto un tema entra en la esfera pública y se presenta un conflicto, ese tema es político y plantea posiciones antagónicas.
Las palabras vaciadas, en cambio, son aquellas que sí guardan relación con acontecimientos o ideas, pero su uso excesivo y descontextualizado hace que pierdan sentido, como fascismo o autoritarismo. Para esta reflexión quiero enfocarme en dos palabras que usa la oposición partidista a falta de un proyecto concreto. La primera es populismo y la segunda es la narcopolítica.
Del populismo ya he hablado en otros espacios, y solo me interesa recuperar una breve reflexión. Es una palabra vacía que es estruendosa, pero aclara poco en la discusión. A la oposición partidista le gusta usarla para referirse al oficialismo y sus políticas, pero, si de origen el populismo no dice nada (cualquier programa o actor político apela por definición a un pueblo), usarlo como ataque hacia tu contrincante solo refleja incapacidad para proponer.
El uso excesivo de un concepto vacío como populismo solo sirvió para mermar cualquier influencia o peso de la oposición en la discusión pública. El fracaso de esta opción, sobre todo porque no tardaron en replicar aquellas propuestas o prácticas que acusaron de populistas, los llevó a buscar otro término para desprestigiar al oficialismo. Así recurrieron a un término que parece más concreto, pero su vaguedad hace impotente: la narcopolítica.
La narcopolítica existe y está presente en los tres órdenes de gobierno. No solo en materia de seguridad pública, sino también en las elecciones y las administraciones de municipios, entidades y dependencias federales. Las redes de complicidad y corrupción atraviesan los tres poderes igualmente: desde presidencias municipales, legisladores locales y federales, jueces y fiscales coludidos con las organizaciones criminales.
Esta relación nociva ha dañado a nuestro país, pues mantiene la inseguridad y afecta la provisión de servicios públicos. La profundidad de la narcopolítica es tal que ningún partido político puede presumir estar a salvo de ella. Por eso su denuncia por parte de la oposición partidista la vuelve una palabra vaciada: es la hipocresía al denunciarlo y que solo lo hacen para atacar al oponente, no para erradicar el problema.
A diferencia del populismo, cuyo uso solo va de la oposición al oficialismo, la narcopolítica es usada indistintamente por ambos bandos. También por eso es una palabra vaciada, es una cualidad compartida antes que exclusiva de uno u otro bando. Acusarse de algo que es estructural a la política local y nacional solo genera hartazgo entre la gente que vive las consecuencias de su irresponsabilidad.
Siempre he pensado que la claridad y la responsabilidad con las palabras va de la mano con una acción política eficaz. La irresponsabilidad de la oposición partidista con las palabras es una extensión de su inoperancia y desinterés por asumir esa posición en la mesa del poder. El desgaste narrativo del oficialismo demanda claridad y responsabilidad para movilizarnos y organizarnos, de otra forma el ruido solo facilita la impotencia popular. ♦
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